miércoles, 23 de mayo de 2007

Generalidad XXII

Las empresas son, a menudo, como los circos. La pista está llena de equilibristas, ilusionistas, domadores y payasos.

jueves, 17 de mayo de 2007

Antecedente XIX (An Scottish toast)

"Cheers, dears
Queens and queers
Lesbians and prostitutes
Sort yourselves out, you bastards!
Good morning!"


(En memoria del viejo escocés John al que nunca conocí, metafórico arpista ciego, barman patibulario, prisionero de guerra y andarín de dos mil millas de regreso a casa, joven Ulises de cuarenta kilos al abrazar a su madre, bebedor de dobles de scotch de Jura, narrador surreal, bardo con gafas de pasta y divorciado inventor de palabras.
Para no olvidar el brindis que hubiera encantado a Arrabal y a Buñuel)

(Gracias a Glenn por la historia)

martes, 24 de abril de 2007

Generalidad XXI

La memoria es la maldición con la que se nos castiga por los errores pasados.
La imaginación que cohabita con la moral por los futuros.

Y sobre ambos, el sentimiento de culpa.

Generalidad XX

La mentira es un pasajero de tercera que suele viajar en primera.

lunes, 19 de marzo de 2007

La vida congruente

El cantante comprometido bebe güisqui de veinticuatro años mientras escribe sus nuevos ripios libertarios. De pronto, mirando su colección de antigüedades religiosas le recorre la espina un inoportuno escalofrío burgués, pero lo desecha pronto al ver reconocida su conciencia de clase en el hecho de que los hielos del vaso son de agua del grifo. Los cubitos de manantial se le han olvidado en el congelador y suspira satisfecho del olvido claramente freudiano desde su cogorza altamente creativa.
El periodista, y perdón por el insulto, estrella; vocero de la modernidad más aséptica y bien pensante, da lecciones a las masas sobre el comportamiento justo, cool, veraz y eficazmente trendy con los inmigrantes a los que conoce perfectamente desde los cristales tintados de su berlina de cien mil euros. En dos ocasiones ha comprado la farola. Una de ellas incluso mandó al asistente a hacerlo.
La bella modelo que no salta de la piltra de sabanas de lino egipcio por menos del salario medio interprofesional anual nos alecciona con su sonrisa de dentista de las bondades de usar aerosoles respetuosos con la madre Gaia.
Conozco a quien preside una pimpante oenegé que aboga por un comercio más justo y solidario que en sus vacaciones al África negra regatea el occidental euro hasta la nausea. Pero los apartamentos se llenan de cabezas de ébano y de cojines con telas ugandeses, eso sí. La multiculturalidad, ¡Ah! La multiculturalidad.
La muchacha con la que comparto barra en el bar se mete entre pecho y espalda el tercer JB con coca cola. Light, eso sí, por no engordar. No vayamos a disgustar al “personal trainer” a los precios que se gasta.
La publicidad que nos circunda muestra a hombres hirsutos que se afeitan y a nínfulas de pasarela desayunando cereales de régimen. Los velludos y gordos aún no tienen “prime time” ni "corner" en la semana fantástica del Corte Inglés.
Ateos de salón disfrutan epatando a la Conferencia y ríen del papanatismo meapilas de los cristianos, esa raza casi extinta. Ellos están por encima de las falsedades ambiguas de los conceptos de moralidad. Próximos al superhombre tienden a levitar y casi lo sienten si se esfuerzan un poco. Pero sin haberse puesto de acuerdo, todos se cuidan bien de no criticar a los musulmanes. Pero no seamos mal pensados, hay que ser tolerante con una religión de la que no se dispone de la información suficiente.
Los cineastas de cuota vomitan un antiamericanismo que aún hoy da glamour en este osario en que se viene convirtiendo intelectualmente esta Europa nuestra. Pero sueltan moco verde de babosa cuando recorren las alfombras rojas de Hollywood y demuestran orgullosamente lo aprovechadas que han sido las clases de inglés.
El jefe cuyo trabajo se limita a contestar el outlook, pasar los gastos de la pitanza y guiar a su tropa en confusos círculos balbucientes gana cada año el equivalente de una hipoteca media. Los acólitos que varean la lana ajena y arrastran su propia quincalla alimentan, cuidan, dan prez y sacan brillo al amo que les lanza altramuces confundiendo lealtad con idiotez.
Las amas de casa subvencionadas y holgazanas (si mi madre hubiera sido un poco menos pava...) cacarean en el desayuno a voz en cuello mientras se atizan el “curasán” plancha o las tostadas con mermelada de “melogotón”. El café con sacarina. Más uno y menos uno. Cero. ¿No?
A lo lejos, en el futuro, veo a los consejos de administración plagados de necios de cuota, a los “Siete samuráis” prohibidos en las programaciones públicas por no respetar la paridad de género y al “Manantial de la doncella” borrado de las prácticas de creación fílmica en las escuelas de cine por sexista y violento. Se librará afortunadamente la "Guerra de las galaxias". Siempre pensé que C3PO era claramente un transexual reprimido. Tanta cortesía no podía ser normal.

viernes, 16 de marzo de 2007

Generalidad XIX

La Administración Pública está constituida por organismos vórtice cuya física organizativa es tendente a la entropía máxima y que presenta al tiempo una energía centrífuga nula.

lunes, 19 de febrero de 2007

Generalidad XVIII

Habitualmente se confunde la libertad de opinar con la impunidad de hacerlo.

viernes, 26 de enero de 2007

Antecedente XVIII (Y van cuatro...)

Miraba caer la lluvia y al hacerlo, sabía de sobra, melancólicamente de sobra, que tendría sólo eso, muchas lluvias futuras, incontables amaneceres en el mejor de los casos y otra cantidad finita de atardeceres y noches atados a la cuadrada y más finita aún dimensión de la ventana por donde ahora miraba.
A pesar de lo anterior, había que reconocer que la vista era buena desde la segunda planta. Toda la calle se entregaba lujuriosamente a la amplitud de la mirada. Miraba a lo lejos unos chiquillos que correteaban molestando (dando el coñazo diría mi padre) a los paseantes. Les miraba sin verlos realmente y pensaba en que diferente sería todo si no hubiese conocido al sauce milagroso de masa de pan y nalgas de guirlache. Si no hubiera conocido a la bella y engañosa trampa de raposas no estaría reducido a ser lo que tristemente era, un piano sin cuerdas.
Me recordaba a mí mismo caminado la ciudad y cuanto más añoraba el deleite perdido más le odiaba a él que teniéndolo en su mano la despreció con desgana. Odiaba profunda, proféticamente que otro despreciara lo que para mi era inalcanzable. Y odiaba sobre todo a su putrefacta corte de mamelucos y petimetres, advenedizos hundidos bajo arcos de puentes y ruedas de molino.
Hace meses, años tal vez, que comprendí que había que desvanecerla, sin dar a la esperanza ningún recodo, ninguna esquina donde esconder la sombra flexible con labios perfilados. Ahora, de intentarlo con denuedo, ya me han crujido los huesos y las camisetas estilo imperio que todavía me quedaban herencia del abuelo.
Hace tiempo que he perdido el miedo a los machacas y a los que dan tijeretazo a los presupuestos y largan a la rué a media docena porque no cuadran los números. No diría nada si fuese por que no dan chapa, pero porque alguna de las grandes momias no pueda cambiar de mesa de palisandro me alisa el tupé. Y no solo eso.
Pienso en cuando pelábamos la pava bajo los balcones y en aquel oscuro bar que estaba lleno de botellas de colores que se iluminaban de través y hacían tan mono, la verdad.
Recuerdo todo esto, nuestro particular París que también siempre conservaremos, mientras de uvas a brevas pruebo el nuevo morcillo, los callos y el café con churros de la señora Juliana. En vigilia, el bacalao y los garbanzos, como debe de ser.
Miro por la ventana otra vez y veo al pajarraco del vecino, que pluga al Misericordioso que reviente en breve, armando la revolera. Y veo también a la vecina que tiene talle de pinsapo y es bandera. Pero yo, entre nosotros, prefiero a mi gata de Esquilache. Donde va a parar la comparación.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Escena lumpen para drama urbano inconcluso

