miércoles, 23 de noviembre de 2005

El Adamado

Don Rufo Gómez de Pardo y Soler, de los Pardo y Soler de Pincia de toda la vida, tiene la mirada afilada, plagada de alfileres romos, el mentón un algo triste los días festivos que también es mala pata y el pelo, el pobre y poco pelo, ralo y fosco. La boca fina, los labios estrechos curvados por la perenne sonrisa de media sorna y los dientes, perfectos con el color del marfil viejo. El chiste dificultoso, el halago pronto y la carcajada difícil, tenue y no demasiado sonora, pero pegadiza.
Es en su conjunto, o lo fue más bien, individuo resultón que no llegó a guapo, todo lo más a guapote como los desvaídos y algo toscos galanes de las películas de entreguerras. Vaga y provincianamente elegante con su eterna americana de espiguillas y el pantalón lana color caldero, no debería de extrañarnos comprobar que no haya trabajado realmente en toda su vida. Don Rufo siempre ha vivido de las mujeres como una pequeña garrapata hermosa. Y continúa haciéndolo. Pero no del modo que barruntamos, prostibulario y alcahuetil.
De niño, Rufo que era todavía Rufino para su temprana desgracia, se malcrío prontamente con las atenciones intermitentes de su abuela Gaspara, mujer crepuscular que seguramente había nacido ya siendo viuda colonial y que nadie podía imaginar de niña o incluso de mocita. Esta hembra carnosa, de genio vivo y movimiento de ancas descarado era suficiente para llevar por si misma no una sino tres haciendas. En la práctica, hasta el fin de sus días dividió su atención solícita a partes iguales entre la gestión de la intendencia familiar y su nieto varón. Nunca descuidó lo uno por lo otro. Pues para ella eran una misma cosa.
Pero en la particular cohorte existían muchas advocaciones menores. Coros de menor fuste pero no menor sonoridad. Toda una caterva de tías solteras, exclaustradas, medio prioras, mal casadas o peor enviudadas, llenas todas ellas en diferentes medidas de faltriqueras repletas de dineros y de tiquismiquis, atosigaban al niño Rufo en su balbuceante granado. Ya desde el principio todas ellas, le mostraron de manera cristalina una sentencia práctica, condensada y simple, que le resultaría después extremadamente útil: Que la distancia que separa el deseo y el acto es aparentemente breve, pero que acostumbra a permanecer en una bruma de penumbra. Y que finalmente se extiende hacia el ocaso de lo inconcluso, como los días que desaprovechados, finalizan. Comprendió también como el tanguista que había que mentir, al menos una mica, para vivir dignamente y más aún, constató que este principio afectaba sorprendentemente más a las mujeres que a los hombres. Al menos, a todas las que había conocido hasta el momento.
Partiendo de todo ello, como se hace de un dogma, es decir sin cuestionarlo ni un tanto, Rufino, muy tempranamente, incluso con algo de inconsciencia, organizó su vida.
Aún con pantalones cortos, un hecho fortuito, vino a dar el espaldarazo definitivo a su genio. Don Rufo, el padre, fallecía de la noche a la mañana victima de unas tercianas mal curadas. O eso dijeron en aquel momento. Rufino, que pronto pasaría a ser Rufo y que aún le quedaban años para producir el mascaron del don, recordaría después el momento con tres o cuatro pinceladas mentales. Su padre acostado, hundido en el colchón de lana sin varear, corito y con la respiración entrecortada y poderosa, el rostro bañado en sudor, tiritona en el belfo quejumbroso de pavo de natividad. Su madre desvaída y transparente a la cabecera diestra, rígida. Pálida. Poco más.
En un decir amén, se encontró varón en un universo de mujeres. Hijo y nieto único, jamás había tenido problemas de rivalidad en el terreno de las preferencias. Su madre terminó de mimarle como solo puede hacerlo una madre enamorada febrilmente de su hijo.
Rufino con los años, terminó agradeciendo en cierto modo a su padre, la manera blanda de marcharse. Sin un destinatario concreto, cada año le costaba más ponerle rostro sin los viejos retratos, le había dado un cierto aire triste y desamparado que le quedaba bien como a quien le sienta bien una boina ladeada y lo explotaba con descaro. Don Rufo, el padre, siempre preocupado de los negocios, los almacenes, las tiendas y entretenido en el casino con interminables partidas de bacarrá, no llegó jamás a ser para el crió figura imprescindible. Después y sin ser capaz de concretar que era lo que había mejorado, constató que sus francachelas adolescentes y sus crecientes calaveradas eran toleradas de un modo más liviano del que sería de esperar. Y el cambió le agradaba.
Rufino vivió pues, despreocupadamente, regalada, blandamente. Víctima y sanguijuela al tiempo de su pequeño y familiar batallón de mujeres educadas en un sutil y cadencioso plegamiento a lo viril. Él representaba la confirmación corpórea de la bondad de la estirpe, capaz de generar una, al menos una, esquirla de genitales colgantes. El macho del clan sesteaba a placer bajo su particular acacia de encajes.
Veía pasar la vida con una languidez más propio de lo soñado que de lo vivido. Con la despreocupación del espectador. Experimentaba los días en el tono sepia de las fotografías viradas, con aquella sensualidad con que los ilustrados prerrevolucionarios asimilaban a las mujeres y a los niños, exenta de erotismo, virginal y afectada.
Rufino, que ya era Rufo, no sintió las asperezas de la vida. De las vidas vulgares de todos aquellos que le rodeaban y sobre los que flotaba a un palmo o tanto así. Las recomendaciones, los favores, unos billetes a tiempo que su particular parapeto de gelatina femenina le tenía siempre a punto, evitaban tanto las calamidades cotidianas como las que aspiraban a ser más. Rufo fue así el único absentista de las míticas clases de gimnasia del padre Damián, de las que dicho sea de paso, no se libraba ni Dios Padre de haber tenido que cursar. Rufo fue también, valga otro ejemplo, excluido de la milicia que partía para el África y de la que formaron parte buena porción de la muchachada de su quinta. En esa ocasión las malas lenguas de Pincia hablaron de que su tía Reme y la mujer del coronel de artillería de la plaza compartían confesor en la iglesia de San Benito y que se había movido ficha para que otro, más anónimo y vulgar, fuese en su lugar. Un suma y sigue en esa línea. Imaginen ustedes.
Jamás se planteó siquiera en la familia la posibilidad de que Rufo trabajase, al menos lo que se entendía en aquellos días a moler el espinazo con mancilla de la honra e impropio esfuerzo manual. Una cosa era tener una ocupación, un entretener digna y solazadamente los días, sin dar que hablar, y otra muy diferente los horarios y las obligaciones de sol a sol. Bien lo dijo la abuela en sus últimos momentos: Mientras hubiera rentas, y las había, no movería un dedo más que para agitar la cucharilla de moca.
Lo más parecido al trabajo era tal vez el paseo quincenal al abogado para firmar cuatro papeles, costumbre que a pesar de ello le hastiaba por la obligación de tratar con desconocidos en el vestíbulo y que terminó convirtiéndose en lo contrario. Un pasante del bufete comenzó a pasarse, como la propia naturaleza de su nombre indica, por la casa de don Rufo, que lo era ya de sobra, dos veces en mes. Y esto, porque hacía elegante más que por necesidad. Don Joaquín, el abogado, era como de la casa. Y ciertamente era hijo en segundas nupcias de un familiar lejano que ya nadie recordaba. Pensar que a sus setenta y tantos largos podía hacer una mala jugada era pecar mucho de desconfiado. Y el hombre no se lo merecía, la verdad, que la plata creció durante años que era un gozo de ver los enormes libros azules de contabilidad con aquella caligrafía perfecta.
Los años pasaban así como un permanente otoño un aguafuerte que amarillease próximo a un ventanal. El podenco color de la canela trasmutado en alfombra de pelo, los libros en tafetán verde sobre la mesa del inútil despacho, los anaqueles de fieltro con fotografías con gualdrapas en cuero, el mes de febrero y sus comidas que se iniciaba con la sopa juliana por lo de entonar, los paseos algún domingo de primavera hasta las lindes del río, los veranos en Comillas o en Santillana, las escapadas a la capital a ver esas comedias tan atrevidas después de Pascua, las excursiones con las tías en el viejo Hispano-Suiza, las meriendas con chocolate, pastas y bombones de la Trapa despellejando a cualquier desgraciado en el desliz de dar que hablar y que terminaban en aquellos ¡Ay Jesús! con suspiro. Todo ello sin amores ni odios conocidos, de importancia al menos. Sin excesivos vicios, sin desplantes.
Y al fin, sin aparente desgaste, la primera cana, la primera arruga, el primer achaque.

Veo a don Rufo, a lo lejos, saludarme con el amable gesto de sombrero tan familiar en él. Camina seguramente hacia la tertulia del Nacional. Avanza envarado, encorsetado y algo fondón, en la impoluta camisa de cuello duro que jamás almidonará. Arrellanado cómodamente en su nana inconclusa.



