lunes, 28 de mayo de 2012

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 31)

Queridos hermanos, en esta carta os digo que si tenéis el coraje de venir hasta acá y de soportar el viaje en barco, traed vuestra batería de cocina, panera, vajilla, tinajas, mantequera para fabricar manteca, dos pecheras de caballos, y si fuera posible, un buen carro, y las cosas de la herrería de padre: fuelle, yunque, martillos y tenazas.

Os aconsejo además traer rastrillos de madera, garlopas y sierras a una y dos manos, una criba para ahechar el trigo, un colador para la ropa, un recipiente para la leche, carritos para la leche, una pintura para hacer el queso; traed además toda clase de semillas para jardín, y de flores, y toda clase de semillas de árboles frutales.

Eso es todo. Como Adela me había preguntado a mi partida si podía traer su sombrero, diré que sí, que puede traerlo porque cada uno va de acuerdo con su país y su gusto; traed también los sombreros anchos que tengáis para el verano.

Termino mi carta diciéndoos que no puedo agradecer suficientemente a nuestro señor tenerme aquí y bien de salud.

Y adiós.



Cipriano Vernat.

jueves, 17 de mayo de 2012

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 30)

Apenas dormí aquella noche. El ruido de los hombres ensillando en la casi completa oscuridad me hizo despertar del turbio duermevela en el que pasé las horas sin luz. Hacía bastante frío y el aire era húmedo.
Las mujeres recogían en los destartalados carromatos los espetos y las sartenes renegridas sin hablar. Solo se escuchaba el golpear del metal con la madera, con el cuero, con la tierra.
Sin mediar palabra y sin jefatura aparente, se ponían en marcha en una misma dirección, desapareciendo entre la bruma ligera de la mañana. Nadie me había dicho nada, pero ensillé y monté siguiendo a los últimos.
Cabalgamos lenta, cansinamente durante horas. Finalmente nos detuvimos en un pequeño remonte al resguardo del viento. Las mujeres, otra vez, fueron las encargadas de dotar de actividad al grupo empezando a preparar algo que comer. Desmonté y me quedé apartado. Sentado en el suelo y apoyado en la silla de montar, me puse a moler  un trozo de cecina dura como una roca que llevaba bajo la silla.
Como no me habían disparado, imaginaba que antes o después vendría Gerchunoff,  como así fue. Me levanté al verle llegar.
Vamos a un lugar cerca de Esquel a recoger cabezas que llevaremos a Puerto San Julián. Serán unos dos meses. El que nos llevaba las cuentas se quedó atrás en Bariloche. Si te interesa viajar el sur con nosotros este es el trato. Llevarás los números y escribirás cartas para quien te lo mande. Tabaco y comida. No hay paga. Y en el Puerto cada cual su camino.
Me interesa.
Me miró de arriba abajo como si me viera por primera vez.
Gachupín, no sé lo que buscas y no me interesa. Haz lo tuyo y no busques pleito. Mis hombres matan si beben. O si no, a veces, también.
Lo haré.
Comenzó a deshacer el camino y sin dejar de andar me habló otra vez.
Ven a tomar un mate caliente.
Y llámame Gerchunoff. Como todos.

lunes, 9 de abril de 2012

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 29)

Una tarde en la que había dejado la cómoda compañía del correo de postillón y cabalgaba solo, entre enormes bandadas de mugientes e infiernos de yerba sin fin, hacia una luz que declinaba más deprisa de lo normal, encontré lo que parecía ser una sucia taberna. Taberna que era poco más que una caja mal terminada de tablones sin encajar, sin ninguna luz y mucho ruido.
Al entrar, cuando los ojos se hubieron acostumbrado a las sombras, acodado en un  barril, vi a un tipo breve y enflaquecido, trazado sobre arrugas de rastrillo y con la piel marrón de lo puro curtida. Sabría después que se trataba de Gerchunoff el viejo. Tampoco lo sabía en aquel momento, pero era un gaucho judío. El auténtico hijo de Israel, sobreviviente de una larga estirpe que arrastraba alguna inquisición y cien diásporas. Era el jefe de los colonos de Entre Ríos, buenos jinetes que leían el Antiguo Testamento y guardaban los sábados.
Si hubiera tenido tiempo antes de entrar, habría podido ver que, en el mísero poblacho que se levantaba circundando la taberna, había carpinteros, marroquineros, caldereros, chapistas, changadores, carniceros e incluso, algún tejedor. La mayoría judíos, aunque no todos.
Todos traían sus tropillas de caballos en chalanas, con las que cruzaban Punta Chica siguiendo el Delta hasta las costas de Soriano, y establecían sus manchadas en márgenes navegables para facilitar los embarques de cuerambres y de gorduras y asegurarse así de las sorpresas de los estaqueaderos.
El grupo de Gerchunoff se componía de veinte o treinta individuos conchabados entre lo peor de los arrabales de las viejas ciudades españolas. Estaban perfectamente armados y, como disponían de buenos caballos, les era fácil ahuyentar las cuadrillas sueltas de indios.
Llevaban con ellos seis o siete muchachas de edad indefinida a las que llamaban siempre por el nombre de chinas o guainas, no importaba quienes fueran. No llegue a entender nunca el parentesco que había entre todos ellos y cuando llegué a conocerles algo mejor comprendí que carecía de importancia. Era un grupo tallado para la subsistencia. Y el resto era accesorio.
Me habían hablado de grupos parecidos que viajaban hasta la pampeana y más allá, hasta la Patagonia. Se me antojaba buena cosa la idea de poder hacer el viaje acompañado, pero seguro que viéndome no les habría parecido nada más que un estorbo.
El tal Gerchunoff me miraba sin quitarme ojo. Llevaba una especie de pantalones con lo que parecían crivados en la parte del tobillo. Una camisa holgada y una pañoleta que además del cuello cubría también la cabeza. Colgado del cuello y a su espalda un estrecho sombrero de cuero de los que llamaban de panza de burro. Pero sus hombres eran aún peores, parecían una mezcla extraña de turcos y vascos con aquellos pantalones bombachos, las boinas y las alpargatas.
Me miraban como se mira a un animal al que al hacerlo se pondera si merece el esfuerzo de alancearlo. Al cabo, tomada la que parecía la decisión de mi desgracia, abrió la boca podre y dejo caer tres palabras muertas.
Tú, ¿quien eres?
La verdad es que debía haber cambiado mucho desde que dejara Tacará. Pensamiento éste sin duda absurdo, pues ninguno de los presentes me había visto nunca antes y poco se les daría si había permanecido igual o no.
Cierto que estaba más flaco y con barba y el pelo largo, con la ropa sucia aunque se adivinaba de buen paño y bien cortada. Pero sobre todo me delataba aquel aire de estar permanentemente fuera de sitio desde que había abandonado la casa de mi madre en circunstancias tan desafortunadas.
Me llamo Simón. Simón Araujo.
Me paré ahí. Evitando el y Vergara, que previsiblemente además de no cuadrar en el entorno, adiviné con claridad que me traería problemas.
Vengo desde el Uruguay. Viajo hacia el Sur.
¿Solo?
Si.
Mala cosa.
Si. Pero no puedo hacerlo de otra manera.
Me miró de arriba abajo.
Todos los que vienen acá escapan de algo o buscan algo. O las dos cosas. Todos están seguros de ganar buen dinero y de olvidarse de la polenta. Que aquí se come buena carne, buen pan y buenas palomas. Al final, todo es mentira, ¿no, Bonesso?
El tal Bonesso, era un gordo sudoroso que llevaba la camisa más sucia que había visto nunca. Tartamudeó un poco al hablar. Debía ser el bufo de la partida.
Aquí, quí, quí, todos viven de carne, pan y minestra. To, to, todos los días.
La banda rio con ganas. Yo no.
Parecía absurdo haber llegado tan lejos, tan en el fin del mundo, para terminar degollado por una cuadrilla de gauchos locos. Muerto donde nadie sabría de mi final.
Comencé a creer que en verdad lo era. Mi final quiero decir. Y aquello me hizo ser algo audaz. Total, no tenía ya nada que perder y todos esperaban que me arrancase con algo.
Me gustaría poder viajar con vosotros.
Tras un breve silencio, las risotadas casi hicieron descoser la tablazón.
Al final, Gerchunoff, que no se había presentado aún, habló.
Y, ¿para que vales tú, gachupín?
Se leer y escribir. Callé un instante. Seguro que hace tiempo que no habéis escrito cartas a vuestras casas.
Alguno bufó e incluso sonrió con sorna, pero al final, esta vez si callaron todos. De pura suerte, debía de haber pinchado en hueso.
El viejo gaucho me miró, acabó su bebida y se marchó. Desde la puerta y sin mirarme, me habló.
Mañana hablaremos. Todos fuera. Al alba en pie.
Todos salieron y cuando quedé solo, me dejé caer en una silla y bebí el pucho abandonado en un vaso, mientras me sujetaba con una mano la otra que me temblaba como la de un azogado.