Ha dejado de llover a media tarde. Lo ha hecho ininterrumpidamente durante todo el día y el suelo esta encharcado. El aire huele a humedad. El último sol del día brilla con una débil luz naranja tras los altos edificios de la ciudad que se ve a lo lejos.
El cuarto donde se desarrolla la escena es toda la casa y la cocina convive con una televisión encendida sobre una lavadora con la puerta de carga entreabierta. La mujer está sentada en una silla de jardín de plástico y mira hacia la calle a través de los sucios cristales de una vieja ventana de madera descolorida. Da chupadas nerviosas a un cigarrillo y deja caer despreocupadamente la ceniza al suelo de la destartalada casa molinera. La mujer no es fea y es más joven de lo que aparenta, tal vez esté un poco astrosa y algo delgada, pero tiene una elegancia innata en sus miembros largos.
Cuando el hombre entra en la pieza ella no se inmuta, parece estar esperándole y no dice nada. Ni siquiera le mira cuando empieza a vocear al tiempo que tira estrepitosamente el manojo de llaves sobre la mesa de formica.
- Me cago en mi puta vida. A mí nadie me pasa una papela chunga porque lo dejo tieso. Cuando no tengo jaco me apaño con rulas o con un canuto y a vivir, como todos. Pero yo soy legal. Yo no paso fules. Yo no voy jodiendo.- El hombre tiene unos treinta años y el pelo descuidado y sucio. No es muy alto y es un poco cargado de espaldas. Lleva un vaquero desgastado y una cazadora. Saca un cigarro, le quita el filtro, lo lanza a una esquina y tira de zippo. Pasea fumando por la habitación como un perro con sarna. La mujer todavía no le ha mirado. De pronto comienza a reír sin ton ni son, con grandes carcajadas, pasando del enfado a no se sabe bien el qué, pero que asusta un poco por lo inopinado.
- ¿Te acuerdas del Puchas? Siempre se meaba de risa cuando le daba el vámonos a alguna de sus jais.- Fuma con caladas largas durante unos instantes y vuelve a reír con estruendo, tanto que termina tosiendo feamente. - Era un tío legal, el Puchas, joder. Y no la mierda de julandras que hay ahora.
El hombre abre la nevera y saca una lata de mahou. Bebe a morro y vuelve a hablar agriamente.
- Para colmo, salgo del hotel y veo que el puto Langui me ha chorao la moto. Me jode porque la necesito para trabajar y no puedo tenerla a pachas. Le debo tela y sabe que no abriré la múa. - Calla y mirando a la mujer de golpe la encana con ella. – De todas formas pareces julas. Podrías haberla llevado a casa de tu madre-
La mujer calla un segundo y responde sin dejar de mirar afuera como lleva haciendo todo el tiempo. – No se me ocurrió.
El hombre la mira con desprecio. – Eres una gilipollas.
- Hay que ver como se te calienta el morro cuando te has puesto a gusto.- La mujer sigue sin mirarle mientras le habla y eso hace que el hombre estalle y se acerque levantándola la mano.
- Mira con quien te gastas el jero que te parto el alma.
La mujer se levanta finalmente de la silla y le encara. Es algo más alta que él. El hombre mantiene la mano en alto pero se para y no hace nada.
- Que me vas a hacer desgraciado. Siempre has sido un jambo con planta pero no has valido un zurullo. Ni con una pipa has tenido huevos de encanar a nadie. Luego llegabas a queli y terminabas dando la del pulpo a la pobre tonta que te esperase. – La mujer se sienta otra vez y deja de mirarle otra vez mientras habla. – Mi hermano ya me había puchado que eras una maricona. Solo tienes mano para pegar a las mujeres.
El hombre baja la mano, se sienta en otra silla de plástico y bebe en silencio de la lata. La mujer sigue hablando.
- Al principio estaba boba. Tan boba como las otras. Me gustaba tu chanela. Nadie me habló así antes. - La mujer cambia el tono, se gira y sin mirarle, habla recordando, queda y blandamente.- Me pasabas a buscar en un tequi tangado, era un osito rojo de los viejos, pero maqueado, muy guapo, con unos tubarros grandes. Todavía me acuerdo. A mí me encantaba. Íbamos al cine, nos liábamos unos puerros y terminábamos dándonos la chapa detrás de la valla del lavadero de la gasolinera.
La mujer parece triste y se ha puesto un poco sentimental, pero no llora. La mujer parece no haber llorado nunca. La mujer es de leño. Mira a la calle donde conviven los sanquis y los beemeuves robados o no. Una abuela quita los mocos a un cani que berrea a modo. Un perro se rasca tras la oreja sentado en el anca contraria.
- ¿Y ahora que?. Estoy carri, seca, bien jodida. Muchos días no tengo ni para comer, me vienes del trullo lleno de chugales y encima me das la barba. Estoy harta. Cansada de los trapicheos, de darme algún tiro el fin de semana que viene bueno, de trajelar juntos, de que te triquen. De no saber cuando vuelves. De dormir con pipa para no sentirme sola. De vivir de la uña. – La mujer hace un silencio largo, enciende otro cigarro y dice una cosa más. – Te voy a dejar, Antonio.
El hombre se levanta, se sube el vaquero desde la cintura, se rasca en la entrepierna que carga a la izquierda, trinca las llaves y camina hacia la puerta de la calle.
- Me voy donde el Chino. Haz lo que te de la puta gana. No tengo el cuerpo pa orcatas.
El hombre cierra la puerta de un portazo y enfila el bareto. La mujer apura el cigarro y mira aún hacia afuera donde ya casi no se ve nada porque no han encendido tavía las farolas. En la televisión James Mason hace fotos a unos planos en la embajada británica de Ankara. La mujer aplasta el cigarro en el cenicero de propaganda, suspira y finalmente, se pone en pie.

Telón.

jueves, 23 de noviembre de 2006

Generalidad XVII

En el centro del parque hay un gran arce blanco que habrá de medir unos treinta metros. Cerca, un pequeño pedestal de bronce dorado aventa a todo el que pasa: “Al Benemérito de las Américas”. El busto de oricalco tiene la barba del prócer cubierta de óxido verde y negro que da pena de ver. Se trata, al parecer, del excelentísimo señor don Benito Ramos en traje de cola, corbata de moño y polainas que obviamente no se ven pero se intuyen al igual que el índice de la inexistente mano derecha que apunta al oeste. Al que no le guste Ramos, ahí está el ferrocarril, parece decir señalando la estación del Norte, que pilla cerca.
Aquí sopla ese viento que da miedo, por marzo, por abril, tanto que muchas veces las gentes no han tenido más remedio que malvivir esperando acurrucados como bobos el autobús de línea que llega de Barcelona o de más al sur. Al fin, todos salen a los andenes cuando superan el miedo y lo hacen cargados de todas las esencias fragantes que hay en la tierra. Y las raíces, maderas o esencias de flores y frutos inundan las dársenas.
Es cosa de no ver como se escabullen y se incomodan con la fina arena que vuela veloz y te entra sin sentir en los ojos y la boca. Creanme si les digo que no distingues ni a dos metros. O te paras, o te estampas y te das en la madre. Tú decides.
Más tarde, ya en septiembre y octubre, viene a suceder lo mismo pero de otra manera, con otro almizcle y uno se la pasa mansamente masticando la arena de la primavera pasada y los recuerdos en estos días cortos se convierten en pequeños desiertos, con dunas y todo.
Y ya no digamos de aquellos portales en los que, adolescentes, nos despedíamos, de aquellas terrazas en la pérgola del Campo Grande, de las banquetas de falsa baquelita, de los museos varios y de todo eso que siempre está protegido con alarmas y a pesar de ello, nadie roba nunca.
Todo va más o menos así hasta cuando finalmente te vas a acostar y percibes que tu cuerpo extrañamente raspa contra las sábanas. Y sin remedio sientes que ya todo raspa y molesta en este tiempo detenido en el que habita desde hace mucho y de tan triste facha el maula inane de don Benito.

miércoles, 18 de octubre de 2006

Trascripción de la transmisión 7232 / 86 en VLF (25 Khz)