Valladolid 1993, Madrid 2005

miércoles, 26 de octubre de 2005

Un dia menos

- ! Avelina, baja por pan!
La vieja, embutida en la bata azul con lunares, levanta con el gancho de hierro la arandela grande de la bilbaína, que enroja por momentos. Echa una paladita de carbón y vuelve a ponerla en su sitio. Camina por la cocina diminuta con pasos cortos y vivos dentro de sus zapatillas de felpa deshechas. Está preparando en la mesa plegable de formica los ajos para el sofrito cuando la cabeza de una joven, casi una niña, asoma por el vano de la puerta. No aparenta más de quince años. Cuando aparece, sin mirarla siquiera, le espeta:
-Tráete dos de riche y un sobre pequeño de sal- La niña hace ademán de irse, pero la vieja gruñe - Toma dinero, pánfila, ¿Cómo vas a pagar si no?
La niña alarga la mano y la vieja le endilga un puñado de monedas pequeñas.
- ! Y no tardes!
La vieja vuelve a revolotear entre las cacerolas de su zaquizamí. La niña descuelga un tabardo y sale, cerrando quedo.
Fuera, el sol tiene la perfección de los días de la infancia. Pero solo es apariencia. Es un sol bobo. sin fuerza. Un sol figurín. La niña se arropa el embozo y juega privadamente con el vaho que espira. Camina junto a la pared de ladrillo, con las palmas en los bolsos, volteando en uno de ellos las monedas.
En la panadería hay una mujer gorda que ríe fuerte hablando de un bautizo. Gesticula mucho y mueve el belfo de continuo. Conoce a la niña y la saluda ruidosamente al marcharse.
- ! Avelina, cada día más moza; saluda a la señá Andrea! - La niña sonríe azorada pero no dice ni mú.
Ya en la calle, con las barras en la mano y un currusco en la boca, ve a dos hombres que bracean y discuten de fútbol o de política, que viene a ser lo mismo, pero la sangre no llega al río. Ramón, el hijo medio loco de la Crescencia, la del estanco, pasea el perro de su madre y se baba el pecho de popelín mientras, como siempre, alza la mano tontamente al verla.
Al llegar a casa el olor a patata cocida y a puerro lo tizna todo con la plasticidad del barro. Es casi como destapar un gran perol y meterse en él.
- Las barras y la sal, abuela.
- ¿Y las vueltas?- El ojo blanco de catarata espía el gesto
- Dentro- Contesta la niña. La vieja gira sin más explicaciones y ahoga el tiro del fogón en un gesto automático.
- Pon la mesa, que comemos. Y lávate las manos.
La niña retira el búcaro barato con las flores de tela, el paño de la mesa de madera y se retrasa un poco en poner el hule enrollado en el viejo palo de escoba mirando por la ventana a unos crios que juegan cerca de la tapia del Instituto. Se lanzan cantazos de contundente sonido y gritan obviamente desacompasados, pero furibundos y acanallados. El tejemaneje de la vieja en los fuegos saca a la niña del breve ensueño; abre el aparador y compone los platos de porcelana con flores desvaídas. Cuando llena de agua la jarra de la cocina, la vieja retira ya el pote de la lumbre y friega el espetón de las brasas.
- Recoge el carbón y trae la escoba mientras llevo la fuente. ¿Te lavaste ya las manos?
- Sí, abuela- La niña es como de lino, los ojos grandes y oscuros, las manos rápidas, el pelo fosco con melena sobre unos hombros breves que huyen hacia delante. Levanta más que la vieja, pero no suele mirar a los ojos. La vieja tampoco, pero algo más.
Comen sin hablar. La vieja sorbe a empellones la pitanza que humea. Sopla y sorbe. Sorbe y sopla. De vez en vez un bocado de pan. La niña come despacio y apenas aparta la mirada del plato. Se intuyen las dos mujeres por el oído. Parece por un instante que no se conozcan y se ignoren con la educación y el miedo de los desconocidos que coinciden en un vestíbulo. Al final, la vieja miga el sobrante del riche en el pocillo y pringa. El plato, al cabo, reluce.
La niña recoge la vajilla y la deja en el fregadero inundado de agua. Cuando regresa, la vieja ha retirado de la mesa el mantel.
- Saca las cartas, Avelina - Como cada sobremesa juegan una brisca o un julepe, atropellado y salobre; por cortos momentos chispas iluminan el rostro terroso de la vieja. La niña juega bien pero sin ganas. Tras una jugada de fortuna para la vieja, se decide a hablar.
- Anoche llamó Eusebio, abuela - No hay un gesto, como si la vieja fuese un pedernal de trillo. Mira las cartas y reparte por arriba con fluidez inusual para sus dedos callosos y artríticos.
- A ese ni mentarlo - Pausa seca. - Y al juego - La niña recibe el naipe y varea los plomos que hacen de amarracos, disimulando. De cualquier modo, se atreve de nuevo, como si nada, aparentemente.
- Le manda recuerdos - Calla durante un suspiro y trata de arreglar- Dijo también que mandaría dinero.
La vieja no levanta la cabeza, sólo la pupila. Es un gesto automático, repetido millares de veces, millones de veces, desde la noche cavernaria en que el ojo se cubrió de bruma glauca. La vieja es inteligente y no debió ser mala moza. Lo que ahora vemos son los restos de un apaleamiento moral que duró una vida. La vieja es de adobe centenario, de piedra pómez de pulir perolas, sin fisuras para la compasión ni el lamento. Ni propio ni ajeno. - A buenas horas lo uno y lo otro. Pronto se acordó cuando debía - Hay otro silencio, algo más largo, acuoso y molesto. La niña se arriesga de nuevo al colocar una sota, se ve que por eso de pintar bastos.
- Dijo que quería venir por la Purísima. - A la vieja le tiembla la sotabarba, pero no dice nada hasta que hace dos o tres jugadas más. - No seré yo quien le abra la puerta. En mi casa no entra ese mal parido, bien lo sabe él, que siempre habla contigo.
La niña mira la tiritona del moño e intuye que miente un poco, pero no sabe cuánto y duda si alegrarse.
- Eusebio no es malo, abuela, a lo más caprichoso y ... - La vieja corta con un golpe de la palma en la mesa con tapete de hule verde que amortigua algo. - !Al juego, demonio! Y basta de hablar de ese. No quiero verlo y punto. Tú puedes hacer lo que quieras, es tu hermano y sabrás lo que te conviene. Aunque no lo creo. - Recoge la baraja mientras habla. - Pero en mi casa no. - Hay una breve pausa, muy, muy breve. - Guárdalo todo, me has quitado la gana de juego.
La vieja renquea hasta la pieza del final del pasillo, que de puro pequeño ni lo parece. Se recuesta vestida sobre una cama con colcha de encaje que parece suya, por lo descolorida. Cierra los párpados pero no duerme, repasa las cuentas de pasta de un rosario que fue negro y mueve los labios muy deprisa sin pronunciar sonido. Parece rezar, pero quién sabe si maldice los muertos de todos aquellos que conoció.
La niña enrolla el hule y guarda fichas y cartas en una caja que tuvo galletas. Finalmente acaba sentándose en la banca de la cocina y enciende la vieja radio de válvulas con transformador, (- Para qué comprar otra si todavía suena). La radio de madera y metal no sabe de lógicas humanas. En ella suenan voces en árabe y se habla de sucesos en lugares que no conoce. Parece no darse cuenta de nació en Baviera, pero ahora es un artefacto mesetario. Al poco, escucha cantar a un hombre en un idioma que no termina de reconocer. La niña, evidentemente no le conoce, pero le gusta su voz áspera que se arrastra. Lo deja sonar, muy bajito. Mira hacia el gran patio interior y ve las coladas del vecindario que siempre le parecen obscenos secretos, confesiones públicas que desmientes las ostentaciones de las fiestas de guardar; son la otra cara del barrio; de todos los barrios: macetas de geranios hacia la calle y combinaciones húmedas dentro. A la niña le parece difícil mantener la dignidad frente al paño de cocina o al calzón colgado.
Hace frió y los cristales hace rato que están empañados. Mira en la pared el plato que alguien trajo de recuerdo de algún viaje a Mallorca. Y piensa en su hermano. Comprende su opresión y aún hoy, le salva en su interior, pero también le odia un poco por dejarla sola. Oye el arrullo de la vieja y a pesar de ello se siente sola. La vieja casa, con dos mujeres que a su modo son ancianas, tiene voz propia. Piensa que debe ser como la de la radio, de caverna, de hogar frío y desangelado; pero a la postre, el único que conocen.
En su dormitorio la vieja tose secamente y escupe en la bacinilla. Sobre ella pende un crucifijo de madera y bronce con los brazos muy largos y muy rectos. Parece un Cristo aficionado que no sufre como debiera; pero la vieja reza a éste y a cualquiera. Tanto da. Para ella la religión es un trocar, tú me concedes y yo te doy. Estamos en paz, es lo justo. Y no se hable más que es tiempo perdido.
La niña bebe agua del grifo en un vaso de cristal ámbar. Lo hace con ansia y hace ruido al tragar. Tiene la sequedad de las digestiones pesadas, pero piensa que no ha comido tanto y no debe ser eso. Afuera, las nubes oscurecen por un momento las losetas de terrazo del suelo. La vieja respira fuerte haciendo ruido y la niña sabe que ya duerme. Se acerca a mirar y cierra la puerta del dormitorio, que tenía abierta. La niña se deja luego caer en uno de los sofás de tela verde del cuartito de estar, frente a un viejo aparato de televisión que permanece apagado por siempre, pues está roto y a nadie se le da un carajo arreglarlo. La habitación es pequeña pero tiene un algo de acogedora y amable, huele un poco a alcanfor y a dulce de membrillo. El gran cuadro de una campiña que quiere ser inglesa preside la pared empapelada de florones verdinegros. La niña mira hacia la puerta abierta al pasillo y piensa que tiene frío. Se acerca a la estufa de butano, saca una cerilla de la caja que reposa encima y la enciende. El olor a gas le llena la nariz mientras contempla el fogonazo sordo y como de broma que siendo muy azul levanta destellos naranjas. Siente el calor y se retira de nuevo al sillón. Pronto tendrá mucho más, es lo malo del butano.
De pronto, el timbrazo del teléfono de pared la asusta y da un bote para descolgarlo. No quiere que la vieja se despierte. Sabe quién llama, pero aun así pregunta:
- ¿Quién es? - Alarga el cable y se sienta en el brazo de un sillón de orejas próximo.
- Avelina, soy Eusebio.- La voz suena menos habitual, algo aguda y lejana, como de una persona desconocida. - ¿Qué tal estás?
- Bien, ¿Y tú?
- Tirando. - Hace un silencio- No creo que me den el trabajo que te dije. - La niña calla y juega con el cordón color crema, enrollándoselo en un dedo. - Por lo demás, bien. - Hace una pausa más teatral que necesaria. - El domingo que viene conoceré a los padres de Isabel. Me han invitado a comer.
-Ya- La niña no sabe si debe alegrarse y va a decir algo más, pero el hermano al seguir la ayuda sin querer.
- La abuela, ¿sigue sin ganas de verme?
- Sí, eso no creo que cambie. - El hombre suspira. Bajo su voz se escuchan ruidos de tráfico y una televisión, pero todo un poco apagado, como con sordina. La niña, no sabe el motivo, hace rato que mira sobre la mesa del fondo el retrato de la comunión del hermano. Con traje de marinerito. Es una fotografía un poco cargante y él está ridículo.
- Me gustaría que la conocieseis. - La niña calla. - Sobre todo tú; te gustaría. La Isa, quiero decir.
La niña, cuando habla, tiene los ojos como de terciopelo y al mirar parece que se excusase de hacerlo tan fijo. La mano ya no juega con el teléfono y se entretiene en colocar bien plisadas las tablas de la falda sobre sus muslos. Tiene algo, además, entre las muelas y hace girar nerviosamente la lengua para extraerlo. Al fin, lo traga, pero han pasado unos segundos. El hombre, que no sabe nada de todo esto, se impacienta por sus cosas. De repente, lo suelta de improviso, como cada vez.
- Avelina, vente a vivir conmigo. Sabes que puedes hacerlo cuando quieras. No me gusta que estés todo el día encerrada en esa casa que... - La niña le corta, pero dulcemente, como el topetazo de un niño chico que no jugase de veras.
- Déjalo, Eusebio. No dejaré sola a la abuela. No puedo.
- No te lo agradece. - El hombre se arrepiente un poco de haber dicho eso, inmediatamente después de hacerlo. Pero la niña no lo sabe y explica, como siempre también:
- A su modo, sí. - Callan ambos esta vez.
- Te vas a consumir en ese poblacho. Sabes que me gustaría que estuvieses con nosotros
- Lo sé. - La niña parece menos niña por momentos. Algo en su frente y en su mentón se crispa dándola un aire adusto que le favorece con la serenidad fingida de las heroínas de los cuadernos de cordel. Es, en la infinitud del segundo, todas las mujeres que se niegan a sí, por los otros. Es la madre coraje, su cicatriz, su caricatura, pero con su esencia, vívida y entera.
- Te seguiré llamando hasta que cambies de opinión. - Por primera vez, ambos sonríen respirando por la nariz con ruido. Es sólo un golpe, pero así es la felicidad en el fondo, como un soplido. La niña lo sabe desde hace mucho.
- Si puedes, saluda a la abuela. - El hombre habla un poco atropellado. Quiere despedirse con este pequeño buen sabor. La niña también.
- Lo haré.
- Te mandaré dinero. - Sabe que es algo que no puede permitirse, pero lo dice de todos modos.
- No hace falta. - Miente sin gran vehemencia.
- Lo haré de todas maneras, para que te compres algo. - La niña calla. - Un beso, Avelina. - El hombre parece emocionado; la niña lo está un poco, pero se le nota menos.
- Otro para ti. - Un momento de lapso. - Y suerte con sus padres. - Lo último él ya no lo puede oír. Ha colgado antes y sólo contesta el sonido de metal que irrita por agudo y tonto.
La niña cuelga morosamente, como si le costase o no quisiera hacer ruido. Se incorpora despacio y va a la cocina. Acaba de recordar que los platos siguen en el fregadero. Antes de nada, vuelve y apaga la estufa. Hace mucho calor en la habitación, pero no se ha dado cuenta hasta ahora. Regresa a la cocina remangándose las mangas de la blusa. Busca el estropajo en la despensa. El sol tibio se filtra por la rejilla diminuta y colorea los periódicos amarillos donde reposan manzanas de olor dulzón, latas de espárragos blancos y cestos de mimbre llenos de tomates verdes para ensalada. A la niña se le aclaran los ojos al pensar en su hermano, tan lejos, y se siente un poco boba. Al fin y al cabo, solo es un día más.

martes, 11 de octubre de 2005

Antecedente XII (Tesela)

El faro de la razón,
solícito, impertinente,
nos guía sin requerirlo.