domingo, 18 de marzo de 2012

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 28)

Seguí viajando hacia el sur durante semanas. Recorrí a lomos de carruaje, aun más que sobre tierras, sobre los pintorescos prejuicios de los hijos del país. Conocí en una pequeña posta cuyo nombre no recuerdo a un gringo muy alto que montaba a caballo a lo criollo, con pasadores y argollas de plata, que usaba espuelas y tomaba mate como un gaucho. Un extranjero decían, pero muy civilizado. 

La civilización consistía en esta parte del mundo en lo que ya dejamos enumerado; usar espuela grande y sentarse bien a caballo. Pautas culturales. Hábitos, pequeños detalles de la vida cotidiana que a la postre tienen una importancia superlativa. El grupo debía integrarse y, al menos por un tiempo, cerrarse en lo suyo, defenderse. El extranjero era lo distinto, lo hostil. Al hijo de gringo se lo menoscaba diciéndole: "Tu madre toma café". O, como lo testificaba una copla que escuché varias veces: "Toma mate, che/ toma mate y avívate, / que en el Río de la Plata/ no se toma chocolate".
Creo que lo despectivo para referirse a todo lo extraño, entre lo que me encontraba, tenía una connotación más amplia que la mera burla y se refería, en todo caso, a personas que por su condición y dinero podían ostentar el don que los separa de la mayoría. Franchute, para el hombre del pueblo, no era cualquier francés sino un señor, un doctor, un cajetilla. El otro, era un compañero de liendres que tragaba sables como cualquier hijo de vecino, pero que había visto la luz al final del poto en un sitio diferente.
Pasaron muchas semanas de viaje y llegó un tiempo en que no ya decía más: Dios mío. Eran tiempos de depuración absoluta. Tiempo en que ya no se dice más: amor mío. Porque el amor resulta inútil. Y el corazón está seco. Quedé solo, pero en las sombras mis ojos resplandecían enormes. Eran todo certezas. Comencé a no esperar nada del mundo. Salvo, tal vez, encontrar a la dueña de aquel pañuelo sobado, que no me atrevía a lavar para no extraviarlo.
Hacía un año largo que había dejado Tacará y había iniciado mi solitaria ruta hacia el perdón de mí mismo, hacia la catarsis con el mundo, con los montes, con las aguas todas.
Algunas noches, al volverse mudo el mundo, ya no pensaba en el muerto y en mis manos tintas. Todo lo que buscaba era probarme que apenas la vida prosigue. Había llegado a ese tiempo en que resultaba inútil e ingenuo morir. 
En aquellos días empecé a vivir con la gauchada.

lunes, 2 de enero de 2012

Antecedente XXXII


Mantengo mi orgullosa ceguera como parte de mi misantropia. No veo como lo veis los demás, pero lo que veo es particularmente mío. Veo mal, es cierto, borroso, pero es mi particular modo de hacerlo. 
Mi mundo se puebla de lo inconcluso, de lo inexistente, de lo irreal. Si algo me asusta simplemente me quito las gafas y no existe. Nada avergüenza ya, nada puede hacer daño.
Y desde esta oscuridad relativa busco lo que no es lacónico, lo que está cerca de lo increíble, lo que sorprende, lo terrible, lo solitario. 
El resto es fundamentalmente vulgaridad y atonía. Y el tiempo son solo espacios vacios entre el momento extraordinario y el próximo que vuelva a serlo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 27)


Aunque había pasado tiempo más que sobrado haberlo olvidado, la historia del pañuelo seguía en mi memoria como lo hace un trozo de nervio entre los dientes. Tozuda y desafortunadamente. La mano en el bolsillo con las yemas jugueteando sobre las letras bordadas se había convertido en uno de mis gestos habituales. La imagen de la joven Lía, abandonada, idealizada, espiritualizada, presa de incontables y románticas penalidades, necesitada no ya de una ayuda cualquiera, sino de la mía concreta, estaba tan fresca como cuando nació. Podía afirmar sin ambages que la pequeña Amalia Sainz de Valido se había convertido oficialmente en una obsesión.
Imagino que, en cierta manera, personificaba todo lo que había abandonado en Tacará y que empezaba a pensar que difícilmente recuperaría. Imagino también que, en ella, veía a alguien tan desolado como yo mismo y que la posibilidad de salvar a alguien, ya que no lo podía hacer conmigo mismo, se había convertido en mi única oportunidad de redención.
La relativa inactividad de mis últimos meses, mi creciente misantropía y las cada vez también más frecuentes migrañas terminaron por decidirme y una mañana temprano, sin mayor razón que otra, hice el equipaje y crucé el rio de la plata, llegando a la ciudad de Buenos Aires donde tampoco demoraría demasiado.
Tan solo, el tiempo necesario para hacer efectivo el pagaré que me restaba, escribir unas breves líneas a mi madre en las que no daba demasiadas explicaciones para mi  comportamiento e indagar en ciertos malsanos galpones del puerto sobre los posibles destinos para fugitivos en el gran sur, lo que provocaba miradas extrañas hacía aquel gachupín perdiguero, como sin duda todavía debía parecer. Chapetón preto que me decía la negra Tomasa.
Así que con poca información, mucho dinero y la certeza de estar cometiendo una más que segura insensatez, que por otro lado me resultaba incontrolable, marché en un incómodo carruaje de posta hacía Bahía Blanca por Dolores.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 26)

A la mañana siguiente visité al banquero e hice efectivo mí crédito en el banco. Deposité también el pagaré de mi madre, pero pensé en reservarlo para mejor ocasión. O siendo honestos, para peor.

Los primeros días los dediqué a deambular por la ciudad y familiarizarme con ella. El hotel me cansaba y decidí inicialmente buscar alguna pequeña vivienda que se alquilara a precio razonable. Idea esta que finalmente no cumpliría. Al cabo, malgasté un par de meses en pasear.