“Imagino que a nadie le importan demasiado las historias de los demás. Se escuchan en la mayoría de las ocasiones por respeto, por morbosidad o por que, sencillamente no hay más remedio. Pero ganas, curiosidad verdadera, deseo intenso solo se siente en unas pocas ocasiones. Supongo por tanto que si cuento mi historia o dejo de hacerlo carece de importancia real. Y parto de la hipótesis de que algo de lo que hacemos tenga una importancia real. Detrás de creer lo contrario está casi siempre una cierta vanidad.
Personalmente y salvo por curiosidad malsana siempre me ha dado lo mismo lo que opinen a mi alrededor. Pero por extraño que parezca esto ya no es completamente cierto aquí. Además, y es lo más importante, tal vez lo único importante, a estas alturas carece de importancia. La mayoría de las cosas que fueron parte de mí mismo en la Tierra ya no tienen demasiado sentido y me parecen ajenas, como contadas de otro. Es curioso y me sorprendo al oírme decirlo, pero es la realidad. De cualquier manera, probaré a entretenerme unos minutos. No tengo nada mejor que hacer y de cualquier modo ayuda a esperar.
Aunque recapitular es siempre una cierta obviedad, todas las historias tienen un principio y la mía podríamos decir que empezó a millones de kilómetros de aquí y hace bastantes décadas. Sabemos que las cosas habían empezado a ir mal para la humanidad antes de empezar a embarcar. En la escuela habíamos estudiado que en el año 1906 había en la Tierra algo menos de 1600 millones de personas y los recursos naturales parecían inagotables. El mundo era aún una gran frontera que aunque es cierto que se extendía cada año, aún escondía algún sendero sin explorar, puro, primigenio y eso era para el espíritu común como un símbolo, un estado de ánimo espiritualizado. Un siglo después ya éramos casi 7000 millones y el planeta era un territorio completamente ocupado, explorado, horadado y sondado hasta la náusea en el que los recursos se iban agotando de manera inexorable uno tras otro. El pesimismo comenzó a extenderse como un virus. Lenta pero implacablemente.
La segunda gran crisis del petróleo inició una reconversión energética e industrial masiva en una economía que de facto era asimétrica pero global. Se generaron millones de desempleados que no supieron o no quisieron adaptarse a nuevos tiempos y nuevas formas de producir. Otros, como siempre sucede, amasaron enormes fortunas y naciones enteras que apenas unos años atrás no aparecían apenas en los mapas políticos pasaron a ser capitales de nuevas vías de comercio y de nuevos centros de poder. Imagino que pasaría lo mismo cuando desapareció el carbón o unos humanos comenzaron a fabricar espadas y arados de bronce. Al final todo es incertidumbre. Cíclica, pero incertidumbre. Probabilidad estadística. Inferencia.
Muchos de los antiguos estados no fueron capaces a mediados del siglo XXI de superar las nuevas pruebas que se les planteaban: Emigraciones masivas, hambrunas, cambios climáticos aparentemente repentinos, guerras regionales fratricidas, nacionalismos exacerbados, índices crecientes de pobreza y desigualdad. Esos mismos poderosos estados nación que a lo largo de los dos siglos anteriores habían sido capaces de generar educaciones universales, de crear sólidos sistemas de pensiones y subsidios, de construir medios de transporte que unieron el mundo conocido, de regular las actividades económicas, de impulsar los avances de la ciencia y la tecnología, de reducir la mortandad infantil, de eliminar enfermedades endémicas, de multiplicar la esperanza de vida de cientos de millones no eran capaces de legitimar su existencia y sus propias competencias se pusieron en cuestión en un periodo sorprendentemente corto. Un periodo que ni los más agoreros habían podido prever acertadamente.
Los nuevos decisores públicos, las grandes corporaciones, los poderosos grupos de interés buscaron o crearon nuevos sustitutos que prometiesen los resultados que se deseaban en un mundo que anhelaba la estabilidad de los periodos fértiles del siglo anterior. Fue el nacimiento de las poderosas agencias corporativas. Nacidas como una mezcla de grandes entramados industriales y sociedades públicas seudo estatales que llenaron ese espacio ambiguo de lo público y lo privado que se había creado años atrás con la obligación de reconvertir un sistema que de modo peligroso dependía energéticamente de productos que estrangulaban en cada nueva negociación tanto a los países productores como a los consumidores en aquella conocida maldición de las materias primas. Lo hicieron, para ser breve y poco riguroso, con una mezcla de eficacia republicana y discurso social demócrata. Era un tópico reafirmado, pero cuando manejas todos los medios de comunicación al tiempo, ya no te importa serlo. Para ser sincero, ya no necesitas serlo.
En aquellos años convulsos yo estaba terminando la universidad y francamente, nada de lo que veía fuera me resultaba atractivo. Al menos, dentro teníamos amplias posibilidades de evasión y como siempre sucede, existía esa extraña sensación de permanecer a una especie de contracultura que fundamentalmente se debe a la propia juventud y a la capacidad, a la mera posibilidad, de hacer cualquier cosa.
Tras algunos vaivenes decidí que la exploración y colonización de las nuevas fronteras marcadas por las agencias corporativas eran mi destino. Y si no, al menos parecía un buen pasatiempo. Pertenecer a una generación de pioneros era bastante mejor que sentarse frente a las enormes pantallas de televisión holográfica y malgastar el poco tiempo libre que dejaba un trabajo rutinario en los adosados de las inmensas ciudades dormitorio.
Me parece irreal, pero hace ya más de tres años que finalicé el proceso de selección en las oficinas del consorcio espacial europeo y pasé la batería de entrevistas de admisión. En aquel momento, lo más importante era que todos nosotros fuésemos individuos sanos y estables mentalmente. Simple pero eficaz. Sabían mejor que nosotros que no habría demasiado espacio para problemas emocionales en lo que llamaban eufemísticamente los nuevos hábitats y tampoco podríamos permitirnos el lujo de abandonar demasiado tiempo nuestras ocupaciones habituales. Esto nunca lo entendí demasiado bien porque todos sabíamos que sin nosotros y en muchas ocasiones, a pesar de nosotros, casi todo estaba controlado por computadoras y éramos totalmente innecesarios salvo para aquellos trabajos que exigían una destreza manual o una versatilidad de funciones que todavía no se había alcanzado en los brazos mecánicos y en los cerebros artificiales.
Llegamos finalmente tras los tres meses de preparación intensiva, en cientos de autobuses de color oscuro a la central de lanzamiento de la Guayana una mañana cálida de otoño y no se me ocurrió pensar que tal vez fuera la última vez que respiraba aire sin filtrar. Nunca es bueno pensar esas cosas cuando estás a punto de subir a una bestia de metal de medio millón de caballos de empuje. Lo que sí me llamó la atención era que todos los autocares eran negros o azul marino.
Embarqué a bordo del trasbordador “Decca” junto con otros seiscientos cincuenta seleccionados más. Apenas hablamos entre nosotros en el inmenso vehículo de unifase. Estábamos todos tan nerviosos que solo podíamos concentrarnos en nuestros propios temores, en nuestras familias ya casi inexistentes y en algún despecho que había sido el acicate para acudir a la selección y que ahora se veía como algo superfluo e infantil. Pero todos aparentábamos seriedad y determinación. Todos parecíamos recién salidos de un envoltorio de plexiglás con nuestros monos grises de trabajo inmaculados.
La puesta en órbita sólo duró unos veinte minutos, al cabo de los cuales todos experimentamos algo diferente y que, aunque se parecía a los entrenamientos en las piscinas era en lo sustancial completamente distinto: La ingravidez. El viaje de tres semanas sirvió para eliminar a aquellos candidatos excesivamente sensibles al mareo o para determinar errores en el proceso de selección. Al principio era difícil adaptarse a la variación diaria entre la gravedad normal y nula. Por las noches teníamos un terrible mal de mar y algunos vomitaban en el silencio de la noche entre los ecos metálicos de los baños que vibraban con el enorme diapasón de los motores de hidrógeno. Todo esto era importante porque los nuevos hogares de nuestro destino, la estación “Distress” tenían gravedad artificial por causa de la rotación, y muchos de nosotros trabajaríamos en la industria de la construcción o de la extracción de mineral o de gas donde la gravedad no existe en absoluto. Aquellos de nosotros que físicamente pudimos adaptarnos mejor a una alternancia rápida obtuvimos puestos de trabajo mejor pagados. Yo fui uno de estos últimos, pero en aquel momento todavía no estaba muy seguro de ello y pasaba buena parte del día medio sedado para soportar los cambios repentinos y el mareo.
Fueron tres semanas sin nada demasiado digno de destacar. Hacíamos interminables colas para asomarnos a las pocas claraboyas que tenía la nave y aunque al final siempre quedábamos decepcionados y un poco desamparados ante la visión del vacío espacial, siempre volvíamos a hacer la cola un tiempo después para experimentarlo nuevamente. Lo más digno de destacar, tal vez por ser lo más grande que vimos, fueron las estaciones de energía, nuevos satélites solares, en fase de montaje para el suministro de helio a la Tierra. Las estaciones eran unas diez veces mayores que los propios hábitats hacia los que viajábamos y que aún no conocíamos. No percibí gran detalle desde el exterior porque se hallan protegidos de los rayos cósmicos y las erupciones solares por una gruesa capa de material heterogéneo, principalmente escorias de las industrias elaboradoras que les otorgan una forma indefinida de tubérculo oscuro. Grandes patatas viejas flotando en el negro espacial.
Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, la “Distress”, tuvimos dos sorpresas. Al menos yo las tuve. La primera era que nuestro hábitat eran en realidad muchos. Comprendí claramente porque en los cursos hablaban de poli estación. La segunda, era que lo que veíamos en principio distaba mucho de ser el nuevo hogar pleno de maravillas y comodidades que nos anunciaban en la publicidad de los enganches.
Todas las estaciones que conformaban la “Distress” eran variaciones de una misma forma esférica, cilíndrica o anular básica. A las pocas horas comencé a vivir en el lugar desde el que dicto estas palabras que es probable que sean las últimas y en el que he languidecido desde hace bastantes meses. Suena un poco frívolo en su propio tinte trágico, pero no se expresarlo de otro modo. Y la verdad es que mirando hacia atrás no debiera tener esta sensación. En teoría todo tenía que haber funcionado de otra manera, pero ya no tiene solución.
Mi estación particular, la “Distress 017” era una esfera de unos quinientos metros de diámetro, con una circunferencia interior, a modo de ecuador, de casi dos kilómetros. En realidad digo era y sería más correcto decir es, porque aún tiene esa forma. En la vía anular se celebran carreras de bicicletas y patines en línea. El camino completa un círculo, siguiendo el ecuador y en sus proximidades se encuentra un pequeño río con musgo en el fondo y piedras artificiales talladas al láser imitando la erosión. Reconozco que me sorprendió agradablemente y pensé que mi pesimismo inicial se debía a las semanas de viaje y a la fealdad de los accesos de comunicación con los hangares. Es verdad que el tamaño no era muy grande y era un poco extraño mirar hacia donde se supone que tenía que estar el cielo y ver tierra y casas y gente boca abajo, pero en conjunto resultaba agradable.
La esfera gira sobre si misma una vez cada treinta y dos segundos, de manera que se consigue en su ecuador una gravedad prácticamente igual a la terrestre. El resto de esa extraña tierra interior forma un vasto valle curvado, que asciende desde el ecuador hasta las llamadas líneas de latitud de aproximadamente cuarenta y cinco grados a cada lado. La zona de viviendas estaban dispone en forma de apartamentos escalonados de escasa altura, vías peatonales destinadas al pequeño comercio y algún pequeño parque con palmeras y plataneros que cuidamos más que a nosotros mismos porque aquí hemos aprendido a amar extraordinariamente las cosas que crecen y tienen vida. Supongo que en cierta manera las vemos como compañeras de viaje. Una de las ventajas, es que no hay ningún tipo de plaga y eso favorece que hasta los torpes como yo pudiesen tener un cierto éxito con el cultivo. En realidad había otra finalidad a la simplemente estética y era la producción de oxígeno nuevo, sin reciclar. En los ciclos nocturnos se aspiraba el anhídrido sobrante para mantener el equilibrio y el problema quedaba parcialmente resuelto. Por mi parte, solo por la compañía estética que hacían hubiese tenido aún más, pero el cálculo de las estructuras del hábitat imponía un estricto control de los pesos para mantener la rotación constante con el menor consumo energético.
Los servicios sanitarios, administrativos, las industrias ligeras y todas las tiendas estaban instalados en el subsuelo o en la esfera central de baja gravedad, cuando no escalonadamente con mucha inclinación, ya que se prefería destinar la mayor parte de la zona habitable a césped de grama y jardines o pequeños huertos. Cuando llevabas tan solo unos días viviendo estabas completamente de acuerdo.
Al segundo día de mi llegada me di cuenta de que la luz del sol nos llegaba con menos fuerza que en casa y con un ángulo de unos treinta y cinco grados, es decir, como lo haría en la Tierra al inicio de la mañana o al finalizar la tarde. La duración del día y, por consiguiente, el clima se regulaba conforme a nuestra mayor o menor admisión de luz solar por una batería de computadoras de base neural que aprendían a establecer los ciclos que mejor se adaptan a nuestra producción y a los estados de ánimo. Estaba conectada a las bases de datos industriales y sanitarios con lo que los propios indicadores de minería de datos selectiva están autodefinidos y cruzaban la información de las enfermedades y de los índices de producción. Al parecer decidían que es bueno para nosotros que el tiempo no sea siempre excelente. Imagino que por el tedio que provoca y que puede ser predecesor de la depresión espacial. Nuestros ordenadores como pequeños dioses rurales nos traen el clima que les parece oportuno. Las ofrendas no les afectan, aunque para ser sincero nunca hace granizo o niebla o lluvia que no sea fruto de aspersores con gravedad controlada.
En la “Distress 017” nos regimos por tiempo horario GMT + 1, pero el resto de los hábitats tienen zonas horarias diferentes lo que resultaba bastante práctico ya que como todos servimos a las mismas industrias las operaciones de producción proseguían ininterrumpidamente durante veinticuatro horas cada día, en tres turnos, sin que nadie tuviese que trabajar por ello en los turnos de noche.
Mi apartamento es de unas dimensiones semejantes a la vieja casa en la que había vivido en Madrid durante mi periodo de estudios, unos treinta metros cuadrados y cuenta además, con un pequeño jardín donde prefiero cultivar tomates y patatas. A pesar de la porquería del seudo huevo liofilizado que podemos conseguir y como si que se puede encontrara aceite de oliva, mis tortillas españolas (“espanisomelet” como decían todos en ese inglés internacional de cien acentos que hacía las veces de esperanto o de interlingua) tenían una cierta fama.
Como al parecer, los hábitats “Distress” del uno al veinte fueron de los primeros construidos, los árboles han tenido tiempo de desarrollarse y de alcanzar buen tamaño. En el jardín de los vecinos hay un par de cipreses que pasan de los tres metros. He pasado muchas horas de mi tiempo libre mirando el ciprés estático, absolutamente impávido, como de plástico. Tal vez, la ausencia de viento haya sido una de las cosas más desquiciantes con el paso del tiempo. Todo está siempre igual, nada se mueve, como en un museo. Nada se erosiona.
Todo está construido a pequeña escala y sin embargo, para tratarse de una comunidad con capacidad para más de ocho mil personas a pleno potencial nunca me he quejado de las posibilidades de distracción. Hay que tratar de cuidar esos pequeños aspectos de civilización que nos mantiene en la ilusión de ser humanos en el sentido más estricto. Tenemos cuatro pequeños cines, unos cuantos restaurantes, una docena de bares, dos piscinas de baja gravedad y un gran gimnasio de gravedad variable.
El agua para los hábitats se obtiene combinando hidrógeno traído de la Tierra en grandes contenedores con ocho veces su peso en oxígeno lunar. Aquí, en la industria de baja gravedad de la “Distress” el oxígeno es un subproducto de los procesos industriales productores de metales y vidrio. Nuestro suelo, nuestra tierra, proviene del cinturón de asteroides que no está demasiado lejano y es fértil una vez se le han incorporado nitratos y agua. Dada nuestra ilimitada energía, de coste irrisorio, nos hallamos libres de toda clase de contaminación. La energía apenas cuesta nada y las materias primas son, en cambio, relativamente caras. Por eso nos sale muy a cuenta el descomponer los productos de desecho en sus elementos componentes.
Antes del accidente ya se hablaba de transferir las bases mineras de la Luna a los asteroides, donde contaríamos con una gama completa de elementos, inclusive carbono, nitrógeno e hidrógeno. En cuanto a energía no nos había de costar más que el obtener materiales de los asteroides en vez de procurárnoslos de la Tierra, y además tendría que resultarnos mucho más barato porque el sistema de transporte no habría de requerir fuerzas de propulsión elevadas.
La vida, si lo pensabas fríamente, era en general cómoda. Había verduras y frutas en sazón en todo momento, pues disponíamos de cilindros agrícolas para cada mes del año, cada uno de los cuales contaba con su propia regulación de ciclos de luz y noche. Ahora ya es difícil pensar en estas cosas si no es haciendo un esfuerzo.