La lucidez que despereza
nos duele con estruendo de guadaña,
con el brillo de cien soles derrumbados sobre espejos.

Y al tiempo, el destello que alumbra, ciega
La luz que nos ilumina, nos extravía.

martes, 27 de septiembre de 2005

Con un tiro en la sien

Amanece sobre las autopistas.
Soles naranjas como en San Andreas.
Resbalamos felices sobre la nieve artificial.
Rehacemos el mismo camino.
Como siempre, como cada mañana,
anudamos los lazos de nuestras corbatas,
apretamos los cuellos,
abrillantamos los gemelos,
tarareamos la tabla del siete,
hollamos las mismas huellas.

Caminamos con un tiro en la sien.

La sangre hace tiempo que no mana.
Como nuevo doctor peste enmascarado,
a fuerza de no verte, ni olerte, ni sentirte, olvidé tu presencia
y ya solo voy apretadito con los otros muertos.

Todos con el rostro borrado a balazos.
Arrastrando el frío de las ausencias y las fatigas.
Fatigas que ya ni siquiera siento a fuerza de fingirlas.

lunes, 26 de septiembre de 2005

Antecedente XI (Tesela)

Pensando en el humo que no fue llama
recordamos palabras abatidas y a la deriva,
los licores tristes, los cuartos fríos.
Estamos casi siempre ausentes
aunque no se note en nuestra expresión.

lunes, 12 de septiembre de 2005

Antecedente X (Tesela)

Reconozco, al menos por mi parte, que duelen las distancias
que asumir sus muros, sus fronteras, sus portazgos es gangrena suave.
Pero en la resaca, mis ojos aún garrean en los tuyos,
hundidos en la bruma de algo que no esperé nunca jamás fuese mi herencia.
Al fin, sin amarres en el fango de los días nos perdemos mutuamente
sin orinques fluorados que nos guíen y absuelvan por atajos de fortuna clara.

miércoles, 7 de septiembre de 2005

Antecedente IX (Tesela)

Te mostraré los túmulos donde yacen descarnados besos nonatos de labios mercenarios.

Diseminaré tus falsas pestañas sobre suelos losados de espanto.

Pero no rozaré ya tus dedos de antaño con mis uñas envilecidas,
ni susurraré más a tu piel espantada de otras vidas.

miércoles, 10 de agosto de 2005

Antecedente VIII (Tesela)

El espectro, ese fantasma cariñoso que pende desvaído del escote de tu blusa, es incorpóreo como un guiño neblinoso.
Tiene seda engarzada, manos, luces, caricias asustadas.
Es el sentido de lo que fue y se resiste a no ser.
Son posibles pasados que sepultos y no natos, agonizan.

La sombra, matiz de lo corpóreo, se asemeja en lo sutil a las caricias que se dan sentidas en pasado.
El tiempo nos aleja del cuerpo que consintió en provocarlas.
Es, en cierto modo, remedo de la vida que fluye.
De la vida que se aleja.

lunes, 1 de agosto de 2005

No estoy nunca solo

Cuando puedo, es decir casi nunca, ando despacio, morosamente por las aceras de las calles de la gran ciudad. En esos raros momentos voy alegre, despreocupado, tropezando con objetos y personas que los demás no ven y a lo mejor por eso no tienen necesidad de tropezar. Es normal por otra parte, porque vengo de un paisaje que esconde mares entre tesos y cereales. Tampoco se ven sin cierto esfuerzo. Y eso, créanme, genera hábito.
Cruzo como digo por entre los cuerpos de los que en el pasado ocuparon el mismo espacio que en cada paso ocupo yo en ese presente bullicioso. Los percibo y, al entremeterme entre su esencia, no me canso de pedirles disculpas y saludarles afablemente. A veces son personas, otras son simplemente cosas, muros, enseres, habitaciones... Procuro andar con suavidad para no ocupar demasiado espacio. Para que ellos también lo tengan sencillo y no tengan que circundarme y lleguen tarde a sus obligaciones de espectros. Que también tendrán digo yo.
Los que vengan transitando tras de mí, en un futuro tal vez no tengan mis problemas. La señora ceñida en carnes que viene a mi estela, por ejemplo, con su carro de la compra abarloado, perfectamente ajena a mis sombras, ignora el motivo por el que camino inclinando cortésmente la cabeza, a un lado y a otro, como si quisiera saludar a todos los adoquines de la calle. Me compadece. Y no tiene motivo porque son mis vecinos de la memoria a los que solo vemos los interesados, los que andamos ensimismados y amables agitando manos y cimbreando cabezas.
Y así voy tan a gusto, se me va pasando el tiempo. Y no estoy nunca solo.

viernes, 15 de julio de 2005

Antecedente VII (Tesela)

Desde tu saliva a mi sangre voy derramando cristales de sal al paso del viento y hay melodías a golpes de notas y fonemas con pies barbados y enjutos llenando venas integradas en nuevos códigos de seguridad que se reinician en bucles a mansalva hasta morir de celos de luz de luna de realidades fétidas entre intersticios y huecos de aire demudados por tu imponente presencia soberana y diosa de la muerte recobrada

lunes, 11 de julio de 2005

Los sueños son mis cadenas

¿Qué mundo es éste, que circo, qué manicomio, qué lugar absurdo para utopías?
Dame un beso mientras, aquí, en la palma de la mano zurda, para conservarlo intacto con el pulso acelerado. Envíame si te acuerdas aquel último recuerdo que retuve fugaz ya de madrugada. Algo tenía sentido al menos en aquellos instantes de ingenuidad y fé desangelada. Algo, de vez en cuando, nos golpeaba con violencia y nos despertaba. Había novedades personales, mundos nuevos, camisas de estreno, domingos de ramos a diario, de aquellos en los que si no estrenabas perdías las manos.
¿Qué mundo es éste, qué circo, qué manicomio, qué absurdo lugar para utopías?
La realidad que observo está llena de mentiras tan bien hilvanadas, tan convincentes, tan bellamente urdidas que enamoran. Venden paraísos de nuestras infancias y regalan tarjetas de puntos para comprar cafeteras o noches de desolación y huida en cadenas hoteleras. No puedo controlarme y creo en ellas aún cuando sé que tienen dentro carne putrefacta. A veces, cierro los ojos. Prefiero en esos momentos tan sólo el perfume elemental de mi yo simple. Pero la realidad se impone.
En la mesa de al lado, mientras, un respetable médico que conozco vagamente de tomar café, se siente irremediablemente atraído por una camarera malhablada. Cosas parecidas han pasado siempre. No es menos cierto que las niñas bien ya no se van de casa con extremistas a los diecisiete. Nadie recuerda demasiado a la banda de Baader, ni a los aschram de Calcuta. En las esquinas las gentes se fuman tratados de psiquiatría y bachilleratos por correspondencia mezclados con chinas que están sobradas para hacer trompetas. En los juicios populares desaparecen las pruebas, ex-alumnos de colegios de curas se van de putas para poder hablar con alguien y hasta el brazo de la santa dicen que es corrupto.
¿Qué mundo es éste, qué circo, qué manicomio, qué lugar para utopías?
Entre los besos de los amantes se extiende el ácido de los días del mañana. Los niños juegan con casas de muñecas bañadas en sangre, bandas de simples vagan por las calles armados con pistolas y con necedades y se nos pide que respetemos el discurso.
¡¡ No me fastidies con tus grandes ideas!! No las quiero; están bien para llenar tardes de tertulia, pero la vida está fuera, entre las bocas de metro y los perros en los parques.
Para colmo solo me dais a cambio desengaño y espejismos. Todo es ya simulacro, todo muerte fingida. Todo es broma.
Pero, ¿qué clase de mundo es éste, qué circo de incongruencias, en qué extraña atracción estamos y a quién demonios divertimos?
Los niños miran monitores de vídeo, cuando las comadronas les palmean las nalgas como se hacía miles de años antes. Es toda la similitud. Si pudiesen enfocar la mirada verían plástico y metal frío y volverían al interior de su madre. No me cabe duda.
Las utopías son césped diamantino que debemos segar al avanzar por la senda de los días. Tumba de cuero endurecido que nos crece entre las piernas, que deviene en lombriz con hambruna y arrastra el desplome, la negrura. A poco que se la deje.

martes, 5 de julio de 2005

Grietas en nuestras democracias

Tenemos, nos hemos dotado, disfrutamos, soportamos, todo al tiempo, uno de los sistemas políticos más perfectos de cuantos la humanidad a ensayado con mayor o menor acierto. Lo digo sin ninguna ironía, aunque pudiera parecerlo.
Las democracias occidentales y las que no lo son, parecen encumbrarse en el fin de la historia política, cuando pocas cosas nos demuestra la historia, sea política o no, de manera más certera, es que nada finaliza, que cuando todo parece estar inventado, algo se trastoca, se modifica y al menos una parte cambia y la historia, precisamente por ello, continúa.
Parece conveniente por lo dicho, suponer que nuestros actuales modos de gobierno serán superados y adecuado, por tanto, hacerse una serie de preguntas en dicha línea de reflexión: ¿Hacia donde caminarán nuestras democracias? ¿Tienen fallas, evicciones nuestros sistemas? ¿Cuáles son las áreas de mejora que debemos ensayar? ¿Hay que operar a corazón abierto o bastan cataplasmas?
Confieso que este es uno de los temas en los cuales llevo reflexionando largo tiempo y a mi juicio, hay una serie de grietas graves que deberemos ir paliando si aspiramos a continuar disfrutando de verdaderas y saludables democracias. Comparto estas reflexiones a modo de puntos con vosotros en la esperanza de aprender y reflexionar juntos.


· Cuanto más local, más nacionalista, que no nacional, se transforman nuestros sistemas, más menguada es la búsqueda del interés general, del bien común que ya de manido resulta difícil hasta de identificar. El supuesto progreso democrático transforma los parlamentos en una pugna de representantes locales que llegan con sus diferentes y muchas veces incompatibles mandatos individuales que deben cumplir. El fin es llevar el botín de vuelta a casa, siendo esta, por otra parte, la que fuera.

· La igualdad y el igualitarismo de la valía de las opiniones emitidas se establece por decreto, de manera denotativa, sin discusiones.

· La política y el ejercicio de la misma, se ha convertido en algo emotivo, dejando la racionalidad como algo frío, inhumano y superable. Esta absurda contraposición entre el “pathos” y el “logos” se produce de manera sistemática y me temo que en muchas ocasiones, interesada.