La ciudad, aún más de veinte años después del final de la guerra grande, todavía presentaba magulladuras en sus ternes carnes de ladrillo y piedra. Era difícil moverse por aquellas calles atestadas de gentes y de carros y de mulas y de heces evacuadas, que tenían para más complicarlo todo, en muchas ocasiones, el nombre por duplicado.

Desde los arribes del Río de la Plata hasta Ejido, todo era bullicio parlero y mezcolanza sorda. Había muchas cuadras que le gustaban de manera especial, pero sobre todas ellas destacaban las cercanas al Mercado de la Ciudadela, y sobre todo la recoleta callecita del Rincón, antes conocida como de San Gabriel.

La que se apoyaba por el este con la Dársena, que decían del 25 de Agosto, tenía un pequeño cafetín en el que, siempre, se demoraba el rato de un trago y un cigarro. Luego seguía hasta el mercado pequeño de Sostoa o, como también le decían, Mercado Chico.

Los nombres eran bien diferentes a los que había conocido en Tacará y le traían un nosequé de extraña nostalgia que resultaba inverosímil por aquello de la enajenada añoranza de lo nunca vivido. Pero para confusión, sorpresa y solaz íntimo, ahí estaba.

Nombres como Olimar, De la Colonia, De Mercedes, del Uruguay, Paysandú, del Cerro Largo, Orillas del Plata y Del Miguelete que principiaba en la playa y pasaba al costado sur de la famosa Quinta de Las Albahacas, hasta morir en la calle de Los Médanos, eran hermosos de puro nuevos y de puro eufónicos.

A la caída del sol, le gustaba especialmente la Quinta de Margat y llegó incluso, a fuerza de pasar por delante de sus muros, a conocer a uno de sus hijos. Este le contó que su padre había sido tiempo atrás un destacado vecino, francés nacionalizado oriental, horticultor y botánico, que trajo abundantes semillas e instaló sus extensos cultivos en El Reducto precisamente sobre la actual Burgues.

En aquellos paseos, hablando y observando, aprendió a ver como la joven y pequeñita burguesía liberal y sus mezquinos prejuicios impregnaban los pobres intentos de racionalización. A ver cómo desde la capital se depreciaban las provincias, como los viejos unitarios lo hacían con los federales, los miembros del ejército regular con la montonera y el gobierno patriarcal con el propio puerto, fenicio y austral al tiempo.

Aprendió, o comenzó a hacerlo, a ver como el desmesurado sueño de ingresar en la idealizada clase alta, en la suya, lo había reventado todo. Como los otros eran siempre los indolentes, los lerdos, los advenedizos. Los negros no deberían salir nunca de la cocina, decía a menudo el regente del hotelito cuando buscaba alejar un silencio que se le antojaba incómodo. Y él asentía por alejarse cuanto antes.

Estaba empezando a entender a Tacará a fuerza de no estar en ella y de estarlo a la vez. De verla transmutada y simplificada en este reducto sureño.

Y en estas, el año nuevo llegó precipitadamente.

martes, 23 de agosto de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 25)

Pienso ahora que haber escrito a mi madre precipito un tanto las cosas. Imaginaba su lógica incomprensión ante la tontería de ir a buscar a una desconocida que seguramente llevaría muerta meses. Por no hablar de mi falta de pericia en todo aquello que no sucediese en un salón alfombrado y del hecho de que era un fugado de la justicia en mi país al que seguramente habían puesto precio los Bedia y los Ulloa o todos al tiempo.

Por todo ello, una extrañamente fría mañana de noviembre, terminé hablando con don Juan en su despacho sobre mis intenciones. No de las verdaderas, por supuesto. Le hablé de mi deseo de viajar a Montevideo y hacer buena la posibilidad que me ofreción de vivir en la ciudad. No le confesé realmente nada, tan solo que mi hastío de la vida rural y la necesidad de pasear por calles algo más pobladas.

Como quiera. De cualquier modo ya sabe que puede recurrir a mí cuando lo necesite.

Gracias señor. Lo sé y sepa que en este año, su casa y su familia no solo han sido lo más parecido a estar en la mía, sino que han hecho olvidarme en muchas ocasiones de lo que me había sucedido.

El armador escribió una carta en la que ordenaba a su contable en la ciudad, un tal Urquiza, que pusiera a mi disposición la cuantía que me correspondía por la venta del barco, que al parecer ya se había realizado.

Algo más de lo que habíamos previsto. Verá que le dará holgadamente para alquilar una bonita casa y no tener que dormir en el galpón de Spiro. Hizo un breve silencio. Al menos, no siempre

Por mi cara entendió que no tenía idea de lo que hablaba y soltó una risotada.

No se preocupe Simón, es una broma. El galpón de Spiro es el burdel más famoso de todo Montevideo y probablemente, de todo el Rio de la Plata.

Aceleré mi marcha al día siguiente para evitar un impase, que decían por acá. Todos me despidieron con gran amabilidad y me costó dejar la blandura de este refugio. Afortunadamente no tuve que hacerlo del joven Juan que estaba de viaje. Imagino que me habría resultado especialmente penoso volver a dejar atrás más amigos.

Partí de pasajero en un envío de cuero con cinco hombres más y veinte mulas. Hicimos todo el camino con una lentitud desesperante. El viaje duró dos noches y casi un día y medio. Hacía mucho calor y las noches no eran mucho mejores, amén de la poca costumbre que tenía de dormir en el suelo.

Finalmente, avistamos las primeras casas. En las calles, los lugareños, se apiñaban para vernos pasar. La muchachada silbaba y gritaba, formando una algazara endiablada. Fuimos al puerto, a un almacén del armador, en el que un empleado que se daba aires, gritaba como un turco a todo el mundo.

Sabía de su llegada. Nos vociferó desde el fondo. Espere un rato sentado ahí y le traerán un refrigerio. Un poco más tarde le llevaré yo mismo al hotel.

Sacudiéndome el polvo de las botas, me derrumbé en una destartalada silla y me decidí a esperar fumando, mientras acariciaba el pañuelo en mi bolsillo.

domingo, 5 de junio de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 24)

Conservo la imagen, quizá falsa, de que los siguientes días transcurrieron con una relativa sensación de placidez. A principios de la semana entrante, efectivamente, llegó el joven Juan, el hijo de mis anfitriones. No había muchas dudas de ello, pues en verdad era una versión rejuvenecida del armador con ojos algo más claros y menos clareada la cabeza.

Algo mayor que yo, su padre le responsabilizaba de a poco y como único varón en los negocios en la Argentina. Afinando los rudimentos de los comerciales, que ciertamente debía servir para no demasiado porque los conocía desde niño.

Viajaba frecuentemente y por lo que me había contado un viejo criado patagón con el que a veces fumaba un cigarro cuando me acercaba a pedir agua a las cocinas, estaba prometido a una muchacha criolla de una familia de Corrientes con una dote excelente.

Salíamos muchas mañanas, de amanecida, a cabalgar por sus tierras y llegamos a intimar bastante en aquellas salidas. Era un joven agradable, naturalista frustrado, como tantos jóvenes ricos del siglo que ocupaban parte de sus esfuerzos a la ciencia como uno de esos divertimentos que daban buen tono a las clases altas.