Cuando se localizó el escape se dieron diversas explicaciones, pero ninguna nos convenció. La filtración o lo que todo el mundo empezó a llamar la filtración, más por reverberación de diapasón que por comprobación, provocó en muchos de nosotros la sensación de estar bajo los efectos de un tremendo impacto y sentirnos al tiempo, aturdidos y confusos. Parecía como si estuviéramos viendo una película o teniendo una pesadilla interminable. En parte este aturdimiento nos protegió durante los primeros días de sentir de golpe el efecto pleno de todo lo que había ocurrido.
Algunos comenzaron a sentirse poco después abrumados por el dolor, por un dolor sordo que eran incapaces de describir e incluso de localizar y por una extraña e indefinida sensación de pena. Recuerdo haber visto a compañeros de la sección llorar incontrolablemente por una pequeña incorrección en los procedimientos de barrenado. Otros se sobresaltaban con facilidad, se sentían extremadamente ansiosos al salir de los habitáculos o al estar solo, o experimentaban oleadas de pánico y se culpaban de situaciones no tenían nada que ver con ellos. Algunos reían sin saber bien porque razón. La depresión y la búsqueda de la soledad parecía que duraría para siempre decían muchos y al rato no querían estar solos para evitar pensar tan frecuentemente en las ideas de suicidio que se habían extendido enormemente desde que se comenzó a hablar de la filtración.
Por mi parte, no podía hablar con los demás sobre mis sentimientos, no podía dormir, tomaba demasiados estimulantes e incluso alcohol y subía y bajaba de peso en cuestión de días. Además, había empezado a pensar en minucias de mi adolescencia que creía superadas hacía años y que ahora me torturaban absurdamente como caminos iniciados y no terminados que me recriminaban continuamente por mi endémica falta de carácter.
Los siquiatras diagnosticaron muchos pequeños brotes de lo que empezaron a llamar eufemísticamente la enfermedad psicógena masiva y buscaban sin encontrarlo los desencadenantes, los factores ambientales. Todos sabíamos que había sido la filtración. Lo pensábamos hasta aquellos que no terminábamos de entender muy bien de lo que estábamos hablando. Que éramos la mayoría.
Decían que todo parecía haber comenzado con un mal olor en la zona de hangares. Muchos empezaron a creer que habían podido estar expuestos a algo peligroso y comenzaron a experimentar señas de enfermedad al mismo tiempo de creerlo.
Los cuadros médicos y los gerentes estaban desconcertados. La gente enfermaba al mismo tiempo. Por docenas, por cuadros enteros de producción, por equipos enteros. A la vez, como en una explosión geométrica. Al tiempo y era lo más desconcertante, los exámenes físicos y los análisis demostraban resultados normales. No se podía encontrar nada en el entorno que podría hacer que la gente enfermara. Nada que demostrase ninguna anomalía en los propios enfermos. Y sin embargo, teníamos fiebre, espasmos musculares, lagrimábamos continuamente y sentíamos la piel ardiendo.
Así pasaron unos cuantos días angustiosos en los que las fábricas dejaron de producir, los sistemas se mantenían gracias a su autonomía. La gente inundaba las clínicas o se quedaba en casa.
De pronto y sin sorprendernos demasiado, una mañana encontraron a un trabajador muerto en su ducha. Fue el primero. No tenía marcas, no tenía ninguna señal. Aparentemente parecía un fallo cardiaco. El siguiente fue una mujer y siguió el mismo patrón. Los que vinieron después ya no eran tan evidentes. Muchos habían preferido quitarse la vida y aparecían en lugares sorprendentes. La baja gravedad presta un mundo de nuevas posibilidades para la tarea de poner fin al sufrimiento y dejar de hacer frente al piélago de calamidades que decía el poeta. No quiero hacer una trivialidad de algo tan macabro pero es así.
Poco a poco, fuimos quedando menos, las lanzaderas fueron utilizadas por los que pudieron hacerlo. En el centro de la esfera una pequeña masa de cadáveres flotaba en la gravedad cero haciendo las veces de núcleo sin que nadie se preocupe de retirarlos. Hace mucho que el número de los fallecidos supera el de los vivos. Los sistemas se han mantenido de modo automático desde hace semanas y sé que cada vez quedamos menos porque hace días que no veo a nadie y no escucho voces o sonidos humanos.
Los ojos me arden y no consigo que me abandone el dolor de cabeza. Estoy cansado de tomar pastillas y creo que, sinceramente, no valen de nada. Imagino que queda poco tiempo y quisiera dejar algo detrás de mí. Supongo que siempre se tiene la tentación al final de hacer que algo perdure. Aunque solo sean unas palabras lanzadas al éter. Lo más triste de todo es que salvo lo que he contado no sé que más decir.
No sé que ha sucedido y tengo la sensación de no haber hecho mucho que haya valido la pena ni para aclararlo ni para nada en concreto. En estos momentos es quizás lo que no he hecho lo que más importe. Lo que no hice y me hubiera gustado hacer. No he creado, no he destruido, no he sostenido, no he derribado, no he enaltecido. Y da lo mismo. Sinceramente da lo mismo.