· El personalismo del líder, sin ser algo novedoso, se sublima dejando en menor lugar otros valores. Es el carisma como moneda de pago llevado a sus últimas consecuencias.

· El partido necesario para alcanzar el poder es más “ligero” que hace unas décadas, con menos necesidad de infraestructura, pero necesariamente aupado en el control de los medios de comunicación. Tenemos en el caso de la democracia italiana un ejemplo muy cercano y palmario.

· Existe una dependencia malsana del sondeo. Y este modo de recoger información, es débil e influenciable en la propia manera de realizar las propias encuestas.

· En nuestras democracias existe el principio de que el conocimiento que llega por vía televisada es democrático y progresista. El resto es elitista. Y es este un término proscrito.

· Nuestros sistemas políticos se basan en el principio de la información (noción) como máximo valor necesario para la toma de decisión y no en el conocimiento.

· La protesta gracias a la amplificación sentimental televisada de la que hablábamos antes es siempre, en sí misma, protagonista y valorada, aún cuando no sea verdadera o simplemente sincera. La protesta existe porque hay siempre una injusticia cierta a la que enfrentarse. Sin discusión. La tesis que ha provocado la hipótesis es siempre real y justa. Lo cual es, intelectualmente, una simpleza.

· En nuestros sistemas democráticos las imágenes siempre aparecen descontextualizadas. Lo cual es fruto simplemente del culto a la imagen en el que nadamos.

· La política televisada que sustenta los principios democráticos priman las fuertes personalidades y los discursos ambiguos.

· La videopolítica favorece el localismo en la medida que son unidades aprensibles por los medios y útiles en su usufructo.

· Nuestros sistemas confunden habitualmente los principios de titularidad del poder (que reside racionalmente en el “demos”) con ejercicio del mismo. Alagar los oídos de los votantes no cambia la realidad de las cosas.

· El incremento del poder directo en las democracias, tan cacareado de un tiempo a esta parte, debe ir acompañado de un incremento en el grado de información y adiestramiento político. Sin lo segundo, lo primero no será más que un dirigismo interesado.

· El concepto democracia, como máximo valor y exponente de la humanidad se lleva a todos los aspectos del hombre. Es lo que habitualmente denomino excesos del concepto democracia ¿Se debe pilotar de modo democrático un avión de línea? ¿Y una orquesta sinfónica?

· Las minorías son aplastadas de manera sistemática hasta el momento en que se convierten en llave numérica para otorgar poder, en que comienzan a ejercer la tiranía de las minorías necesarias.

· En nuestros video sistemas políticos solo se libran del adoctrinamiento televisado las minorías que estando muy arriba de la pirámide económica pueden acudir a otros entretenimientos generalmente más caros o las que están muy abajo que no pueden acceder siquiera a la televisión. Ambas tienden a desaparecer.

· Las grandes disminuciones en los índices de pobreza de las naciones occidentales y el fuerte incremento en la alfabetización, no ha traído parejo grandes cambios en los problemas derivados del uso del sufragio universal que eran los argumentos que se contraponían a finales del siglo diecinueve. La educación política sigue siendo, nuevamente, un déficit cultural grave.

· Debemos distinguir entre los que están simplemente informados de asuntos políticos (pocos) y los que son cognitivamente competentes para resolver problemas políticos (menos aún). La existencia de elites se admite sin complejos en las prácticas deportivas, pero avergüenzan en otros aspectos sociales, como por ejemplo éste.

· En ausencia de referencias estables, de una visión coherente y sólida del mundo, las creencias de lo irracional se expanden sencillamente porque no tienen nada que se les oponga. Es una de las plagas de la postmodernidad, que deja el camino fértil para los charlatanes. Por cierto, ahora tenemos muchos de las realidades supuestamente digitales. Tienden a la necedad con elevado peso atómico.

· Se priman aquellas acciones políticas con elevado rédito electoral y marco temporal circunscrito a la legislatura. ¿Y los cambios que necesitan décadas para realizarse? Tan solo se pueden llevar a cabo mediante pactos de estado y frecuentemente no se realizan. Nuevamente nuestra propia política nacional nos brinda ejemplos rápida y fácilmente.

· La teoría política nos alecciona de que el elector tiende a la miopía. Políticas restrictivas a inicio de legislatura y las expansivas y socialmente usufructuables, próximas a la nueva convocatoria de elecciones. Simple y eficaz. Se lleva casi un siglo practicándolo en todo el planeta. Con notable éxito.

· Las televisiones desactivan las capacidades de abstracción y con ello, la capacidad de comprender y afrontar racionalmente problemas. ¿De que trata el ejercicio político si no es comprender y afrontar racionalmente los problemas de la cosa pública?

· En línea con lo anterior, la información y la educación política están en manos de las televisiones. Lejos de caminar hacia la utopía de una democracia directa, el pueblo se encuentra “dirigido” y condicionado por los medios. No es apocalíptico, es simplemente constatación de la realidad del modo más desapasionado del que soy capaz.

· Ya en 1985, Neil Postman hablaba de una tecnocracia convertida en totalitaria que plasmaba todo y a todos en su imagen y semejanza. Gobernar para una uniformidad es más sencillo que para una multiplicidad, del mismo modo que es más sencillo realizar películas o producir discos para un público educado que para uno liberado de los corsés de la educación. Entendida la educación como adoctrinamiento interesado.

· La nueva realidad permuta racionalidad por libertad, realidad por percepción. Lo correcto y progresista es la libertad, valga para lo que valga. Leibniz definía la libertad como una espontaneidad inteligente. Si eliminamos el adjetivo, ¿qué nos diferencia de la libertad del mundo animal?




Para saber más:

Sartori, Giovanni - Homo videns. La sociedad teledirigida
Ed. Suma de Letras, 2005 (Ed. Santillana, 1997)

Wellmer, Albrecht - Sobre la dialéctica de modernidad y postmodernidad
Visor distribuciones, 1993

Bueno, Gustavo - Telebasura y democracia
Ed. Suma de Letras, 2003

Baudrillard, Jean - A la sombra de las mayorías silenciosas
Ed. Kairos, 1978

Habermas, Jürgen - Historia y crítica de la opinión pública
Ed. Gustavo Gili, 1982 (1971)

Ionescu, Ghita - The impact of the information revolution on parliamentary sovereignties
www2.hu-berlin.de/gesint/wlit/VERFASSE/K1-00551.HTM

Jaeger, Werner - Los ideales de la cultura griega
Ed. FCE 1990 (1946)

Holton, Robert J. - Some myths about globalization
http://www.unisanet.unisa.edu.au/herdsa97/holton.htm

miércoles, 29 de junio de 2005

Aunque lo seáis

Aunque seáis renegados,
mandadme pétalos secos con el recado.
No me importará que tengáis los ojos momificados
y en ellos crezca libre el musgo de vuestro silencio.

Aunque ya no os reste más que preguntas
mandadme bolsas repletas con promesas sin destino.
Las forzaremos a florecer sobre los quicios de las puertas,
tras las ventanas cerradas por lutos ciertos,
junto a los pasteles tristes en días de fiesta,
en los corredores largos y en los armarios ciegos,
durante los domingos amargos,
en los cuadernos famélicos,
dentro de todos nuestros hambrientos corazones ahítos.

martes, 28 de junio de 2005

Generalidad VI

No todas las opiniones valen lo mismo.
Defiendo la posibilidad de poder airearlas libremente. De ningún modo el hecho de que, una vez expresadas, tengan todas ellas la misma inteligencia, valía o simple oportunidad.
Es de perogrullo, pero no está de más recordarlo.

miércoles, 22 de junio de 2005

Antecedente VI (La memoria de los inicios)