Pero no dejaba de ser chocante ver como se le iluminaba el rostro hablando de los hábitos de un animal que llamaba temanduá y que obviamente yo no tenía ni idea de que aspecto podía tener, así como de cómo unos zorros grandes que por allá llamaban aguará guazú y por lo que contaba eran tan perseguidos en los últimos tiempos por los mariscadores que en algunas zonas empezaban a escasear.

Recuerdo un día concreto en que alargamos la cabalgada más de lo acostumbrado y terminamos llegando hasta un sucio pueblucho del interior. En las ventanas de las casas, había cuencos de cerámica con extraños dibujos negros. Un herrero que llevaba un faldón de piel de carpincho nos saludó hoscamente con la cabeza al pasar a su lado. Desmontamos y pedimos a una vecina de edad incierta que barría la puerta, algo de beber y empezó a contarnos, sin venir al caso, como un viejo del pueblo, de nombre Honorio, se había desplomado muerto no hacía ni dos días en medio de la calle después de tomar unos puchos y un trozo de panqueque en casa de su cuñado.

La mujer se lamentaba de la triste suerte del viejito y más aún de su pobre viuda que quedaba completamente sola.

La puta. Y no le llevó como si fuera un perro. Y con lo creyente que era, que siempre estaba en la misa de don Yaco.

La imagen, que aunque no había visto pero que estaba nítida, del viejo fulminado, cayendo al suelo como un pelele sin huesos, no sé por qué, se me quedó grabada vivamente y me acompañó absurdamente durante meses. Me le imaginaba rebotando suavemente contra el polvo con la baba descolgada en la comisura de los labios y los ojos completamente abiertos.

Salvo cosas absurdas como aquellas, los días transcurrían lentos, silenciosos y como inexistentes. Nunca había vivido en una hacienda tanto tiempo y siempre había pensado que me desagradaría. Pero no era así en absoluto.

Escribí a mi madre en un par de ocasiones más contándole parte de mis aventuras desde que dejé Tacará en el Misericordia y un día al hacerlo, me descubrí plasmando un deseo informe que al parecer llevaba tiempo latente y que no quería pronunciarme en voz alta. Que ni siquiera tenía ganas de expresarme a mí mismo con cierta coherencia. Y por ello, me sorprendió en su estado de madurez al verlo escrito.

No mentiré si confieso que la imagen de la joven Lía, abandonada a su suerte, obviamente viva y necesitada de ayuda ganaba terreno día a día. Era una necedad evidente. Las posibilidades de que estuviera viva eran ya de por sí ridículas, pero las de encontrarla, simplemente rozaban la estupidez.

A pesar de lo cual, tenía la certeza casi física, no solo de que no estaba muerta, sino de que estaba en algún lugar del sur, de que era capaz de encontrarla y lo que sin duda era lo peor de todo, que tenía la obligación en cierto modo de hacerlo.

viernes, 15 de abril de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 23)

Mi querido Cuchito. Cuando lo pienso y trato de no hacerlo muy a menudo, parece mentira pero hace casi seis meses que tuviste que abandonar tu casa y tu familia por el desgraciado accidente de la fiesta del Sacramento.

Me alegró saber que pudiste embarcar felizmente y navegar hacia el sur. Espero que no hayas tenido demasiados contratiempos, aunque te confieso que en casa, todos estamos asustados con el paso del cabo sur en meses tan poco propicios. Pero seguro que don Juan tendrá unos marinos habilísimos y lo habréis lograreis, Dios mediante.

Mando esta carta a su poder en la esperanza que la puedas leer libre y disfrutando de su hospitalidad, que espero sepas agradecer como corresponde a tu posición y educación. No olvides que sus hijos y tú mismo sois ciertamente primos lejanos.

Por aquí las cosas no han cambiado demasiado. El viejo de los Bedia sigue jurando que te matará en cuanto te vea, aunque cada vez menos gente le presta oídos. Como siempre, nuevos problemas vienen a cubrir a los viejos y unas rebeliones que han estallado en la región de las minas acaparan toda su atención.

Tu amigo, Pedro Carmona, está haciendo todo lo que está en su mano. Imagino que, en cierta manera, se siente culpable. Está tratando que el intendente Zimmer conmute la pena de prisión en lo que trata de forzar una amnistía. Pero el juez Ulloa está haciendo todo lo posible para impedirlo. Creo que Pedro lo logrará finalmente, pero no esperes demasiada premura, ni albergues demasiadas esperanzas, por lo que pueda pasar.

Hablando de otra cosa, tu hermana, Rosita quedó muy afectada por tu desventura y aunque no hemos dejado de aconsejarla, ha decidido embarcarse en el abandono del mundo y en iniciar lo que llama su conversión y su vuelta a Dios. Ahora le ha dado por hablar de la sumisión de los indios por medio de la dispersión y de cuan necesaria son las manos que vienen en sagrada misión para aconsejarles y trazarles el camino recto. En fin, trataremos de quitarle estas ideas de su cabeza y ayudará saber que te encuentras bien.

Por cierto, tienes una línea de crédito con don Juan para lo que puedas necesitar. Cuida de organizar tu situación, pero no olvides quien eres y el decoro con el que debes vivir y que habla de todos nosotros y ante todo, de quien era tu padre.

Cuídate mucho Simón y escríbeme unas líneas, teniendo especial cuidado de no delatar tu paradero ni desvelar por completo tus intenciones. Nuestros enemigos no tienes muchos amigos, pero sí deudores y gente que les teme.

Tu madre que te quiere.

martes, 22 de marzo de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 22)

Tras la cena los hombres nos acomodamos en una mesita junto al gran hogar en el que todavía estaban los espetos. Una guaina ciertamente guapa, nos sirvió el brandy en unas grandes copas calientes. El armador trasmutado en ganadero encendió un cigarro con una astilla larga, aspiro, echó el humo en la copa, dio un sorbo y miró al capitán.

Háblame de ese nuevo barco que habéis traído.

La Cazadora.

¿Sigue estando en buen estado?

Con unos mínimos arreglos, sí.

Estuve haciendo averiguaciones y al parecer, su armador es de Cádiz. Salieron hace más de un año hacia Manila. Regresaban a España, cuando se perdió toda noticia. La última carta en la posta es de Santiago. Lo dan por perdido, pero ofrecen aún recompensa por información de parte del pasaje.

Como ya le escribí, don Juan, no encontramos a nadie. Solo el ajuar que le describí y trajimos con nosotros.

Se hizo un breve silencio que se llenó con las chupadas a los vegueros.

Lo curioso es que habían atracado en Tacará antes de enfilar la etapa de Hornos. Y el pasaje al que buscan era de allí.

Di un pequeño respingo en mi sillón y descrucé las piernas incómodo, vivamente interesado.

Llevaban a la menor de los Sainz de Valido al puerto de Cádiz. Al parecer, a una boda concertada con un señorito de Sevilla. Aspiró de nuevo y miró la evolución del humo en el aire. Pero claro, tú, Simón, muchacho, es probable que sepas de quien hablan.

¿Cómo se llama la muchacha?

Amalia. Y supongo que será más correcto decir se llamaba.