Fin de transmisión.
Kilo, kilo, kilo.”

lunes, 9 de octubre de 2006

Generalidad XVI

“Deus ex machina” es una expresión latina, traducción a su vez de la locución griega “apo mikhanis theos” que vendría a significar la aparición de un dios como por arte de magia. En el teatro clásico la súbita aparición en escena de una deidad, que venía literalmente volando a rescatar prodigiosamente a los protagonistas de alguna situación desesperada. Los Dioses (Deus) que aparecían desde fuera (ex) de la acción teatral accionados por poleas o artilugio mecánico parecido y propio del atrezzo o aparejo teatral (machina).
Dicho recurso escénico se atribuye a una invención de Eurípides y el artefacto, llamado mékhane, que permitía al figurante que hacía las veces del dios de turno mantenerse en el aire sobre el escenario, no era sino una rudimentaria grúa de tramoya de la que pendía el actor sujeto por una cuerda.
Virgilio es uno de los primeros en utilizar el concepto en “La Eneida”. Horacio, más tarde, recomendará en su “Arte Poética” ser prudente al urdir el desenlace y recurrir a un poder sobrenatural sólo cuando lo requiera la índole de la obra: “Nec deus intersit, nisi dignus vindice modus” (No hagáis intervenir a un dios, sino cuando el drama es digno de ser desenredado por una divinidad).
En la actualidad, la frase se aplica, ya fuera muchas veces de la realidad teatral, para designar lo que inesperadamente surge para resolver una situación aparentemente imposible. A lo Marvel, para entendernos.
Cuando se añade que vivimos en una era que revisa permanentemente la fe religiosa, Henri Bergson nos recuerda una verdad poco halagüeña para la naturaleza humana: “El mundo es una máquina para fabricar dioses”.
Todos sentimos la tentadora necesidad de que se solucionen los acuciantes problemas de este desdichado mundo con una intervención externa que provoque repentinamente un desenlace feliz, al margen de lo que consideremos conformante de esto último.
“Deus ex machina”, incluso para los no familiarizados por la expresión, adopta miles de formas variadas de soluciones providenciales que lo arreglan todo. Todos queremos el nuestro. Todos anhelamos la infantilización que nos provoca esa figura paterna que solventa y arregla todo lo que nos angustia de lo desconocido, origen evidente de toda incertidumbre. Es el propio azar que nos libra de lo azaroso.

Corro por todo ello a jugar a la bonoloto del jueves, a la lotería primitiva, a los ciegos, al décimo de navidad que ya se acerca… “Deus ex machina”

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Generalidad XV

La metáfora de Clausewitz nos dice que la guerra es política hecha de otra forma. Puesto que la política es un negocio, la guerra se convierte en una herramienta que nos permite aumentar los beneficios políticos y minimizar las pérdidas. En estos términos, la guerra está justificada siempre que se gane más con ella.
La moralidad no entra en la ecuación, excepto cuando la inmoralidad se paga políticamente o cuando se gana más actuando conforme a la ética.
La metáfora de Clausewitz permite que la guerra se justifique única y exclusivamente en términos pragmáticos y no éticos.
Esta hipótesis metafórica necesita de especialistas en el cálculo político de los costes y los beneficios. Aprueba la utilización de las matemáticas de la economía, la teoría de la probabilidad, la teoría de la decisión y la teoría de juegos para hacer de la política internacional un asunto racional y científico.
Aprentemente no hay objeción.
Aparentemente.

jueves, 14 de septiembre de 2006

Generalidad XIV

El pobre loco corría por la calle de la estación medio desierta, cubierto con un sucio traje, maloliente y gritando a voz en pecho. Contaba incoherentemente que cuando niño, su madre compraba la leche a un carro lechero que llegaba al pueblo tirado por caballos. Al pueblo de la meseta torrado y lleno de tobas. Los caballos llenos de mancaduras llenaban de estiércol la calle. Bosta, bosta. Antes todo era mierda de caballo y moscas. Moscas y mierda. Varias fanegas todos los días. De vaca, de puerco, de mula, de concejal. Era terrible, asqueroso correr descalzo por los suelos húmedos pero sobreviví. Vivía entre mierda y aún lo cuento. Pero ahora es peor. Ahora nos morimos más. Ahora nos moriremos todos. Abro un periódico, escucho la radio y las trompetas me aturden, el Apocalipsis me sacude la fortísima trompada. Se va a morir. ¡Me muero! El aire está contaminado y no debo respirarlo. El agua de los grifos está repleta de malsanas bacterias. No la beberé más. Tomaré solo soja. Alarmado busco ansioso nuevos salvadores que me liberen. Fantasmas y trasgos, lejos, huid de mi. Afuera, afuera. Cualquier cosa que coma me matará. Hamburguesas, comida picante, china, comida rápida, precocinada, bebidas con gas. Demasiada fibra. Muy poca fibra. Come demasiado. No come suficiente. Come mal. Debería comer yogur. Debería evitar los productos lácteos. La leche es mala para la salud. Es buena para las vacas. El aceite de oliva es malo. Ahora es bueno. La dieta mediterránea es pobre. La dieta mediterránea es la salvación. El pescado azul tiene mucha grasa. Los ácidos grasos son lo mejor. No comas frutos secos. Las nueces son magníficas. Bebe mucha agua. No bebas agua en las comidas. Disocia, asocia. Compra, vende, ahorra, gasta. Deja espacio para los siguientes. Muere.