Hay ocasiones, cíclicas, pero afortunadamente no demasiado continuadas eso sí, de lo contrario empezaría a preocuparme, en las que trato de recordar el momento impreciso y probablemente inexistente como tal momento concreto en el que este veneno, esta tenia compartida por miríadas, de emborronar papel con mayor o menor acierto comenzó a recorrerme los intestinos.
Suelo arribar generalmente a vaguedades parecidas, a momentos igualmente lejanos y como diría mi tocayo Sánchez Dragó (hace mucho que no se lo escucho, pero antes era coletilla habitual) mistéricos, “palabro” curioso que tiene un no se qué de impreciso y oriental, a lo película “indochina” o mejor aún, a lo último emperador que es como más superproducción.
Aparecen, como digo en mis recuerdos, diversas voces, múltiples ecos, ejerciendo presiones similares, pero sin sobresalir las unas sobre las otras. Y no sé porqué me parece que a la mayoría de los infectados nos sucede o bien lo mismo o cosa parecida.
Aparece mi madre, obviedad tal vez, pero no por ello menos recuerdo debido y en mi caso, absolutamente cierto y necesario. Maestra particular y nodriza, quizás no de la escritura como tal, pero sí de las lecturas primeras, causahabientes de aquellas estas.
Surge luego, algo más desdibujada, hace más de una década que no la veo, la señorita Amparo, modelo de docente de infantes, entregada a cada nueva generación de niños con un amor intacto, íntegro, tal vez sustituto y vicario de los que ella misma no tuvo nunca.
La veo delgada, de sonrisa delicada, de trato amable. Incrementó mi vocabulario, mi mundo y mi modo de verlo y de atraparlo al modo de Wittgenstein (¿verdad Gonzalo? En esto tendrías mucho que aportarnos) La recuerdo preocupada y preocupando a la vez a mi pobre madre con mi aparente desorientada evolución en años posteriores de adolescencia. Tiene gracia, yo que de puro pavo, aburrí casi siempre a los adelantados de mi quinta. Bueno, tiene gracia al verlo ahora con una cierta lejanía. En su momento no tenía ninguna. Supongo que le alegraría conocer el desenlace no del todo desafortunado de su celo. Mi madre no, porque lo tiene delante, la verdad.
Aparece don Fidel (otro diferente, no el que acapara el nombre con su personalidad estentórea y formidable desde la vieja española). El otro don Fidel, el mío, con su don tan integrante del nombre en mi memoria como el señorita en el caso de Amparo.
Le recuerdo estimulando, haciendo crecer las ganas de leer, que ya no eran primerizas a eso de los trece, y el tímido amago de la escritura esbozada en aquellas redacciones de “para mañana cien palabras sobre...”, el no hacerlo excesivamente mal, el aliento a mejorar, el constatar que tal vez era algo para lo que valía, algo que me daba algo respeto, algo de admiración y notoriedad. Tan necesaria a esa edad como la capacidad que tenía para falsificar para los demás las notas de los exámenes de física. ¿Qué ganaba yo en ese mejunje? Lo mismo, destacar un poco del magma mediocre. Es tan difícil ser adolescente, verdad.
El pobre don Fidel tenía una peculiaridad lastrante que aún hoy recuerdo. Arrastraba entre la chavalada mefítica el estigma de un divorcio, que los más enterados (los que conocían ya el sentido privado que tenía llamar a las teresianas lefosas. Confieso que yo no entendía nada de nada, pero sonreía cómplice como el que más) decían deberse a que su mujer se la pegaba con otra. Nada más terrible con catorce años. Cornudo y sustituido por una hembra en las obligaciones del macho, que la verdad no sabíamos con certeza cuales eran, pero debían ser fundamentalmente contrarias a las de las hembras. Faltaría más.
Espero sinceramente que nunca haya llegado a ser consciente de estas manifestaciones de crueldad elemental de aquella banda de imberbes a los que el pobre hombre trataba de desbastar no siempre con éxito.
Recuerdo también al Pof, don Pedro Ozaya Fuentes, otro de mis inefables hermanos lasalianos. Aparecen nítidos sus modales suaves, su paciencia infinita. Desde el acantilado del tiempo le veo como un antecedente del Malkovich desdeñoso que descubriría años después, pero éste real y con babero. ¿O nunca llevó babero el Pof? ¿Mezclaré las fotos de las promociones de los pasillos con mis propios recuerdos? Tal vez me pase un poco como al protagonista de la última novela de Umberto Eco. Tal vez nos pase a todos.
Recuerdo comenzar a leer por aquella época con algo de desmesura y un poco desmañadamente. Debía de andar por la quincena. Me veo tirado en la cama de colchón de lana que tenía en casa de mi abuela aquel verano, leyendo la Iliada y el Ivanhoe. Con la misma pasión, con la misma necesidad de héroes, de paladines, de admiración entronizada, de ideas sencillas.
Recuerdo, como muy próximo a aquellos días, aprender, no se bien como, que las mujeres, que ya me empezaban a gustar, amaban la risa, la suya por supuesto, la inteligencia, en este caso la de los demás, y la sensibilidad que no la blandura. Información harto valiosa para un adolescente granujiento. Atisbé que la poesía podría ser buena arma de conquista, buena escala para lienzos menos pétreos, magnífica y vieja torre de asalto para nuevos bastiones personales. El camino era cierto, ¿pero donde nacía el cauce de la belleza, de la magnificencia? ¿Dónde se podía llenar los cantaros de ese agua fresca?
No fui obviamente el primero, ni seré espero el último de la nobiliaria estirpe de falsarios y fulleros de la belleza. Transcribí, pues como supondréis, con literalidad de copista a Bécquer, a Salinas, a Darío y a tantos que ya ni recuerdo. Confiaba en el más pobre conocimiento de estor gigantes de la palabra por parte de mis tiernas e, y perdónenme por ello las eróticas musas, incultas amadas. Y así era. Para colmo, la cosa solía dar resultado, lo confieso. Las nuevas y anunciadas jerusalenes terminaban cediendo al arrullo de las trompetas prestadas que la presunción y la curiosidad vital conseguían hacer propias. Yo tan solo debía detener con suavidad interesada su caída. Confieso en mi descargo que en aquellos días no sabía ni bien ni mal que hacer con aquello que tenía en los brazos. Escapaban tan inermes como llegaban. E imagino que doblemente desilusionadas. Pero eran tiempos en los que pecaba de tal modo en la bisoñez y en el cucharismo que no se podía esperar cosa alguna que a ninguno aprovechase.
Pero acaba de descubrir el poder, la fascinación de la palabra escrita.
Comenzaron los primeros textos originales de los que creo guardar memoria a mis dieciséis. Hará por tanto un par de décadas que puedo decir que escribo, o que trato de hacerlo lo mejor que soy capaz. Y lo digo sin falsa modestia porque reconozco sin pudor que leo textos pasados y me avergüenzo de muchos, realmente me pasa con la mayoría de lo que escribo. Pero, ¿quien no lo hace de nosotros? ¿Quién está libre de culpa? Escribir es casi siempre desnudarse y estamos educados en una tradición de pudores inconfesos.
Me inicié pues como tallista aprovechado del verso y alumno aventajado de la escolanía utilitarista. Usaba el verbo para llegar a donde no lo hacía la bolsa o el rostro. Siempre me fue razonablemente bien. Y no penséis mal. He usado este método conscientemente tres o cuatro veces en mi vida que pueda catalogarse de algo que no fuera onanismo de querubín y la última ocasión, para hostigar a mi recién y querida esposa. Siempre fui veraz. Siempre interesado. Ellas me entienden o al menos, así lo espero.
Pero avancemos, Acababa de cambiar de facultad, tras mi fracasado paso por las ingenierías, cuando contactó conmigo un compañero de aspecto enjuto y sobrio, que no sombrío. No recuerdo como supo de mi existencia y menos, como conocía que me gustaban estas bregas, pero entre las muchas virtudes de Gonzalo, pues de él se trataba, siempre figuraron el husmeo inteligente, la inquietud sagaz, el manoseo del catasalsas algo inconstante, pero siempre interesante. Estamos creando una tertulia o algo parecido me vino a decir. ¿Te apetece participar? Y por que no.
Tenía unos diecinueve años. Y empezamos a reunirnos los domingos a eso de las intempestivas horas de cuatro y media o cinco de la tarde. Creo que la primera vez que fui, ya llevaban un par de meses reuniéndose, no recuerdo el nombre del bar, pero le tengo en la retina, junto a la cervecería alemana Ángela en la calle del doctor Cazalla de Valladolid. No me digan que no tiene guasa el nombre de la callecita.
Y el círculo de contertulios era de todo menos aburrido. Recuerdo a Pablo, el mayor, el más adulto, el aspirante a líder un poco ninguneado; amante de la Callas y de Giulini, culto, amanerado y un tanto presuntuoso, pronto se aburrió de aquellos primerizos. Estaba también el médico, no recuerdo su nombre, ¿os acordáis? Es difícil ser más raro. Desapareció un buen día emplazándonos para cinco años después o cosa parecida. Estaba Ernesto, nuestro jurista que luego se convertiría en opositor sempiterno, también el inteligente y poliédrico César, que no escribía y era una pena, pero que tantos caminos musicales me descubrió. Gracias a él aprendí a amar a Mozart, pero también Böhm, Gould, a la Schwarzkpof, a Siepi, a Gardel. Siempre preferí su escuela a la de Pablo y ahí andamos aún prefiriendo el Mozart más germánico y rotundo. Gonzalo siempre fue (o debería decir era) Beethoveniano y se quedaba ante todo, con el solitario Fidelio, Siempre tuvo una visión más total del artista consciente un poco con el halo del romanticismo histórico. A lo Goethe para entendernos.
Pocas, muy pocas mujeres, ninguna duradera y casi mejor para lo que tuvimos (Chopin es taaaan exquisito. Y así, ya me diréis) Y tómese esto no como un atisbo machista sino como una constatación veraz de aquella realidad que cuento hoy tamizada por mi memoria. Pero conste que admito comentarios a lo dicho, como veis.
Conocí a Juan Carlos y a Félix, ambos envenenados por las tablas, ambos con sus grupos de teatro. Recuerdo a Félix con unos cinco o así años menos que la mayoría y con una maestría que siempre le envidié. Pensé en aquellos años que era el mejor de todos nosotros en aquella época y lo continúo haciendo.
Una pequeña confesión: He conocido en mi vida a dos casos de superdotados, uno fue el compañero de colegio que hoy es cirujano maxilofacial y que Gonzalo entremezclaba en las veras ficticias de uno de sus relatos y el otro era Félix, que insultaba sin querer nuestras pobres inteligencias con sus mil lecturas, su dramaturgia, su programación en assembler o en c, su red doméstica, cuando montar una red estaba al alcance de muy pocos y en fin, no sigo para no avergonzarle más, que para colmo es discreto y poco amigo de bullangas propias.
Estaba, como olvidarle, Fernando Gallego, el más sensato de todos nosotros, brillante, racional. Dotado en mayor medida si cabe con el don de la palabra oral que con la escrita. Todo un placer disponer de su criterio, de su opinión. La última vez que le vi sería hace cinco años con su mujer, casualmente en Sanabria, haciendo de turistas domingueros todos nosotros. Yo iba con Joaquín y la que ahora es su esposa, que no escribió nunca en los Cuadernos de Tertulia e hizo mal, porque es persona brillante y con mucho e inteligente caudal para aportar. Al menos nos diseño una de las primeras portadas, homenaje a Quevedo. No sé si os acordareis.
Se me olvidaba el detalle, Fernando ha regresado de las nieblas de los días transmutado en Caque, probable sobrenombre más real y familiar para sí mismo, pero alter ego para mí al menos.
Recuerdo al amigo Burón alias Byron (¿os acordáis de aquellos dos números que terminamos sacando el nombrado Byron, Gonzalo y yo mismo?), que conversaciones de tardes de verano. Aquello parecían clases de pretecnología eligiendo los afiches y las decoraciones algo naifs y pretenciosas que acompañaron a los textos.
Recuerdo ahora a la novia del amigo Arija ¿es tu esposa hoy o ha pasado de todo en esta década que hace que no nos vemos? La recuerdo perfectamente porque amábamos por igual a Battiato. Ella tuvo la amabilidad de grabarme unas cintas con varios discos impublicados en España. Después es verdad que he comprado muchos cedés, algunos en la propia Italia, he visto conciertos en vivo y en dvds, pero jamás volví a tener ese momento de emoción como cuando llegué a casa con aquel tesoro regrabado (no estaban los tiempos para pagar cintas vírgenes) Un trozo de mi memoria para ella, aunque ahora no consiga recordar su nombre. Pero queda el perfume.
Estuve al lado de toda esta banda y muchos que me dejo, Polonio, Cívicos, ... pero excusareis que lo haga por aquello de la azarosidad de los recuerdos y la estética particular del guión. Salvedad hecha para Aurelio, ejemplo de que el exceso de conocimiento provoca inmovilidad así como un poco de infelicidad.
Estuve caminado a su lado como os digo durante más de siete años. Leímos juntos, aprendimos y crecimos al tiempo, creamos asociaciones civiles y universitarias, peleamos por subvenciones, editamos revistas, intercambiamos discos, aprendimos lo que cuesta hacer exposiciones en nuestra Castilla, grabamos extrañas jam sessions literarias, nos reunimos en decenas de bares, en centros cívicos, en las casas de nuestros padres, nos reímos mucho e imagino que en algunas ocasiones acabamos hasta las narices los unos de los otros.
Pero os confieso una cosa, jamás hicimos nada a la altura de la propia brillantez de las reuniones que resultaban felizmente brillantes. Si algo fuímos era grandes conversadores. Chicos raros, carne rancia para la máquina. Recuerdo una ocasión magnífica que grabé en cassette y he oído años después: Caque, Aurelio, Juan Carlos, Gonzalo y yo mismo. Recordad los aludidos, estábamos en el centro cívico que estaba junto a la plaza de España, no recuerdo su nombre, en el que Juan Carlos representó en otro momento. Oirlo es comprender porqué seguiamos juntos. Había poso sin duda.
Confieso, que en mi caso, al final la burocracia y el papeleo de la asociación y la revista me hastiaba. Imagino que a todos nos pasaría lo mismo. Entraron nuevos compañeros. Al principio me ilusionó el ver a otros continuar con algo que siempre esperamos hacer institucional en la Universidad de Valladolid y ser reconocidos como miembros fundadores y esas cosas que siempre agradan aunque se quiera aparentar cosa distinta, pero la realidad es que el salto generacional resultó palmario y en mi caso, mortalmente aburrido. Me aburría sobremanera redescubrir lo que ya había hecho diez años atrás. Comencé a avergonzarme de algo que hoy todavía de manera más acusada no puedo tolerar: el voluntarismo y las buenas intenciones como aportación fundamental, como activo único para sentarse como comensal con derecho a cuchillo y tenedor. Ya no era tiempo de promesas, creía llegado el momento de la realidad o el silencio, a poder ser fructífero.
En aquel momento la enfermedad de mi padre, mi marcha de la ciudad y todo lo demás, decidieron también por mí en parte una desaparición anunciada. Todo cuadró. Durante todo este tiempo al menos así ha sido.
Recuerdo una conversación con Félix en el puente frente a la escuela de ingenieros. No lo abandones nunca me dijo, lo de escribir, no sé si se acordará de aquello. Yo no he podido olvidar la respuesta. No podría, le dije. Más como reto a mi mismo que como certeza que por otro lado no podía tener, como en realidad no se tiene ninguna. Pero así ha sido.
Han pasado ocho años y muchas cosas han sucedido en el ínterin, es materia privada y se contarán en otros foros, frente a unos vasos si se tercia la ocasión. Hace unos pocos meses reaparecieron de las gusaneras del olvido algunos de mis viejos compañeros de velamen (¿faltarán más aún?) Gonzalo, Félix, Juan Carlos, el transustanciado Caque y otros remeros nuevos (Santi, Lidia) Algo tuvo que ver en ello el amigo Palacios. En eso como en su original y inesperado regalo de bodas, siempre le estaré agradecido. El me entiende, aunque no nos veamos demasiado. Demasiados buenos momentos le debo y le deberé.
¿Y en que andamos? O dicho de otra manera ¿Cómo seguimos con el argumento del que al parecer falta para poder bajar el telón? ¿Revista virtual, vaivén de blogs, plumas contra bits, adsl y mail de empresa?
Yo se lo explicaré o lo trataré al menos y además de manera muy concisa: Estamos en la búsqueda del libro perdido de san Agustín, seguimos buscando lo hermoso y lo conveniente, lo pulcro y lo apto. Y en ello andaremos unos años más, me temo.
Pasen y vean pues, el “Freak Show Literary Circus”. Con el permiso tácito de los Monthy, que no anda la cosa para demandas de propiedades contrariadas.