La pequeña Amalia. En Tacará, la llamábamos Lía para diferenciarla de la tía abuela de quien heredó el nombre. Era una muchacha muy bonita, alta, con el rostro ovalado, pelo castaño claro y ojos grises; cinco o seis años más joven que yo y recuerdo que en su puesta de largo, la sociedad tacareña tuvo la sensación de asistir al nacimiento de algo grande como un presagio. Durante un tiempo hicimos conjeturas y apuestas entre la barra para coincidir en misa mayor y jugarnos algo a captar su atención. Luego dejamos de verla repentinamente y supusimos que estaba enferma o algo peor, como que la habían metido monja. Hablamos unas semanas y como buenos descerebrados, dejamos de pensar en ella para ocuparnos de otras más presentes. Amalia Sainz. La pequeña Lía.

Y yo tenía su pañuelo en mi bolsillo.

Tontamente acerté a hablar algo.

Puede que no haya muerto.

¿Por qué dices eso Simón?

Por nada concreto, es solo una suposición. Pero últimamente estoy muy dispuesto a creer en supuestos.

Ya. Es comprensible. Y dio un sorbo a la copa. Mudando el tema, creo que deberíamos calafatear, repintar el barco y venderlo. No tenemos tanta carga como para necesitar otro y ya tengo un posible comprador en Buenos Aires. Descontando el porcentaje del armador y del capitán hay una bonita suma para la tripulación.

Miró a Simón. Una parte por cierto será suya, joven. Y en su situación imagino que preferirá tener su propio dinero que vivir de prestado. Aunque es excusado decir que con nosotros no necesita nada y tiene crédito ilimitado.

Gracias señor. Sabe que le estoy muy agradecido.

No hay nada que hablar. Es lo menos que puedo hacer en memoria de tu padre que era un socio y un amigo excelente.

Se produjo un pequeño silencio melancólico que rompió don Juan.

¿De cuanto podríamos estar hablando capitán?

Imagino que para el joven Simón podría haber alrededor de unas doscientas libras. No sé cuántas monedas de plata serán actualmente, pero en cualquier caso suficiente para comprar una casa con servicio en Montevideo si se cansase de estar en la hacienda.

No está mal. Aunque por el momento espero que sigamos disfrutando de su compañía, al menos las próximas semanas.

Termino el cigarro que arrojó al fuego, apuró la copa y se puso en pié. Voy a acompañar al capitán a su estancia. Si nos disculpa no quiero aburrirle con temas de intendencia. Y por cierto, antes de que lo olvide, tengo una carta de su madre que llegó hará un mes.

Y sacando la carta se despidieron.

lunes, 14 de marzo de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 21)

Dormí tan profundamente que al despertar completamente desorientado tardé unos minutos en comprender donde estaba y todo lo que me había pasado hasta llegar a ese preciso momento.

La llaga en mi conciencia que me hablaba de ser un asesino, un fugado apátrida, dolía cada vez menos y últimamente lo que me pesaba era la nostalgia de lo desaparecido, la ausencia de mi vida tacareña, tranquila y frívola.

Descorrí las cortinas y miré hacia las colinas y tras ellas, hacia el sol en el cielo. Por la luz, debía ser bastante más tarde de mediodía.

Me levanté finalmente y fui hacia el bacín. Al primer repiqueteo del agua en el metal, tocaron suavemente en la madera de la puerta. El viejo de la noche anterior entró, me deseó un buen día y me señaló el armario. Al parecer, habían colgado algunas ropas del joven señor y esperaba que me sirvieran. Sin darme tiempo a decir nada se marchó dando entrada al que resultó ser el barbero de la hacienda.

Cuando finalmente quedé solo y me miré en el gran espejo ovalado no me reconocí en absoluto. Estaba todavía embutido en la camisola blanca que me había servido de ropa de cama y me acariciaba un mentón que debía ser mío y que no sentía tan suave desde hacía meses. Parecía un aparecido, tan flaco y atezado sobre la ropa blanca, que podía pasar por trasgo de cuarterón.

Miré los trajes del armario y aunque me quedaban flojos al menos no estaban tan llenas de brillos y deshiladas como las que llevaba puestas ayer, que de otra parte, también me quedaban amplias.

Elegí unos pantalones grises con listas, una camisa blanca y una chaqueta larga negra. Los zapatos me apretaban un poco, pero al mirar los míos me resultó difícil soportan la vergüenza de pensar que, el día anterior, me había conocido la familia del armador llevándoles puestos.

El viejo Dimas tocó la puerta de nuevo y me anunció que la cena se serviría en poco más de media hora y que el señor había preguntado por mí.

Bajé las escaleras y en una esquina del gran salón, vi al armador y a mi viejo conocido, el capitán Quiroga con un traje impoluto, fumando y bebiendo en unas pequeñas copas de licor. El capitán levantó el brazo con el que sujetaba el cigarro y me saludó riendo.

El joven Simón. Está irreconocible. Venga con nosotros.

Y como quién se acomoda con los habituales del club, se habló con total naturalidad británica de temas ajenos, dejando fuera de la conversación cualquier elemento personal.

Hablamos, o hablaron más bien, de un tal William Mac Cann, hombre de negocios inglés que había desaparecido tras haber sido acusado públicamente de espía, de su gran capacidad política y de sus maneras francas de tratar asuntos tan delicados como el bloqueo francés o la penetración inglesa en el Río de la Plata. Hablaron con cierto desdén de los resabios de usos y costumbres medievales de los ganaderos del interior, en cuyos comedores la pitanza se servía diariamente en grandes mesas para todos los que quisiesen participar de ella. Hablaron de los intelectuales, de los malos militares, de los falsos patriotas y de los poetas disconformes. Se cuchicheó de las algaradas de los mazorqueros y del alzado chusmaje que acompañaba cada nueva subida del pan. Se habló de la nueva inmigración, de las fiebres tifoideas que la gente atribuía a las barcadas de los inmigrantes, la fiebre de los gallegos que decían. Y más lo hubieran hecho si, finalmente, la señora no se hubiera acercado para reclamarnos en la mesa.

La gran mesa con mantel de lino, tenía candelabros dorados y piezas blancas de english-bone. Comimos magnífico asado de tira y verduras horneadas sin piel. Y continuamos hablando de política hasta que doña Mercedita cambió hábilmente el tercio.

Aburrís a nuestro invitado y seguro que todavía nadie le ha contado nada de la posesión en la que está, ni de las tierras que le rodean.

Lo que era completamente cierto.

Pero para don Juan aquello fue espuela suficiente para poder hablar el resto de la cena. Para contarnos profusamente como las primeras cabezas habían sido traídas por Hernandarias desde Asunción del Paraguay. De cómo los animales se habían multiplicado increíblemente en los campos abiertos favorecieron el desarrollo del ganado cimarrón y sin dueño. De cómo su abuelo había fundado la hacienda como una ampliación de la que ya tenía en el sur de Corrientes. Y de cómo mi padre y él mismo, amigos y primos lejanos, habían importado de Inglaterra barcos enteros cargados de vacas Shorthorn. Contó y bebió a partes iguales del mal paso que tuvieron que soportar en Curuzú Cuatiá y de cómo ahora muchos preferían por la facilidad de engorde el cruce con el cebú. Contó cómo la estancia de Punta Carretas estaba formada a su vez por diez cabañas menores y que a buen trote se necesitaba casi un día en cubrir completamente la distancia de amplias tierras todas ellas suavemente onduladas a excepción de las tierras que se conocían como cuchillas y que cortaban las torrenteras de primavera en las tierras del norte. Habló del viento que llamaban pampero, frío y ocasionalmente violento, que soplaba obviamente desde el norte de las pampas de la Argentina.