Me hizo gracia al alejarme recordar la palabra que casi había olvidado. Bosta de caballo. Bosta. Sí, tenía gracia.

miércoles, 26 de julio de 2006

Generalidad XIII (La generación frustrada)

Las generaciones que vimos la luz en las postrimerías de los sesenta y los primeros setenta hemos pasado por las universidades más masificadas que hemos disfrutado en España. Lógicamente es una ironía lo de disfrutar.
Sí, así es. En esas hediondas pocilgas estrellé, junto con muchos de vosotros, mi infantil credulidad en los hipotéticos faros del saber que guiarían mi mente llena en aquellos días de residencias de estudiantes bullentes de Lorcas, de Buñueles, de Unamunos, de Ortegas, de Fallas, de Salinas y de d´Ors.
La realidad de aquellas factorías de semicultos semovientes es que en verdad estaban pobladas de triperos que hozaban en sus departamentos preocupados miserablemente de sus insignificantes publicaciones, de sus misérrimas conferencias y, eso sí, desde luego y por encima de todo, de la consecución de sus puntos para el próximo concurso de traslado o concurso oposición.
El estudiante era básicamente una sarna indecente que había que mal tolerar y soportarla rascándose y a la que se lanzaban, como polvos de azol, decenas de becarios iletrados denominados en aquellos días profesores suplentes; los cuales además de aspirar a la pitanza del cátedro, valdrían con mayor aprovechamiento, la mayoría al menos de los que tuve, para esquilar merinas.
Los hombres y mujeres que pasaron por aquellas bibliotecas, por aquellos aularios (ya el nombre provoca vascas a pesar de su construcción clásica) pasean hoy por nuestras calles como desdibujados licenciados cargados de frustraciones. Algunos secundan oenegés, otros juegan bastante bien al pádel o han aprendido a navegar en veleros o a cocinar con cúrcuma y basilisco fresco o simplemente se despelotan en blogs. Tanto nos da.
Todo aquel exceso de formación, de conocimiento generó modelos mentales que fueron luego de muy difícil aplicación. Por que, ¿acaso podemos ser todos jueces del tercer poder, escritores tertulianos, cineastas del método, arquitectos de fuste o subinspectores de hacienda? Obviamente no, pero como sucedió en la defenestrada Unión Soviética de la posguerra mundial y en la más próxima y defenestrable Cuba, eso no resultaba importante en ese momento, porque el axioma de partida era que la formación y el saber (ese que nos hace libres) es un bien en sí mismo. Sin mayor necesidad de consideración.
Todos lo hemos tenido frente a nosotros desbordando nuestros platos de pitanza. Todos hemos mamado esta endogamia malsana y no hacen falta mayores explicaciones.
Nuestra tierra hoy, nuestra patria chica, la vieja Castilla no es mucho más que esta marmita de contribución forzosa de sangre, del portazgo a pagar, del pecado original que se arrastra siempre y nunca termina de borrarse por mucho que se frote. Tierra triste, seca y adusta que ahora solo produce hombres y mujeres que sueñan con ser rentistas o funcionarios (entendidos estos como una tipología de aquellos, lejos del glamour del burócrata francés). Tierra que debe pedir perdón calladamente de haber sido cuna de grandeza en tiempos pretéritos. Pero esta es otra historia. Aunque todo influye, no se crean.
Pero, ¿seremos realmente, pese a todo y tal vez por todo ello, una generación? Y de ser cierto, ¿Qué nos amalgama y nos define como tal? En mi opinión (y no tiene más valía que ser mía y estar dispuesta a ser modificada por otra mejor) es una cierta mística del fracaso y de la frustración. Somos una generación derrotada. ¿Llena a lo sumo de buenas ideas y de bien poco más? Espero que no, pero cada día me convenzo más de lo contrario.
La vida se ha impuesto con sus impertérritas y obstinadas necesidades cotidianas y casarlas con los anhelos parece imposible, inalcanzable, extenuante. Una generación de potenciales Sísifos que cansados con la idea deciden agostarla antes de sudar algo más de la cuenta.
La generación frustrada siente que tiene una limitada capacidad de dedicar esfuerzos y de justificar paisajes personales. Opina que, en ocasiones, lo importante no es rodar sino posarse en el limo del fondo. La generación frustrada es dueña de un enorme colectivo de conocimientos tácitos que no explicitaron lo que buscábamos de manera más específica.
Y aunque nos duele la herida al avanzar, tal vez lo más sorprendente es que no dejamos de hacerlo. Y eso en mi opinión, es el elemento que nos define.

lunes, 3 de julio de 2006

Antecedente XVII (Rosario)

Hay sábados de madrugada en los que las manos establecen caminos nuevos por su cuenta. Olvidando mansamente aquellos otros en los que no creció la hierba en años. Los ojos, los míos, los tuyos, todos ellos van detrás y consolidan. Humean al hacerlo pero al final solidifican, densifican el ayer volviéndolo gelatina de días, caldereta de sensaciones idas.
Pero, aunque estacionario, no es lo habitual. Suelen ser tan solo mensajes secos que se cruzan en las frecuencias comerciales.
En estos momentos, en esas horas es bueno escribir en una hoja de papel los nombres de la infamia y arrebujándolos lanzarla lo más lejos de nosotros que podamos, describiendo una parábola semejante a las de urea, aquellas pugnas de meadas que de niños hacíamos para llegar más lejos.
Pero perdón, que me distraigo de lo que me importa.
Decía sin querer decirlo claramente que empieza a ser costumbre despedir a mis seres próximos. A esos que llamo queridos porque me duele su ausencia como a veces lo hacía su presencia y ahora me culpo de haberlo hecho, ya sin remedio. Empieza a ser letanía y no es grata. Debo exorcizarla, pelearme con los trasgos y las fantasmas. Esta es mi catarsis, mi particular e incómodo diván en el psiquiatra. Vosotros, mudos e informes doctores.
Apago la pantalla y los charlatanes redundan su voz en las paredes y aún lanzan embustes parecidos desde el fondo de las estancias hueras. Se aboga por nuevos códigos penales que sean como mínimas moralias de una nueva sociedad de bienpensantes atrincherados en urbanizaciones bunker. Nos dejas en medio de unos tiempos en los que las éticas de suma y saldo se sumergen y prefieren descender a pulmón para no salir más.
- Llamó Medardo, abuela.
- No me interesa lo que diga ese rascatripas. A buenas horas mangas verdes.
- No llama para marearte. Está claro que vendrá. De todas formas, la chica era estrecha de puente y sabíamos que le costaría parir -
La calva incipiente clarea en los cúmulos de una cabeza pequeña que a duras penas parece guardar un equilibrio sobre los hombros breves. Las manos largas presionan el entrecejo con los dedos cuando buscan la salida reflexiva, pero la pose se troca penosamente cuando el bostezo se ejecuta automático y tiránico. La presión clarea la frente que brilla roja y tensa. Las patillas cuadradas están mal definidas en sus límites y molestan en el conjunto. El pater finalmente levanta el belfo y nos conforta.
Son pequeñas consejas que se pierden en la oscuridad como las sombras. Y de las mismas, o en su contra quizás, surge la historia breve que os recito.
Mi abuela nació en los albores de un siglo triste en una tierra seca que sigue dando santas y sabios, aunque ella no fuera al fin ninguna de las dos cosas. Ni falta que hacía.
El pago de Brieva absorbió muchos años atrás al pequeño Vicolozano. Vendría la gran cárcel a robar la fama y la breve honra. Infancia de vida rural, familias de siete hijos, los que Dios nos mande, los que tenga a bien mandarnos, ave maría, sin pecado concebido.
Vicolozano será bruma de color sepia en mi memoria posterior. Son como jugos recocidos y reconcentrados en el calor de la bilbaína negra. Nunca conseguí que me lo contase de un modo completo y mezclo lo poco que conozco y lo algo menos, que recuerdo. Menos sería perderlo todo.
Pero la historia de despliega con la fascinación de la veracidad, de las capas que se superponen y dan consistencia. Cebolla de secarral, mandorla mística, ajo corito.
Me gustaría poder deciros que los zarcillos de avellano caían de sus mejillas. Sería, tal vez, más hermoso, más lírico y mas ñoño. Pero no, no fue así y debo contar la verdad. Le gustaría lo mismo que la gustaba observar las nubes y las extrañas formas lanares que aparecían y no.
- De mala manera, de mala gana.
- Siento tu aliento en mi cara. – Ríen las niñas con la copla, camino de la escuela. Mes de mayo, mes de las flores. Todos los domingos la salve en la pequeña capilla. Y después el paseo por la calle de Santiago, desde la plaza de Zorrilla hasta la Plaza Mayor y Héroes del Alcázar. Arriba y abajo, arriba y abajo.
Y ahora la historia de amor. Que siempre hay alguna si la historia aspira a valer algo. Pero no historia afectada, sino real y bélica.
Se conocieron en un baile en la plaza de las Vistillas. Aquel Madrid inexistente hoy y capitalino que amó mi padre y extrañó porfiado cuando raramente veníamos y aparcábamos en pintor Rosales por no conducir en el follón que odiaba y temía. Si me vieras ahora hozando en la compota de metal y ruido.
Estuvieron separados mientras las pavas traían las tripas llenas de bombas y la Rosario ocultaba el rostro en los túneles de aquel metro niño. Él estaba en el norte, batallando por los otros. Da lo mismo de lo que hablemos porque si soy los unos, tú siempre serás los otros. Volando metralla, mal durmiendo, comiendo podredumbre y raspas. La vida no vale nada. Menos que nada este amor, este sentimiento que no cotiza en el estraperlo.
A lo lejos, abarraganado con una hembra, echaba de menos otra. Termina la guerra y el azar conchabado le retorna a la capital. Como en una novela de cordel se encuentran. No se han olvidado tras casi tres años de separación, de incertidumbre. Las cartas no llegaban al otro bando. No se podía saber si el otro alentaba siquiera. Pero no se habían olvidado.
Casan con una boda de penuria. Boda minima, existencial sin saberlo, boda de sopicaldo y de farfolla. Lo único que se estrenaba era una posguerra como quien estrena un harapo sangriento y cruel. Él con el traje de gala y tricornio con jarretera y banda. Ella de negro riguroso, como las novias de ultramar, como las novias coloniales. Durante años la foto del instante ha estado en casa de mi madre y aún sigue en su marco nacarado junto a la planta que llaman protos y que se enreda hacia el cielo que no alcanzará.
Vendrían los años grises viviendo en casas cuartel. Lo único a lo que llamar casa sería una cómoda con algo de ropa de domingo además de la de diario entre bolas de alcanfor y manzanas secas. Mucho, mucho después una máquina de coser singer. La que cantaba al mover el frío pedal de forja.
Mujer de pedernal, de esquirlas de mica, de cemento, de cal viva. Dura como el ladrido, como la zarpa montuna que hace presa, como la vida que se escapa con vívido y descarnado realismo. Madre enlutada de una hija ida con cuatro años. Lleva en su marcha su nombre y parte del alma suya. La vida sigue muda, sorda, absurda como una terciana mal curada.
Cuarteles. Ladridos de perros flacos y comida de economato militar. La Mudarra. Una nueva hija que alienta. Guardias en el páramo y servicios de puerta a pie firme. Traslados de presos. Noches de frío. Gentes de orden con tabaco de liar y calzoncillos de pernera larga. La cómoda y la singer con marquetería inglesa siguen como únicas propiedades.
Valladolid, el cuartel de San José. Años después luego iríamos los granujas muy cerca, al Caifás, a tomar coñac con chocolate –lumumbas o lugumbas creo que se llamaban- y a esperar los temibles lentos. Luego sería local de boys para despedidas de soltera. Sic transit, amigo mio, sic transit.
Y al caer de los años, la calle Clavijo que ya no existe. La casa soñada con ventanas de madera y cristales espirituales que dejaban pasar el elemental e igualitario frío pucelano frente al cauce domado a medias de la esgueva. El suelo de terrazo donde distinguía mal de niño a las cucarachas cuando salían de bajo el gran fregadero cuadrado de loza blanca. El crucifijo de madera oscura y las camas de forjado y muelles de acero. Los colchones de lana que había que varear en el buen tiempo y el espejo de falso bronce dorado en forma de sol frente a la entrada. El papel pintado en las paredes, la vajilla de porcelana y latón. La despensa con sus mantelitos en los anaqueles, las bombonas naranja de butano que resaltaban con su color estridente como una falsa y barata modernidad. El vecindario variopinto que poblaba aquella plaza de las batallas. Carmen, la falsa Eustaquia, los mangas, el Emeterio, doña Rosa, don Emilio y Emilito, su hijo. Aquella minúscula bodega donde vendían el vino a granel por cuartillos y el abuelo me invitaba siempre a una aceituna de las gordas. La barbería donde todavía hasta hace un tres o cuatro años iba a cortarme el pelo pero fundamentalmente a recordar aquellas inundaciones que vadeaba con mis katiuskas.
- Sois unos pindongos - decía y le enfadaba que Alberto le dijese aquello de la sopa boba porque ella ante todo pagaba. Siempre lo hacía. Siempre lo había hecho en su vida de un modo u otro.
Con franqueza no sé que pasará, pero espero sinceramente que nos veamos de nuevo. O si no es así, poder volver atrás un breve tiempo a recordar juntos y jugar una brisca o un julepe. De alguna manera que ya pensaremos “chitonces”.