jueves, 9 de junio de 2005

Generalidad V

En la mayoría de las ocasiones nuestros actos se cimientan más en el temor punitivo que en la búsqueda de recompensas morales. Nos inclina pués de modo más feroz, más eficaz, la reprimenda que el premio, el temor que el amor. Así somos al parecer.
Nunca está de más recordar lo poco que de novedoso hay en este ser humano del infantil siglo veintiuno. Eso nos otorga perspectiva y serenidad, aunque es verdad que un algo de apego a la inactividad y otro algo de incredulidad. Pues bien, ya hace bastante tiempo, Hobbes sistematizó, en mi opinión magistralmente, algo que supongo que siempre se supo de modo tácito o intuitivo: Al hombre le inclinan hacia la paz el temor a la muerte, el deseo de las cosas necesarias para una vida confortable y la esperanza de obtenerlas mediante el trabajo. Un capítulo más en el sempiterno problema de la búsqueda de la felicidad.
Es curioso constatar como el propio filósofo, hastiado al parecer de puñaladas palaciegas y ya octogenario se entretuvo en escribir su autobiografía en dísticos latinos y en realizar unas traducciones de Homero al inglés que, dicen los entendidos, son magistrales. Tal vez, al final, descubriese de manera muy personal qué era lo que hacía feliz. Pero, ¿acaso la felicidad no es en su esencia algo eminentemente individual?

martes, 7 de junio de 2005

Solo bruma

Nada subsiste dicen, al cabo, más que el disgusto, el hartazgo, el desagrado que abotarga las existencias cansadas. Aún hoy para mí, afortunadamente, hay movimientos de cadera, melodías, cargas estáticas, señas y sabores que me enervan y me alejan del yo que permanece embobado frente a los monitores y paga impuestos con exactitud suiza y temor mesetario.
Pero ahora permitidme, un instante de silencio para los eternos terceros en desgracia, a los que venden árnica para las heridas como vino en fiesta grande, a los que piensan con Nasón que estamos en la auténtica edad de oro porque todo se compra y se vende a su arbitrio. A ellos todos, nuestro afecto enlatado y nuestra caricia solidaria y fácil. Viaje por tanto nuestro homenaje en clase “business” para que llegue descansada y fértil al rendimiento.
Yo cierro los párpados pensando en vosotros, bien despierto por otra parte y me parece que los días pasan con una premura digna de mejores empeños y que detesto porque me aleja con fuerza de ciclón de lo que me ama, que no de lo que amo, que también me huye pero en contrario sentido.
Y todo ello, os confieso, me apena porque ya desde mi cercana, pero recién extinta juventud, me creía bien pocas cosas. ¿Nada existe realmente con certeza y violencia luminosa? ¿No tendré la fortuna de caer cegado del caballo? ¿Qué nos pondremos hoy para salir de alterne intelectual y no ir en cueros vivos? ¿El nadismo del ninguneado Unamuno? ¿El nihilismo constructivista? ¿El pasotismo ilustrado en el que crecí, embotado de conocimientos sin arquitectura ni finalidad?
En este solipsismo tan “cool” y manipulado solo veo guiños, algún símbolo que se desdibuja al acercarme, alguna frase que permite el rastro inteligente unos segundos.
Luego todo se borra y no deja nada. Solo bruma, bruma universal.

martes, 31 de mayo de 2005

Antecedente V

Cuando te sorbía en aquellos ya lejanos días, sabías a humo y a sal de algas, quizás incluso al acercarme si me fijaba atentamente, a juegos de niños, ruidosos y turbulentos. Y el regusto en mis labios, al cabo de un tiempo, era acre y me recordaba el sabor de los botones de carey de la americana de mi abuelo que abandonaba en la butaca del vestíbulo cuando nos visitaba.
Cuando miro desde la atalaya del presente el extraño cristal del que estaban fabricadas tus excusas percibo un resplandor otoñal un poco desvaído y cursi. Te rozo desde la niebla, amable y áspero abedul y un estertor recorre arriba y abajo, arriba y abajo, mi espalda. Te reflexiono en voluta de opio los domingos por la tarde y las fiestas de guardar, droga estanca que es hoy mi único poso.
Eres perforación en mi vida, aún no decidí si dolorosa, algo incómoda, pero siempre catalizadora y especiada. Enarbolando en soledad cordilleras inalcanzables del espíritu como otros lo hacen con calzones de firma. Tanta diferencia. Tanta dificultad. ¿Que nos resta?

martes, 24 de mayo de 2005

Generalidad IV

Mantenerse de manera continua en la realidad y en la coherencia del momento es una de las tareas más difíciles a la que podemos someternos.

Antecedente IV (La noche)

Al término, el hombre abraza a la muchacha con el despego que otorga lo reiterado, lo conocido. El gozo de ver a través de los dedos se ha reiterado en tantas ocasiones que ya no aporta nada sustancial. Finalmente apaga la luz y se amodorra despreocupadamente en el sillón de la noche, en el plumón de la oscuridad, reclinado brazos y pecho y cabeza en el oscilante bamboleo autónomo que es el sueño.
Más tarde, la luz de la mañana entrará a través de las cortinas de algodón y despertará a aquellos que hacían de la oscuridad cobijo. Serán en ese momento conscientes de sus imperfecciones, del paulatino alejamiento de cánones morales y físicos. Sentirán pudor, un pudor infantil que se avergonzaran en reconocer. Distraídamente el hombre se levantará esperando que ella duerma aún o al menos tenga los ojos cerrados. Bajará la persiana buscando crear una noche artificial. Pensará y sonreirá al hacerlo, que podría haber evitado el pequeño drama, si ella compartiera su miopía. Pero la vista de la muchacha será tan clara como sus ojos.