Yo escuchaba todo esto en silencio y miraba de reojo, caldeado por el vino, a las hijas de mi anfitrión, que aunque primas lejanas, eran además, las primeras mujeres bonitas que veía en meses, mientras en el bolsillo de mi chaqueta, acariciaba como quien busca conservar algo propio en un mundo de novedades, el pañuelo de encaje con la a y la ese que ya se había convertido en gesto acostumbrado.

lunes, 7 de marzo de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 20)

El salón era una enorme sala de piedra y mampostería encalada y traspasada por pequeños vanos con contraventanas de madera. Varias arañas de bronce colgaban del techo llenas de velones y pequeñas hachas de cera encendidas. Quedaban extrañamente suspendidas a menos de dos metros del suelo y daban una luz agradable y danzarina.

Si las bajábamos menos el techo se ennegrecía.

La que hablaba era, lo supe luego, doña Mercedita, la mujer de don Juan. La señora de Doñoro era una mujer, pequeña, de pelo negro y alguna cana que pintaría con cuidada coquetería alguna de sus mucamas. Tenía los ojos gatunos y aunque pasaba ciertamente de los sesenta conservaba una feminidad europea que se encargaba de aventar. Era una de esas mujeres maternales, castísimas, perfectas. Las pestañas todavía largas y años atrás, seguro que, pesadas, escondiendo anzuelos sin cebar.

Rodeándola, cuatro de sus cinco hijos, todas las mujeres. Con sus mismos ojos todas menos la menor. Era algo extraño. Como ver variaciones de la misma mujer.

Mi hijo Juan está en Buenos Aires, volverá la semana próxima y podrá conocerle. Seguro que estará encantando de charlar con usted y se harán buenos amigos.

Saludé a todas ellas, besando sus manos enguantadas, incapaz por completo de memorizar los nombres. Alguien me puso en la mano una copa de agua que agradecí. Debía parecer completamente alelado porque la señora miró a su esposo en una seña de inteligencia y la reunión terminó.

Estará cansado. Dimas le enseñará su habitación. Descanse hasta mañana si quiere. Le prepararán un baño y le subirán algo de cena.

Seguí al viejo de pelo cano en su caminar arrastrado por las escaleras hacia la segunda planta y entré en una habitación de madera y cortinas blancas que olía a flores secas y a frutillas. En la pequeña estancia aneja se adivinaba tras la puerta abierta una pequeña bañera de latón blanco sobre cuatro patas de león. Sobre la cama descansaba mi bolsa de cuero.

Ciertamente, era mi nuevo hogar.

domingo, 27 de febrero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 19)

Las últimas semanas de navegada transcurrieron tranquilas. Algunos indios de la reducción se habían unido a la tripulación huyendo de quien sabe qué y aunque los primeros días sirvieron de bien poco, al tiempo baldeaban, recosían velas y otros temas menores que nos permitieron no ir tan justos en los turnos y dormir algo más. El tiempo acompañó y pronto arribamos a las aguas turbias de Punta Carretas, fin del viaje.

Entre unas cosas y otras, hacía casi seis meses que saliéramos de Tacará. Y casi sentía nostalgia de abandonar esta extraña vida de argonauta de saldo en la que había pasado mis últimos meses.

El armador Juan Doñoro, me estaba esperando en el muelle. No le recordaba en absoluto, pero a él le debió pasar lo mismo. Tuvo que ser el propio capitán el que le orientase hacia mí. Y no era de extrañar. Estaba notablemente más delgado, con la piel curtida, barba de cuatro meses y unas pocas, pero sorprendentes canas que habían comenzado a aflorar a los pocos días de salir de casa.

El pequeño Simón. Quien lo hubiera dicho.

Y me abrazó con una cordialidad que ya consideraba casi olvidada y que me desarmó, precisamente por ello.

Me despedí de todos aquellos que encontré por casualidad, un poco atropelladamente, como el que no cree sinceramente que al día siguiente no volverá a embarcar con rumbo a quien sabe donde, como aquel que cree saber donde va. El capitán se despidió hasta la noche del día siguiente en que el armador le había invitado a cenar. Empaqué mis cuatro bártulos y marché en la calesa del armador. Stuart, el segundo oficial, fue casualmente al último que recuerdo haber visto junto a los barcos.

Good luck, y me hizo un gesto con los dedos desde la frente como despedida.

Durante el viaje, don Juan no habló demasiado. Ahora entiendo que me estaba dando tiempo para aclimatarme. Avanzamos durante horas por un terreno suave, ondulado, entre pequeños cerros que se distinguían en el horizonte. Don Juan me hablaba de los algarrobos europeos y de los ñandubays que tan buen servicio daban para la cría de reses, que por lo que me parecía comprenderle, las debía contar por miles.

Finalmente, a media tarde, llegamos a la hacienda principal, una casona de piedra y ladrillo, pintada en colores sangre ya desvaídos. Unos amplios soportales encalados enmarcaban la entrada principal para resguardo de lluvias. Cuatro paisanas de edad indefinida salieron al encuentro del señor. Cargaron las valijas y desaparecieron como fantasmas entre el frufru de las faldas.

Entré en el salón oscuro, guiñando los ojos, como quien despierta de un plomizo sueño de resaca.

viernes, 21 de enero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 18)