martes, 13 de junio de 2006

Antecedente XVI (Contradicción)

viernes, 2 de junio de 2006

Generalidad XII

Se prolongaron los años mi niña. Sin sentirlo siquiera. Era sólo ayer, tal vez antier como decía el abuelo Zenón, y en mitad pleno invierno del sur castellano cuando pude sentarme finalmente a escucharte con detenimiento y el ambiente no podía ser mejor. - Ella vive en un paraíso inspirado, vertido en si mismo como quien tiene propósitos ineludibles y se le han permitido oportunidades especiales para poder dedicarse al menester. A la premura del mismo al menos. La turbulencia del destierro, alejada del tráfico y sin conducir vehículo alguno, rodeada de un orden sano, como una sopa de cereales integrales y soja.
- Soy española de hablar a gritos, de jugar a la pelota con los cantos del rio, de bajar como un torrente de fuego por la escalinata de la vieja universidad. No soy una ciudadana, ni una vecina, ni una compañera, soy una pasión que camina. Por eso, vosotros, estúpidos extranjeros no me entendéis. ¿Cómo vais a entender que quien lo tiene todo pida más? Y es que no sabéis que ese todo reluciente, adquirido en tierra prestada y bajo sol ajeno, no puede curar una enfermedad fatal que se llama nostalgia. –
Dicen que lo bello, cuando se pierde, se vuelve más bello todavía. Y lo fuiste mucho. Eras un hechizo en las madrugadas de rocío, un calor en las venas en las noches de erotismo caliente. Frente a la majestuosidad de la existencia solitaria echaba de menos a tus palabras, que busqué y no encontré y que en realidad no necesitaba encontrar porque las llevaba dentro.
En aquellos días cargué contigo como se lleva un escapulario para defenderse del siniestro. Como un escudo. - Muchos dicen que estoy loca. ¡Pues claro que lo estoy! ¿No va a estar loco el que se gana la lotería y le roban el boleto? Los libros que no leía los leo ahora por ti. La música que allá no escuchaba la escucha ahora aquí. Sola. Tarareando sola.
– Ya no habito ni casa ni apartamento, vivo en un baúl de recuerdos. Cada vez que lo destapo encuentro una fotografía gastada y sufro una herida con la que defiendo cada vez peor tu autenticidad. O la mía. O lo que queda de ambas.

martes, 25 de abril de 2006

2950 gramos

Somos átomos errantes, fotones nacidos en núcleos de estrellas que ya no existen. Somos materia que huye. Moléculas que se transforman. Energía que nunca muere como las malas hierbas de nuestros abuelos. Cadenas de ácidos grasos, genes en fuga, máquinas de vivir. ¿Quién lo sabe?
Tal vez no sea cierto, pero me gusta creerlo. Es razonable, aséptico y ciertamente hermoso. Si non e vero e ben trovatto.
Pero algo se descoloca. Ante mis ojos, algo menos de tres kilos de materia orgánica que me recuerdan que hay algo más, que no solo tenemos más acá. Que el inefable existe. Que lo inasible puede sentirse. Aprehenderse.
Mi particular cosmos se expande ante mis ojos y no es una metáfora compleja. No es floritura literaria. No es un tropo desafortunado. Es tan real como mis dedos sobre el teclado. Se mueve, es de carne y sangre y vive pese a todo. Vive por nuestro deseo de que lo haga y vive pese al mismo.
Limpia, nueva de todo lo que pasó antes de su llegada. Esperanza transmutada en llanto. Nueva oportunidad de hacerlo mejor. O de hacerlo un poco menos mal. O de hacerlo distinto. O igual porque nos gustó hacerlo. Sentir lo mismo más veces, porque es verdad que, en ocasiones, estaría bien no tener que saber lo que va después o saberlo anticipadamente. Y tú, hija mía, tienes esa oportunidad. Tienes todas las oportunidades. Y me las das al tiempo.
Masa de pan que se expande y crece y se amasa en los brazos de su madre que ya solo es sonrisa sin linde. Y me desborda un tanto pero es una agradable sensación, cálida y húmeda, que nunca había sentido. Que inunda mis sentidos y calienta mis huesos y espero sinceramente que la sintáis alguna vez.
Sí, espero veros aquí.
A ti también, Cristina. Con los años.

jueves, 30 de marzo de 2006

Generalidad XI (Que lo multiplique el viento)

Introducción al mantra que abre horizontes y llena los ojos de corrientes marinas:

Rebullo a veces en los recuerdos y veo viejas fotografías color sepia de las tierras extrañas en las que imaginaba aquellos cuentos que leía de niño. Lugares desde los que me hablaban voces sorprendentes que persisten con tonos que inventa mi memoria.
Había lianas creo (disculpad, pero invento al recordar), monos aulladores, playas blancas de arena de coral, manglares, humedales mefíticos, tatuajes de henna, aborígenes de papúa, sillas de montar con herrajes en plata y noches coloniales de luna llena.
Expandiendo la mente, los sentidos que todo lo experimentaban ilusoriamente, imaginando colores y olores. Que diferente, que igual de las geografías locales que en estos días nos constriñen y nos identifican como orgullosos paletos de casino.
¿Recordáis que sonidos había en aquellas palabras que resonaban en el aire, aromas de cacao, de tierra húmeda, del estiércol de las aves de colores, de las flores raras entre las que bailábamos hace veinte años?
Hagámoslo otra vez con la eufonía de estos bellos nombres, bellos sustantivos, hermosos animales.