lunes, 23 de mayo de 2005

Desesperanza anónima, extremo consuelo

Sobre la pequeñez sórdida de la ventana, gastado más por los años que por el agua de lluvia, hay un viejo anuncio holandés de tabaco de pipa. Está literalmente pegado, formando una unidad indisoluble, un nuevo objeto en este microcosmos caribeño. El cristal parece estar tan sucio como el resto de la habitación. Al pensar en ello, agradezco que no puedas recriminármelo. De cualquier modo y a mi pesar, acodado en la mesa, miro el exterior a su través esperando que llegue la hora del funeral. Espero y recuerdo. Recuerdo y escribo. No puedo evitarlo. No sé porqué lo hago. Y no sé porque lo hago para ti. Me ha parecido lo más natural. Empecé a escribir sin más. No veo por que no. Tampoco hay nada mejor que hacer aquí hasta que sea la hora de marchar.
El tiempo de la tarde ha transcurrido sosegadamente, a ritmo de buril. El sol de por allá, creo, era igual de huidizo y ladino; por las fechas imagino que ahora estará calentando el adobe de la casa de tus padres. Todo se desdibuja con los años y lo lamento. Aunque por otra parte, ya casi nada duele y eso es bueno.
Estabas guapa, flaca, la última vez que te vi. Si supieras cómo añoro la imagen de tu madre preparando aquella tarde las torrijas para la fiesta de la santa. Revolución o muerte, dicen acá, son otras religiones, otros santos patrones pero no es lo mismo.
Pensando en el incienso de la ermita he mirado hacia fuera y he visto a algunos turistas pasar prepotentes o lo que es peor, indiferentemente, sobre las colas de los ultramarinos callejeros. Ganas dan de repartir estopa. Pero no, casi nunca pasa nada, es este un pueblo de orgullo elegante y hasta incluso un poco distraído y no acusa los atropellos. También influye la policía, pero es otro tema.
No recuerdo si te hablé antes de Ciro, qué pavada, pues claro que no, nunca lo hicimos desde entonces y es imposible que le conozcas. Entre roncito y roncito le conocimos, al recalar desde Buenos Aires y nos hicimos grandes amigos. Gran persona este arquitecto metido a taxista y a buhonero y a músico ambulante por necesidad. Por pura hambre. Cuánta cultura desaprovechada. Un día, al cabo de los meses, fuimos a su pieza como invitados. El gesto de su madre ante los extraños, fue inmediato. Sacó del merito cajón de la vieja cómoda la única bombilla de la lámpara. Cómo no regalarle hasta el calzón el día que llegaba algo de plata de España (casi creí que lo ofendería, así de digna es esta hembra cobriza). Me gustaría que pudieras conocerles, pero, en fin.
En casa, por la fiesta de la santa, recuerdo que la limonada alegraba el estómago en espera de sensaciones más fuertes que solo podían pagar el boticario y los empingorotados de su cuadrilla; por acá venden el salpicón de langosta a dólar y medio; eso sin regatear, a precio de turista atontado. Y es más del salario de un mes. Si lo vieras.
No todo es malo, flaca. En las calles la atonía que otorga la pérdida moral y el calor del Caribe dan a estas vidas un componente de sexo que de purito vívido se diría se respira. Mulatas con cuerpo de debla y rostro áspero se cimbrean de un modo tan natural como los chopos de la ribera donde solíamos pasear. ¿Te acuerdas? (Vamos guapazo, yo te haré lo que no te hizo ella) A mis años. ¿Tú ves?
Acá todo huele a revolución, hasta la cerveza lleva el nombre de algún indio precolombino que ya debía ser revolucionario sin leer a Marx. Lo cierto es que opresión ha existido siempre, eso sí. Hoy veo negros de cuerpos atléticos (hay pocos gordos por las calles), que piden el ron con cola, acá es como el vino para ustedes, mesándose una barba inexistente y rebanando con el gesto del índice la nuez: Un cuba libre que dicen, pero esto ya lo sabrás, imagino.
Sería bella esta isla si las gentes pudiesen enfermar con medicinas y morir con ataúd. A pesar de ello es realmente muy hermosa, aunque parezca una contradicción. Me gustaría que pudieses ver tantas cosas, flaca. Los peces, por ejemplo, no se asustan de uno cuando se nada entre las rocas, sencillamente se apartan; viven y dejan vivir. Ah, si hubiéramos conocido antes esta filosofía, verdad, flaca. Y por otra parte todo es ilegal y ficticio: a poco que uno busque, encuentra reboticas y mercerías transformadas en bares con un cajón de madera que siempre parece el mismo al surgir inopinadamente bajo el mostrador. De un tiempo a esta parte ya no siempre echan los cierres de la calle por precaución. Da lo mismo. Para lo que hay.
Trabajadoras que lían cigarros diez horas al día prefieren cobrar en puros antes que dinero que no sirve salvo para comprar en tiendas desabastecidas; los primeros tal vez se vendan en el mercado negro antes de que se sequen, en las segundas sólo se encuentra desengaño y rabia sorda. Hay mucha y llegará un momento en que no sabrán qué hacer con tanta.
Si pasearas conmigo, ya no verías los muros de adobe de la tapia del cementerio como hacíamos al caer la tarde. Verías enormes coches americanos y checoslovacos que son casi de lujo en su herrumbre y en la imaginación de sus dueños por hacerlos avanzar. Viejas casas coloniales que se caen a pedazos con sus antiguos dueños sentados a la puerta. Las gentes remiendan tanto su orgullo como sus ropas en esta tierra. Más incluso. Y ambos harapos les sientan bien.
Leyendo esto tal vez entiendas algo la esencia de contradicción de esta tierra. Lo más seguro es que no; porque ésta isla es un caos, una mezcolanza que rumia carteles revolucionarios pintados hace tres décadas y jineteras de pasiones cansinas que son una unión genial de carne y granito. La vida, la real, tan distante a menudo de la oficial, pulsa en la catacumba de manera incontenible, bajo una apariencia mineral que a nadie le importa demasiado. Tal vez, tan solo a mí, emigrado contra corriente, desheredado y solitario. Las noticias se momifican a diario bajo los embates del salitre y de una luz tan blanca que no terminas de creértela del todo. Quizás me entiendas mejor si te digo que esto sería casi el paraíso a poco que lo dejasen. Si lo piensas está a un jeme de lo que nos pasó a nosotros.
No sé exactamente por qué recuerdo todo esto precisamente ahora mirando entre cristales sucios. Tal vez sea precisamente por ello.
Los gritos que recorren los pasados de cada cual están hechos de canciones suaves y de lamentos que juegan en los campos de la memoria y nos tienen bien cogidas las vueltas de la cerradura del corazón. Salen y entran cuando les parece y lo peor es esa insistencia en golpear en el mismo rincón. Y hacer sangre sobre la sangre coagulada ayer mismo.
Fíjate: anoche recordé la mañana que estrenaste la blusa colorada que te regalé (Está linda la flaca, pibe, dirían en Corrientes) Ahora, viste, me da por recordar el día de la fiesta grande, no hay quien me entienda, de veras. Perdona, flaca.
Últimamente, sabes, apenas pienso en la carne, en el futuro, en todos los hijos que no tendremos. Miguel, un amigo, dice que esto ya está dicho hace tiempo; pero que carajo, sigue siendo verdad y ahora es mío porque me pasa a mí. Es un alivio, pero a veces no estoy seguro de no haber perdido la vida misma. La pequeñez de los campos verdes me ahogaba. Es cierto. Hoy respiro la libertad de las calles atestadas. Tal vez añore algo. No lo sé. En parte ya da un poco lo mismo. Pocas cosas me han vuelto a interesar, a apasionar desde que me marché tan de súbito. Tuve que hacerlo, flaca, eso pienso, eso me repito por las noches cuando los demás duermen y yo lo intento. Pero en algunos ocasos especialmente montunos y bobos dudo y me digo si no será un error todos estos años desde entonces. ¿Será por eso que ando cabizbajo los domingos cuando no hay nada en que ocuparse salvo caminar hasta el malecón rumiando? En fin, ya no tiene remedio.
Creo que te mandaré esta carta. Estoy pensando que no sería malo comprar unos sellos y mandarlo a la valija. Espero que no te molesten estas líneas al cabo de tanto. Tenía que echarlo fuera, flaca; tú me entenderás, lo sé, si no cambiaste mucho. A veces se te encarama una roca al pecho y hay que lanzarla fuera muy de veras porque si no, se abre paso entre la piel y se te disuelve dentro. Después amanecen días en que todo te agota y te duele. Y eso no, flaca, eso no. Ya pasamos lo nuestro en su momento.
No importará mucho que la tires sin abrir siquiera, da lo mismo. Para lo que valía, ya está cumplida. Pero espero que no lo hagas y recuerdes aquella fiesta de la santa en la que no volví a casa y desde la que no te he vuelto a ver. Cuídate mucho y, si no te duele demasiado, acuérdate alguna vez.



P. D.: Por cierto, te dará lo mismo porque no le conoces, pero anoche tronaron al hermano de Ciro en el malecón por un asunto de dólares. Los exilados siguen culpando de todo a Fidel y aquí los que mandan siguen mirando desde arriba. No me importa gran cosa. Tampoco entiendo de políticas. Nunca he creído que el mundo vaya a cambiar de un día para el otro. Tan solo sé que tengo un entierro hoy y no tengo maldita la gana de ver llorar. Verdaderamente, ahora que lo pienso, no creo que estuviese de más limpiar los vidrios. Aunque, por otra parte, para lo que hay que ver fuera.

lunes, 16 de mayo de 2005

La dignidad

Con el rostro cubierto de musgo aparecéis ante mí
Con el cuerpo cubierto de escamas y la voz hendida.
Con las manos llenas de la savia de lodo que nos dais a beber.

Pero tal vez es lo que sembré sin darme cuenta.
O dándome cuenta, tal vez.
Es posible que sea lo justo, lo adeudado.
No me quejaré por tanto.
Callaré mientras las raíces ahondan su búsqueda.
Nada diré mientras me florecen las espinas nuevas.

viernes, 6 de mayo de 2005

Nueva leyenda Dorada, próxima a la lluvia.

Leyenda en tono jocoso (pero menos) del catódico santo y héroe Cantamañanas, el temible monitor de plasma y la nuera del rey, enmendando la plana al amigo De la Vorágine, que en santa compaña se halle.