Al mes de retomar la navegación, he de confesar que odiaba con toda mi alma la carne de pingüino, el hervido de alga y el olor nauseabundo del aceite animal en los faroles. Estaba más harto, lo estábamos todos de hecho, del frío, de comer de mal rancho y de dormir poco y a destiempo, por los largos turnos que provocaban la breve tripulación.
Y, claro, estaba harto del mar. Sobre todo del mar. Del constante cabeceo, de la humedad en las ropas, de hacer las necesidades en un cubo, del frio en las cobijas, de la sal en los labios, del gañido de los cordajes, de la falta de espacio.
Por fortuna, aunque habíamos tenido algunos días de mar dura, no nos habíamos perdido de vista con el Misericordia en ningún momento y no había que lamentar nada grave, salvo una pequeña gastritis de Didi y la rotura de un tormentín. La Cazadora navegaba bien, y aunque era un barco duro de timón a decir de los que entendían, también lo era en lo demás y eso, ya nos iba más que bien a todos.
Habíamos pasado Punta Delgada y todos veíamos próximo el paralelo treinta y ocho. Soñábamos con mares más cálidos y con puertos cómodos, o para ser sinceros, simplemente con puertos. Los marinos contaban maravillas de los galpones de Montevideo donde se comía carne de res hasta reventar, se bebía vino español y las putas que bajaban de Porto Alegre y Sao Paulo, hacían parecer mojigatas a las de Tacará. Pero todavía quedaba algo más de medio mes para todo eso, en el mejor de los casos.
Arribamos la primera semana de septiembre a un puerto que se llamaba de la Laguna de los Padres. Nuestra llegada fue todo un acontecimiento en la población. En pleno invierno, dos barcos al tiempo. Nada menos.
Vinieron muchos indios que decían vivir en una especie de comunidad o algo así, donde todos se decían hijos de Dios y como tales se trataban de iguales, trabajaban por acuerdo y eran dueños de todo y a la vez de nada, porque todo lo tenían en común. Una ingenuidad, vamos. Un marino cojo nos dijo que venían de una reducción jesuitas abandonada, que la llamaban de "Nuestra Señora del Pilar del Volcán" muy cerca de una laguna conocida como de las Cabrillas, que los más viejos del lugar conocían como de la lobería grande. Una extravagancia, decía el hombre, pero de momento no molestaban a nadie y allí andaban. Aunque ya nos avisaba, escupiendo en el suelo en señal de inteligencia compartida, que la cosa duraría poco. El sitio prosperaba y algunos propietarios lindantes ya hablaban de que aquello siempre había sido suyo, que los indios envenenaban los pozos y otras bellaquerías parecidas.
Escuchando aquellas historias nos adentramos en el poblachón que no tendría más de doscientas o trescientas casas. Había muchos brasileños blancos por las calles y algún que otro preto.
El capitán tenía orden, al parecer, de llenar las bodegas con la carne de vaca del saladero de un tal don José Coelho. Estaríamos solo un par de noches para completar la carga y de paso hacer agua, cargar leña, vender el sobrante del aceite y comprar verduras. De carne no tendríamos problema, al parecer. Y estábamos encantados con la novedad.
Acompañé al capitán al que hacía más de un mes que no veía y me saludó muy amablemente, preguntando por mi salud, hasta una pequeña capilla que conocían como de la Santa Cecilia, en donde pagó media docena de velones de buena cera. No rezó demasiado, pero no parecía hombre de hacerlo habitualmente. Tú me das, yo te pago. No hablemos más. Es lo justo.
Caminamos de regreso al puerto, pasando por una fonda que había próxima al molino harinero que había junto a la barraca del muelle. Allí estaban bebiendo todos nuestros oficiales que no estaban de guardia. Comimos torreznos, queso de vaca y vaciamos unas jarras de un vino bastante malo, pero que nos dio lo mismo. El buen humor era común. Y no era para menos. Habían cruzado Magallanes, volvían casi todos y lo hacían con una nueva nave, suerte extraordinaria. La paga se presumía buena. Tanto era así que se permitió a la marinería que durmieran donde les pareciera oportuno por esa noche mientras estuvieran embarcados el día siguiente. Tan seguros estaban todos de que no habría deserciones.

viernes, 7 de enero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 17)

La semana siguiente transcurrió rápida y llena de actividad. La Cazadora, afortunadamente, se encontraba en un estado aún mejor del que apuntaba inicialmente y resultó sencillo prepararla para navegar. El casco casi no estaba dañado y las pocas vías resultaron muy superficiales.
Más delicado fue el proceso de reflote. Desarbolamos, vaciamos y casi despellejamos todo el barco, dejando solo lo imprescindible o lo que temíamos más tener que montar posteriormente.
Para elevar el barco, hubo que hacer palanca con decenas de troncos, que resultaron muy difíciles de encontrar, con toda la tripulación a la faena, aprovechando la marea de luna de llena que coincidió, para nuestra fortuna, por aquellos días.
Cuando el casco finalmente flotó libremente, lo abarloamos al Misericordia y nos dedicamos a calafatear lo imprescindible, a reconstruir el peso eliminado, trayendo el material de tierra en continuas idas y venidas de las chalupas.
Se cedió parte del velamen y del cordaje de reserva del Misericordia y se comprobó que ambos barcos tuviesen todo el material necesario para poder finalizar la navegación hasta nuestro destino que calculábamos en seis u ocho semanas. O al menos, el imprescindible.
Llenamos las sentinas con la carne y el aceite de los pingüinos que se habían cazado, los odres con agua dulce, hicimos acopio de madera y de algas que parecían comestibles una vez hervidas. Comprobamos los instrumentos y las cartas, e incluso se copió alguna más actualizada. Uno de los relojes se llevó a la Cazadora.
Pero dotar el nuevo barco de tripulación suficiente fue lo realmente complicado. Desde Puerto Reyes en el que tuvimos dos deserciones y una sola leva forzosa, habíamos sufrido varias bajas por enfermedad y los oficiales y yo mismo, veníamos haciendo trabajos de simple marinería. De cualquier forma, las dos naves estarían muy infradotadas y deberían navegar lo más cerca posible la una de la otra en previsión de problemas.
Se me destinó a la nueva tripulación de la Cazadora, junto con Williams, Hidalgo y Didi, entre los conocidos. Ya no se discutía nada. Estábamos demasiado cansados del viaje. Personalmente, solo lamenté perder la compañía del capitán.
Finalmente nos hicimos a la mar la segunda quincena de julio, aprovechando el levecillo terral que se orquestaba a primera hora. La tierra estaba más fría que el mar. Aún.
Hacía medio año que había dejado Tacará y con ello, en cierto modo, toda mi vida. Comenzaba, no solo a acostumbrarme a la nueva, sino a olvidar muchos de los referentes anteriores.
Hacía un menos de un año que el vulgar temor a la propia vulgaridad me llevaba, como a tantos, a copiar servilmente gustos, usos y modos, que la moda y las formas que se consideraban de buen tono se encargan de imponer, generalmente llegadas de Londres o París. El estilo sofisticado de los trajes, el culto por las relaciones públicas y privadas, las modas en la mesa o en el café, en los lugares de diversión o las simples jergas para iniciados, transformadas en jerigonzas incomprensibles y de buen gusto, ocupaban buena parte del tiempo ocioso. Y no solo eso, a mis naturales prejuicios, había agregado muchos otros, como la importancia de pertenecer a un país de raza blanca u otras ambigüedades parecidas.
Ahora, dejando atrás lentamente la isla de los Estados, asesino, previsiblemente prófugo de la justicia tacareña, manteniendo con dificultad la poca ropa y el menos dinero con el que dejé mi casa, sin casi sentido del ridículo y de la dignidad, pasando frío y hambre, todo aquello no solo parecía lejano e irreal, sino, en parte, absurdo.
En el mudo cierto, lejos de mis pensamientos apesadumbrados, nos alejábamos por la rada y veíamos claramente como la costa se mostraba alta y nevada, ocultando valles y llanuras coloreadas por una vegetación multicolor que se ocultaba, a veces, por una pequeña capa de nieve.
Hacía un frio intenso. Excesivo incluso para los instrumentos. El invierno estaba en su apogeo. Comenzamos a calentar el aire próximo de los relojes con velas y faroles día y noche. Y aunque la ración de pan, coles y vino se había aumentado en los últimos días por el sobreesfuerzo de la puesta a flote, teníamos la sensación de que el frío se sentía por igual.
Abandonamos muy despacio, siguiendo a la Misericordia a unos cincuenta metros, la ría de aproximadamente ocho leguas de largo con numerosos islotes y frecuentes bajos. Depósitos de arena y piedra que aumentaban abruptamente la posibilidad de encallar. Templanza, navegación lenta y echar la sonda continuamente. Abriendo la pequeña expedición iba una de las chalupas con ese fin. En la costa, lobos marinos que hacían más ruido del habitual, celebrando, imagino, nuestra marcha.
Antes de librar el pequeño cabo, se izó la barca y encaramos mar abierto virando hacia el norte. Y mientras imaginaba cual sería la estampa que dejaríamos en tierra de nosotros mismos, una goleta y una pequeña corbeta a media vela, acariciaba continuamente entre los dedos un pañuelo de encaje que había guardado como recuerdo del extraño episodio del ajuar.
Sobre las yemas sentía el contorno levemente abultado de un bordado que imaginaba de memoria. En azul cielo sobre crema, una a y una ese en mayúsculas capitales.