Mantra que abre horizontes y llena los ojos de corrientes marinas:

Pronuncien en silencio, en voz queda y dejen salir el recuerdo lentamente expirando las palabras: Vendrán aromas nuevos con las corrientes del Caribe, de la Florida, de las Antillas, de las Bahamas, de la Guinea, del Golfo de Méjico, del Atlántico Norte, de las Azores. Vendrán con la subtropical del Mar del Norte, con la del Alisio, con la Atlántica de Noruega, con la de Spitzbergen, con la de Nueva Zembla, con la de Litke, la de Irminger, con la occidental de Groenlandia, la del Labrador, del Sur, la del Brasil, del Cabo de Hornos, de Benguela, con la de Kuro Shio, la de Oya de Shio, la de las islas Kuriles, la de las Aleutianas, la de Kanchatka, la de Alaska, la de la California, la de Australia, la del Perú, la de la costa oriental de África, la de Mozambique, del Mar Indico, de las Agujas, la del Antártico.

Respiren hondo y abran los ojos. El mundo se ha expandido un poco. Disfrutemos un momento antes de calarnos de nuevo la boina (que tan elegantemente llevaba mi abuelo Arturo sobre su bigote cano) y regresar al terruño.
Y si ha de dar algún fruto, que lo multiplique el viento...

martes, 7 de marzo de 2006

Antecedente XV (El olvido)

Espera un poco. No te encojas. No huyas. No trastabilles.
No te escondas en tus quehaceres. No te cohíbas tras el mundo.
No abandones a tus deseos huérfanos de tus voluntades.
No proscribas los sueños, bulbos de las realidades breves.
Deja que Dios actúe en ellos, que diga por tu voz oclusa.
Proveerá ese milagro secreto de tu vida.
Espero que de mi vida también.
Y verás que Dios sólo acaricia en lo oculto de las cosas.
No se exhibe como las muchachas desnudas en las playas,
Dios no tiene prisa en quemar sus horas
Dios no tiene tiempo de muerte.
Todo en él es espacio en el que olvidamos y yacemos.
Pasamos extenuados por el ojo de tu aguja, porque eres tiempo curvo de dioses,
carne curva de Dios, piedra y sangre de Dios, sueño irracional colectivo.

Danos la guerra febril de la carne furibunda.
Déjame que me recuerde que antes que las galaxias fueran, yo era en ti o eso dicen.
Pavor tengo que llegue el instante, la frenética hora
cuando me ponga corito, sentina, indefenso y solo frente a los malvados.
Porque es mi duda del propio ser y mi negación a la duda misma.
Es mi nihilismo contra la fe y mi fe contra todos mis nihilismos.
Contra todos vosotros sabandijas glaucas. Propias y ajenas.
El se protege de ti y de mi con su silencio de domingo de gloria.
De ti y de mí, nimios enemigos que se miman al herirse.
¿A dónde te escondiste, jorobado del cielo de falsas gárgolas?
¿En aquel desierto donde cantan las mezzohuríes desnudas de sueños de machos cabrios?
Días de fiesta, días de luto, días de polvo, día de prosa.
De galeotes que vigilan al capitán con navajas en las pupilas.

El te ha escogido, necio, antes de que pudieras suicidarte
El aguarda por ti como un idiota perfecto que salta de ternura en ternura.
Incandescente de juncos.
Paciente como la madre loca, más tenebrosa y terrible que las rosas muertas.
El es el sueño de David antes de robar la esposa del general
- Yo te lamerá de mirra si me dejas.
Se ha suicidado triangularmente en el padrenuestro por nosotros.
Veinte siglos al cubo. Veinte siglos a la velocidad de los cometas
No hay poder como la política de Dios.
No hay mercado que se mantenga en su contra postmodernamente.
No hay relojes eternos que marquen la hora de sus días.
No hay pensamiento que lo abarque.
Ni poema que te desborde líricamente.
Porque eres mucho más que la falsaria eternidad de mi instante.

Es mejor que los filósofos que callan
Quien lo ha oído titubea. Quien lo sospecha desde niño, teme que sea cierto.
Como un disparo en el rostro de la madre.
Estamos fatigados de la fiebre, pero él se ríe con ella.
Y te obsesiona con el sol de las mañanas.
Su distancia lo protege de si mismo, creado en las mentes de los exploradores de Dios.
Se manifiesta integro cuando le salivan y le blasfeman bellamente.
Se muestra en los tumores que se expanden.
Se defiende en el desentendimiento de nuestra fe.
Y nos besa los labios como enamorado de nuestras voces.
Levantando la voz en medio de nuestra bellamente edificada nada.
¡No desesperes porque acudirá sostenedor, rápido y loco cuerdo y absurdo brillante!
¡Estamos seducidos por la carne de madero!
¡Seducidos por el olvido de Dios!

jueves, 23 de febrero de 2006

Generalidad X

Nada dura más que un parpadeo.
Es mi medida personal de la existencia.
No veo y no te extraño.
Cierro mis ojos y soy eterno.

viernes, 17 de febrero de 2006

Generalidad IX

Cuando aparece una nueva forma de organización más compleja surge siempre de una forma precedente más simple. Cuando el nuevo brote es suficientemente vigoroso y viable, acaba desarrollando una identidad propia, y se desgaja del tronco vital del que procede. Los últimos en desgajarse entran en contraste con aquellos de los que proceden. El conflicto es consustancial a la evolución.

miércoles, 1 de febrero de 2006

Grande y misericordioso

Recuerdo con nitidez la tarde de la despedida. Era uno de los últimos días del Shaban y tu madre había comprado fresas a la vieja Shalma Arabiya y fuera, en la plaza cercana, todo olía a limones, a ámbar gris, a datil frito y a nenúfar.
Recuerdo también a tu padre junto al alfeizar. Fumando en la pipa esa mezcla de picadura y estiércol de caballo. Nos parecía repugnante y el humo que se le quedaba en la barba nos hacía llorar cuando nos besaba. Añoro hoy ese olor que lo inundaba todo.
Siempre que pasaba junto a vuestra tienda en el zoco nuevo me acercaba a saludarle y me acariciaba el pelo murmurando la misma letanía. - Que el señor te guíe lejos de caminos equivocados-. Tantas veces me lo dijo que algo tendría que ver en lo que vendría luego. Buen hombre tu padre. Pocos hoy son como él. Mansos y fuertes al tiempo como leones en sombra.
Buen hombre y buena ciudad era nuestra Beirut de aquellos días. Inmenso fonduk que a todos acogía y a todos amamantaba. Patria de mil caminos y mil gentes. Los niños crecíamos burlando y respetando a los ancianos. Como se hacía en los viejos tiempos. No encontré nada después parecido en mis viajes. Ni en Siria, ni en Egipto, ni en Europa. Bueno Europa es, en cierto modo, tan diferente que ni siquiera admite comparación.
Mis padres visitaban a los tuyos en la sahura. Éramos diez niños pero yo solo podía verte a ti. Mirabas al suelo con tus grandes ojos del color de la pez y tus grandes cejas de búho parecían manchas en tu cara tan blanca. Tardé tiempo en verte la cara. Al menos esa es la sensación que me acompañaría.
Y el día de la recitación. Mi padre al volver de la fatiha gritaba medio en broma. - Dios colme de honores al héroe de la recitación-. Nada me envaneció más que el contacto de tu mano tomando la mía, que era ya la de un hombre. Salimos a pasear juntos hasta los aljibes nuevos.
Eras todas las flores del mes de Mihrayán. El futuro se abría ante nosotros inmenso, luminoso.
En medio de los felices días fui hombre, de verdad, ya sin sentirlo. Y lo peor es que, tal vez, sin quererlo.
Mi madre lo profetizó. - Dejaras lejos el ghuraba, tu Beirut-la-horra y a mí y a todos los que te quieren. Mi noche, mi estrella de los días de ayer-.
Corriste a esconderte de mí. No quería despedirme. – Si no te digo adiós es como que no te has ido del todo-.
En mi soledad, los años inventarían recuerdos no vividos. Mentiras e historias que son lo mismo al fin. Regalé muchas veces mi agua a la arena en tu nombre.
No volvimos a vernos. No volveremos a hacerlo. Al menos en esta vida. Pero creo con firmeza en que lo que voy a hacer ganará el paraíso para ambos. Y el nuevo amanecer será realmente nuevo.
Dios es grande. Dios es misericordioso.

viernes, 27 de enero de 2006

Antecedente XIV (250 años y tan pichi)

Pronto brillará, para anunciar la mañana,el Sol sobre su órbita dorada.
Pronto se desvanecerá la superstición,pronto vencerá el hombre sabio.
Oh paz serena, ven aquí,vuelve al corazón de los hombres;
entonces la Tierra será un reino celestial, y los mortales serán semejantes a los dioses

Emannuel Schikaneder