En cierta ocasión, hace largas calendas, llegó nuestro héroe Cantamañanas, aún no santo, a una ciudad llamada Madrid, en la provincia de Madrid, en la comunidad autónoma de Madrid en una tierra que en tiempos se llamó España y ahora era la nación española, así en minúsculas y tal, por eso de no herir sensibilidades. Cerca de la población, como decimos, había un hermoso centro comercial tan gigantesco y lleno de artículos de consumo, tan necesarios y tan absurdos todos, que aquel mar de inmundicias relucientes y llenas de botones no podía ser evitado por ningún viajero que pasase cerca de sus orillas. Aquello si eran sirenas y cantos y no las griegas aquellas y sus birriosos escollos. En él todos querían perderse y anegarse en las deudas y los números colorados y navegar con las velas de las visas, que de hermosas, eran hasta eufónicas y no hay más que leerlo de nuevo. Velas. Visas. En fin, al tema.
Pues bien, en dicho océano, se ocultaba un monitor de plasma tan horrendo, de tal fiereza y tan descomunal tamaño (casi cincuenta mil pulgadas, píxel arriba o abajo), que tenía atemorizadas a las gentes de la comarca, pues cuantas veces intentaron comprarlo o incluso robarlo al descuido tuvieron que huir despavoridas a pesar de que iban fuertemente armadas con mandos a distancia multifrecuencia de última generación y tarjetas de crédito de todos los colores y tamaños. Tal era su precio y su impuesto del valor añadido. A todos causaba pavor su enorme, pero al tiempo cómodo y era éste un grande misterio, pago aplazado. Además, el monitor de plasma era tan sumamente pestífero, que el hedor que despedía llegaba hasta los muros de aquella ciudad legendaria llamada Madrid y con él infestaba a cuantos trataban de acercarse a las orilla de los “parkings” de aquel, como decimos, famoso centro comercial.
Los ciudadanos de Madrid, que aún se llamaban madrileños aunque ya pensaban en cambiarse el nombre por alguno menos ofensivo, arrojaban al centro comercial cada día dos docenas de dvds con grandes éxitos de “cine de barrio” y una arroba de programación nocturna para que el monitor de plasma engullese y los dejase tranquilos, porque si le faltaba el alimento iba en busca de él hasta la misma muralla de la ciudad, los asustaba con la contraprogramación de pago y con el share, y con la podredumbre de su hediondez, contaminaba el ambiente y causaba la muerte a muchas personas que también tenían sensibilidades blanditas y todo eso, que ya es mala suerte nacer con esa desdicha.
Al cabo de cierto tiempo los moradores de la región se quedaron sin dvds o con un número muy escaso de ellos, y como no les resultaba fácil conseguirlos de nuevo en los vips o en el corte inglés, todos comenzaron a temer por las pocas e imprescindibles colecciones de Martes y Trece o de los Morancos que ocultaban en dobles techos y falsas paredes como único sustento de sus senectudes. En ese estado de cosas, celebraron una reunión multitudinaria en la M-30 con su rey en la mediana y en ella acordaron arrojar cada día al parking del centro comercial, para comida de la bestia, un solo paquete de dvds de Operación Triunfo “Primera edición” y de Gran Hermano “Grandes momentos” y como a pesar del gran valor (eran de los pocos que aún guardaban celosamente la Biblioteca Nacional y la SGAE) y antigüedad de dichas reliquias era muy poco para la bestia, se decidió acompañarlo de una decena de espectadores / espectadoras teleadictos / teleadictas (porque el monitor era completamente contrario al uso del lenguaje sexista), y se decidió a telemando alzado (un hombre un mando, un mando un voto) que la designación de éste o esta se hiciera diariamente, mediante sorteo público en el bonocupón o similar, sin excluir de él a nadie. Así se hizo; pero llegó un momento, pasando los años, en que casi todos los habitantes habían sido devorados por el monitor de plasma. Cuando ya quedaban pocos, un día, al hacer el sorteo de la siguiente y lastimera víctima, la suerte recayó en la única nuera del rey, su más preciado tesoro. Entonces éste, profundamente afligido, propuso a sus súbditos:
-Os doy toda mi colección de motos de gran cilindrada y todas mis plumas de firmar leyes aprobadas en el congreso y titulaciones universitarias y hasta la mitad de mi reino si hacéis una excepción con mi nuera. Yo no puedo soportar que muera con semejante género de muerte.
El pueblo, indignado y siempre querencioso de las revoluciones, de las juergas y poco amante de las cosas regias y encumbradas, replicó:
-No aceptamos. Tú fuiste uno de los primeros quien propusiste que las cosas se hicieran de esta manera. A causa de tu proposición nosotros hemos perdido a nuestros yernos y nueras, y ahora, porque le ha llegado el turno a la tuya, pretendes modificar tu anterior propuesta. No pasamos por ello. Si tu nuera no es arrojada al centro comercial para que se la coma el horrendo monitor de plasma como lo han sido hasta hoy tantísimas otras personas, te tiraremos bombas de fabricación casera como a tus antepasados hasta que abdiques y te exilies.
En vista de tal actitud irredenta y asilvestrada el rey comenzó a dar alaridos de dolor y a decir:
-¡Ay, infeliz de mí! ¡Oh, dulcísima nuera mía! ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo alegar? ¡Ya no te veré realmente divorciada, como la realeza británica que era mi real deseo (nunca mejor dicho lo de real, aunque tal vez con algo de abuso)!
Después, dirigiéndose a sus ciudadanos les suplicó:
-Aplazad por ocho días el sacrificio de mi nuera (siempre es bueno algo de rollo cabalístico y pitagórico, ¿Por qué ocho y no veintitrés?), para que pueda durante ellos llorar esta desgracia como corresponde.
El pueblo del foro que siempre ha sido un poco anarquista y acratón, pero con un gran sentido de la incongruencia histórica y que siempre ha sabido jugarse el tipo por testas coronadas que no se lo merecían cuando fue la ocasión, se apiadó y accedió a esta petición; pero, pasados los ocho días del plazo, la gente de la ciudad trató de exigir al rey que les entregara a su nuera (que acababa de llegar de Baqueira con un moreno a lo osa panda) para arrojarla al centro comercial, y clamando, enfurecidos, ante su palacio decían a gritos:
-¿Es que estás dispuesto a que todos perezcamos con tal de salvar a tu nuera? ¿No ves que vamos a morir infestados por el hedor del monitor de plasma que está detrás de la muralla reclamando su alimento?
Convencido el rey de que no podría salvar a su nuera, la vistió con ricas y suntuosas galas y abrazándola y bañándola con sus lágrimas, decía:
-¡Ay, nuera mía queridísima! Creía que ibas a darme larga descendencia, y he aquí que en lugar de eso vas a ser engullida por esa bestia. ¡Ay, dulcísima nuera! Pensaba invitar al bautizo de tu primogénito y mi heredero a todos los reyes y príncipes (ahora está más de moda llamarlos mandatarios, tú sabes) del universo mundial y adornar el palacio de Oriente con margaritas de Sibila y cretonas de Armani y hacer que resonaran en él músicas de órganos y timbales. Y ¿qué es lo que me espera? Verte devorada por ese monitor de plasma. ¡Ojala, nuera mía, -le repetía mientras la besaba- pudiera yo morir antes que perderte de esta manera! (Pero en este último punto tampoco insistió demasiado, la verdad)
La anteriormente conocida como presentadora (como aquel que antes había sido Prince) se postró ante su padre político y le rogó que la bendijera antes de emprender aquel funesto viaje. Vertiendo torrentes de lágrimas, el rey la bendijo; tras esto, la joven salió de la ciudad y se dirigió hacia el centro comercial, dejando tras de sí las murallas de Madrid que estaban llenas de ciudadanos expectantes, porque a falta de programas, bueno es el morbo real, aunque menos.
Cuando llorando caminaba a cumplir su destino, Cantamañanas (que ya se hacía de rogar en entrar en la historia) se encontró casualmente con ella y, al verla tan afligida, le preguntó la causa de que derramara tan copiosas lágrimas.
La consorte principesca le contestó:
-¡Oh buen joven! ¡No te detengas! Sube al próximo pelas que pase a tu lado y huye a toda prisa, porque si no también a ti te alcanzará la muerte que a mí me aguarda.
-No temas, bella y delgada nuera -repuso Cantamañanas-; cuéntame lo que te pasa y dime qué hace allí aquel grupo de gente acodadas en las murallas que parece estar asistiendo a algún espectáculo o cosa parecida.
-Paréceme, piadoso joven -le dijo la doncella- que tienes un corazón magnánimo. Pero, ¿es que deseas morir conmigo? ¡Hazme caso y huye cuanto antes!
El futuro santo catódico insistió:
-No me moveré de aquí hasta que no me hayas contado lo que te sucede.
La muchacha le explicó su caso, y cuando terminó su relato, Cantamañanas le dijo:
-¡Nuera ilustrísima, no tengas miedo! En el nombre de Cristo y de Benedictodieciseis yo te ayudaré.
-¡Gracias, valeroso soldado de la verdadera fe! -replicó ella- pero te repito que te pongas inmediatamente a salvo si no quieres perecer conmigo. No podrás librarme de la muerte que me espera, porque si lo intentaras morirías tú también; ya que yo no tengo remedio, sálvate tú.
Durante el diálogo precedente el monitor de plasma sacó uno de los altavoces (ya que era un auténtico monitor estereo, dolby surround 5.1) de debajo de las aguas, braceó con los cables (es decir cableó) hasta la orilla del centro comercial, salió al cemento del parking y empezó a avanzar hacia ellos. Entonces la doncella, al ver que el monstruo se acercaba, aterrorizada, gritó a Cantamañanas:
-¡Huye! ¡huye a toda prisa, buen hombre!
Cantamañanas, de un salto, se acomodó en el peseto tuneado que acababa de pasar a su lado, se santiguó, se encomendó a Dios y a la santa tradición, enristró su móvil lleno de melodías con sonido real que había descargado de los anuncios de Crónicas marcianas, y haciéndole vibrar en el aire y espoleando a su nueva cabalgadura, ajustó el GPS, bajó bandera y se dirigió hacia la bestia a toda carrera, y cuando la tuvo a su alcance hundió en su cuerpo el móvil de tercera generación y la hirió mortalmente. Acto seguido echó pie a tierra y dijo a la joven:
-Quítate el cinturón y sujeta con él al monstruo por el pescuezo. No temas nada procaz en mi mandato, bella nuera; haz lo que te digo.
Una vez que la joven hubo amarrado al monitor de plasma de la manera que Cantamañanas le dijo, tomó el extremo del ceñidor como si fuera un ramal y comenzó a caminar hacia Madrid llevando tras de sí al monitor de plasma que la seguía como si fuese un perrillo faldero. Cuando llegó a la puerta de la muralla, el público que allí estaba congregado, al ver que la doncella traía a la bestia, comenzó a huir hacia las cavas, altas y bajas, y al campo del moro dando donde aún había parejas de esposos haciéndose el reportaje gráfico – a saber: dvd y fotos con cortinillas y virados ridículos-, dando fuertes voces y diciendo:
-¡Ay de nosotros! ¡Ahora sí que pereceremos todos sin remedio!
Cantamañanas trató de detenerlos y de tranquilizarlos.
-¡No tengáis miedo! -les decía-. Dios me ha traído hasta esta ciudad para libraros de este monstruo. ¡Creed en Cristo y bautizaos! ¡Ya veréis cómo yo mato a esta bestia en cuanto todos hayáis recibido el nuevo bautismo!
Rey y pueblo se convirtieron a la nueva realidad de las televisiones libres y gratuitas y, cuando todos los habitantes de la ciudad hubieron recibido el bautismo, Cantamañanas, en presencia de la multitud, del emperador Polanco, del grupo Recoletos, de la presidenta de la comunidad y del malquerido alcalde y su pregonero de fiestas, abrió su móvil de doble hoja y cámara de un mega con flash y con él dio muerte al monitor de plasma, cuyo cuerpo, arrastrado por cuatro parejas de iPods, fue sacado de la población amurallada y llevado hasta un campo muy extenso que había a considerable distancia en la que fue pasto de jóvenes cibernautas descerebrados que posteaban los mods del Doom 3 y del Half Life 2 en aquel preciso momento. Fue un final horríbilis, como el año de la reina albiona, tiempo ha.
Tres millones de espectadores se bautizaron en aquella ocasión. El rey, agradecido, hizo construir otra enorme antena en forma de pirulí (pero esta vez la diseñó Calatrava por eso de no ser menos que la ciudad condal que ya se había llevado la liga y no era cuestión), dedicada a Santa María de la Cope y al propio Cantamañanas. Por cierto, que al pie del altar de la citada antena comenzó a manar una fuente muy abundante de agua tan milagrosa y llena de hertzios que cuantos enfermos de información bebían de ella quedaban curados de cualquier dolencia que les aquejase, apareciendo milagrosamente tan desinformados como niños de tres años y en la misma santa pureza para recibir las nuevas verdades.
Igualmente, el rey ofreció a Cantamañanas una inmensa cantidad de royalties que el santo no aceptó, aunque sí rogó al monarca que distribuyese la fabulosa suma entre los pobres, editando el “making of”, “las tomas falsas”, los politonos de la batalla y los fondos de pantalla correspondientes. Unos pingües maravedíes eso sí que a todos satisficieron.

jueves, 5 de mayo de 2005

Antecedente III (Incongruencias)

Tengo una compañera que salió el viernes a la hora de la cena con destino a Gandía buscando librarse de los atascos que prometía el puente madrileño. Llegó a las seis de la madrugada, despuntando el nuevo día sobre un mediterráneo que no pudo ver por la asfixiante cantidad de rascacielos y turistas. Había inaugurado un nuevo tipo de atasco: el nocturno. Siempre es bueno innovar.
El portero de mi casa lleva un mes de pruebas médicas y hospitalizaciones de quita y pon. Se le inflamaba el abdomen, tenía fiebres intermitentes y no se podía imaginar nada más que lo peor a medida que iba recibiendo nuevas informaciones de la curia médica. Finalmente parece ser que el causante era ese maldito gusano de nombre japonés y afición a las nécoras y a la merluza de pincho. Hoy al marchar hacia el trabajo le he visto celebrarlo con un cigarrillo americano. Nada como relajarse tras la tensión.
Mis vecinos de la puerta de enfrente tienen todas las papeletas para ser unos señoritos andaluces de los de antes. A saber, balconcito en Semana Santa, caseta privada en la feria y palco en la Maestranza con los amigos. Pero hete aquí que manejan holgadamente la sorprendente idea de que el vestíbulo de entrada a las viviendas es en realidad el cuarto de las basuras. Nos sacan a los sufridos vecinos las bolsas del Caprabo atadas con el nudito llenas de las raspas y las mondas. El vestíbulo realmente huele como si fuera cuarto de basuras. Menos mal que mi mujer se ata los machos mejor que yo. Tendré que abrir muchas cafeteras y colgar muchos cuadros para compensar.
Tengo también, un grupo de amigos que hacen del gañido y del plañir profesional, diversión del sábado noche que practican con denuedo y sin sentir fatiga o abandono en ocasión ninguna. Cierto que el trabajo es mal bíblico, pero parecen olvidar que con la oportunidad de mejora frente a la mano, todos han dicho que nones. ¿Será verdad que la memoria es selectiva? ¿Y voluntariamente selectiva?

miércoles, 4 de mayo de 2005

No importa

Llegaron nunca supimos de donde.
Extendieron jergones y durmieron entre nosotros sin percibirlos y al despertar notamos sus presencias nuevas.
Nunca llegamos a entender por qué vinieron.
Llegaron tan solo. Simplemente, sin necesidad de mayor sentido.
Traían entre sus manos la niebla vieja de cien mañanas entre trigales verdes y en sus párpados los soles más brillantes, las noches más insomnes.
Añadieron piedra sobre piedra sin casi hacer ruido, arañando dulcemente la voz a las aguas limpias que les cubría.
Las gentes del país se les unieron. Venían de todas partes. Todos construyeron.
Piedra sobre piedra.
Agua por entre el agua.
Y construyeron la casa, el templo, la plaza, las calles, el camposanto.
Y plantaron alrededor laureles y retamas.
Y los pájaros de nombres raros cantaban muy fuerte, tal vez como siempre lo habían hecho pero jamás hicimos por parar a escuchar su voz.
Y al marcharse tan blandamente como llegaron todos sentimos que éramos algo menos infelices y menos sabios que al despertar.
Pero sinceramente ya no nos importó mucho.