martes, 4 de enero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 16)

Al día siguiente, bien de mañana, partimos los distintos grupos. La partida exploradora estaba formada por mi viejo conocido, el medio inglés Juan Williams, primer oficial que conocí al llegar a la Misericordia que seguía tan poco hablador como el primer día, dos marineros mestizos y yo mismo.
Al llegar a tierra enfilamos rápidamente los arbustos en los que habíamos encontrado el extraño ajuar y desde allí decidimos bordear la costa este por los caminos más sencillos, en la idea de que nadie se esfuerza gratuitamente pudiendo no hacerlo.
El clima era muy húmedo, como podíamos ver claramente por el gran verdor de los bosques de guindos. El viento era helado y todos caminábamos callados y los embozos subidos. Había que tener cuidado al avanzar, porque donde la vegetación boscosa raleaba un poco y lograba penetraba tenuemente el sol, abundaban los calafates, arbustos enormes llenos de espinas, como pronto comprobamos para nuestra desgracia cuando uno de los marinos tropezó y fue a caer en uno. Por lo demás, pequeños helechos, líquenes ralos y musgos daban a la caminata una apariencia de exuberancia con pobres elementos que me tenía fascinado no solo por los cientos de millas de agua que llevaba encima, sino por tratarse de una vegetación totalmente desacostumbrada para mí.
La línea costera, llena de prados y turberas, estaba llena de pequeños fiordos, caletas y bahías. Y por todas partes, pingüinos, lobos de mar de dos pelos, gaviotas, cormoranes y petreles. A pesar de que al respirar, me dolía la garganta por el frío, me sentía muy bien, sorprendentemente bien, con una sensación de novedad y posibilidades sin límite.
Caminamos durante horas, hasta bien entrado el mediodía imagino, sin encontrar señal de nada que pudiera pertenecer a los supuestos náufragos. Finalmente y tras un breve alto para calentar algo de comida y repartir unos trozos de queso duro y galleta, resolvimos volver deshaciendo el camino por el interior. Con ello, esperábamos haber cubierto casi veinte kilómetros en una pequeña elipse y dar por finalizada, con cierta dignidad, la búsqueda. Lo cierto es que no sé muy bien que pretendíamos encontrar, más allá de una coartada que de otra parte no necesitábamos para llevarnos el barco.
La verdad, la que finalmente fuera, estaba cerca, acechando como un animal en la noche del desierto patagón. Finalmente, entre todos, construiríamos nuevos símbolos y nos iríamos olvidando de la auténtica historia. Cambiando el pasado, esa línea que serpentea por el suelo y de repente se hace tenue, se transforma y, finalmente, se pierde.
El futuro, en cambio, brillaba, refulgía como una gema. Nos miraba desde su pedestal acerado, era tan concreto que podía aferrarse. Hasta los indecisos quedaban sin voz ante la evidencia. Volveremos todos más ricos y más sabios. Cierto, pero y, ¿quién quiere volver?
Cuando llegamos a la costa, el equipo que reparaba la Cazadora ya habían encendido varios fanales y un par de hogueras.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 15)

Regresamos al barco a eso de la media tarde. Los cormoranes inundaban el aire con sus graznidos. El resto de la tripulación esperaba ansiosa el relato completo y no se habló, por tanto, de otra cosa en los corrillos de la cena. Comimos las consabidas coles fermentadas con sal, enebro y anís y aunque las raciones habían aumentado algo en las últimas semanas por aquello de combatir el frío, ya se notaba un cierto hastío. Pero la conversación ayudaba aquella noche y lo notamos mucho menos.
Se acordó que a la mañana siguiente se formarían cuatro grupos. Uno bajaría a tierra y trataría de encontrar algún rastro de la tripulación de la Cazadora, otro se dedicaría a al acopio de vituallas y un tercero, más nutrido, pondría manos a la obra en la tarea de reflotar el barco. Finalmente, un cuarto muy reducido se quedaría a bordo del Misericordia, poniendo todo en orden y reparando pequeños desperfectos.
Todos estábamos de acuerdo en el retraso que acumulábamos en la travesía. Yo mismo, que ya me sentía parte de la tripulación, entendía perfectamente que los hombres alimentasen la idea de que regresar con una nave propia, repercutiría muy positivamente en los salarios del armador.
Me ofrecí discretamente para formar parte de la partida exploradora. Tras más de medio año de agua, me apetecía mucho un paseo largo sobre tierra firme.
Uno de los oficiales, tomando café, apuntó que por lo que contábamos, el ajuar parecía de una novia gabacha. Para ser más exactos, fantaseaba con la idea de que se tratase de una vasca francesa, que siempre según él, echaban fama de sanas y ahorradoras. Lo que siguió, naturalmente, fueron conversaciones de ordinariez y procacidad excitadas por la ausencia de mujeres en meses.
Aquella noche tardé mucho en dormirme, supongo que por los extraños días previos y los que intuía en los de por venir. Fumé solo hasta bien entrada la noche en cubierta y tal vez por vez primera desde que abandoné mi casa y mi vida, con cierta felicidad e incluso con un cierto nivel de despreocupación. Que viene, casi siempre, a ser lo mismo.
Imagino que la aceptación de lo inevitable, ese veneno amable que conduce a la melancolía, al hastío y en cierto modo, al olvido, ya corría libremente por mis venas.
Pensaba mucho en Tacará últimamente. La enorme distancia añadía una nueva perspectiva y desde estos mares desolados, todo parecía por momentos un mal sueño poblado de fantasmas turbios.
Recuerdo haber pensado, que absurdo por cierto, en los años que siguieron la caída del general Rosas y en los que, siguiendo el lema alberdiano de gobernar es poblar, llegaron los italianos, la inmigración más fuerte tras la española, la que se ha enraizado profundamente con las virtudes y vicios de los naturales, agregándoles generosamente los suyos. Decenas de miles de clérigos toscanos, peones romanos, putas sardas, colonos, aventureros y hambrientos de toda índole y de todo lugar, llegaron a Tacará por tierra y mar.
Entretanto nuestra gloriosa y terne república avanzaba hacia el desierto, la civilización, o, al menos, lo que parecía su triste reflejo, se extendió sobre un tendal de harapos, de cadáveres de indios, de conversiones ensopadas en vino.
La nueva Tacará cimarrona se asomaba a la orilla de la ciudad, entraba al suburbio, cantaba su rencor en la milonga del prostíbulo y amenazaba a los señoritos biempensantes de la vieja metrópoli.
Fruto de aquellas hordas eran los Bedia y los Ulloa. Moneda de cuño nuevo que había crecido sobre la riada de extranjeros que horadaban las minas de cobre del desierto. Y nosotros, los hijos nuevos del viejo mundo, no supimos contrarrestar, ni tan siquiera alcanzar a entender, este que se precipitaba sobre nuestras cabezas sin remedio, por pura y simple gravitación.
Imagino que nuestra república, todas las repúblicas en cierto modo, siempre andan buscando el padre que las amparase. Un padre. El que fuera. Y lo encontrábamos a menudo, para nuestra desgracia, en el oligarca que antes nos mandaba en los fortines y que ahora nos tomaba como sirvientes para la parroquia.