martes, 22 de marzo de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 22)

Tras la cena los hombres nos acomodamos en una mesita junto al gran hogar en el que todavía estaban los espetos. Una guaina ciertamente guapa, nos sirvió el brandy en unas grandes copas calientes. El armador trasmutado en ganadero encendió un cigarro con una astilla larga, aspiro, echó el humo en la copa, dio un sorbo y miró al capitán.

Háblame de ese nuevo barco que habéis traído.

La Cazadora.

¿Sigue estando en buen estado?

Con unos mínimos arreglos, sí.

Estuve haciendo averiguaciones y al parecer, su armador es de Cádiz. Salieron hace más de un año hacia Manila. Regresaban a España, cuando se perdió toda noticia. La última carta en la posta es de Santiago. Lo dan por perdido, pero ofrecen aún recompensa por información de parte del pasaje.

Como ya le escribí, don Juan, no encontramos a nadie. Solo el ajuar que le describí y trajimos con nosotros.

Se hizo un breve silencio que se llenó con las chupadas a los vegueros.

Lo curioso es que habían atracado en Tacará antes de enfilar la etapa de Hornos. Y el pasaje al que buscan era de allí.

Di un pequeño respingo en mi sillón y descrucé las piernas incómodo, vivamente interesado.

Llevaban a la menor de los Sainz de Valido al puerto de Cádiz. Al parecer, a una boda concertada con un señorito de Sevilla. Aspiró de nuevo y miró la evolución del humo en el aire. Pero claro, tú, Simón, muchacho, es probable que sepas de quien hablan.

¿Cómo se llama la muchacha?

Amalia. Y supongo que será más correcto decir se llamaba.

La pequeña Amalia. En Tacará, la llamábamos Lía para diferenciarla de la tía abuela de quien heredó el nombre. Era una muchacha muy bonita, alta, con el rostro ovalado, pelo castaño claro y ojos grises; cinco o seis años más joven que yo y recuerdo que en su puesta de largo, la sociedad tacareña tuvo la sensación de asistir al nacimiento de algo grande como un presagio. Durante un tiempo hicimos conjeturas y apuestas entre la barra para coincidir en misa mayor y jugarnos algo a captar su atención. Luego dejamos de verla repentinamente y supusimos que estaba enferma o algo peor, como que la habían metido monja. Hablamos unas semanas y como buenos descerebrados, dejamos de pensar en ella para ocuparnos de otras más presentes. Amalia Sainz. La pequeña Lía.

Y yo tenía su pañuelo en mi bolsillo.

Tontamente acerté a hablar algo.

Puede que no haya muerto.

¿Por qué dices eso Simón?

Por nada concreto, es solo una suposición. Pero últimamente estoy muy dispuesto a creer en supuestos.

Ya. Es comprensible. Y dio un sorbo a la copa. Mudando el tema, creo que deberíamos calafatear, repintar el barco y venderlo. No tenemos tanta carga como para necesitar otro y ya tengo un posible comprador en Buenos Aires. Descontando el porcentaje del armador y del capitán hay una bonita suma para la tripulación.

Miró a Simón. Una parte por cierto será suya, joven. Y en su situación imagino que preferirá tener su propio dinero que vivir de prestado. Aunque es excusado decir que con nosotros no necesita nada y tiene crédito ilimitado.

Gracias señor. Sabe que le estoy muy agradecido.

No hay nada que hablar. Es lo menos que puedo hacer en memoria de tu padre que era un socio y un amigo excelente.

Se produjo un pequeño silencio melancólico que rompió don Juan.

¿De cuanto podríamos estar hablando capitán?

Imagino que para el joven Simón podría haber alrededor de unas doscientas libras. No sé cuántas monedas de plata serán actualmente, pero en cualquier caso suficiente para comprar una casa con servicio en Montevideo si se cansase de estar en la hacienda.

No está mal. Aunque por el momento espero que sigamos disfrutando de su compañía, al menos las próximas semanas.

Termino el cigarro que arrojó al fuego, apuró la copa y se puso en pié. Voy a acompañar al capitán a su estancia. Si nos disculpa no quiero aburrirle con temas de intendencia. Y por cierto, antes de que lo olvide, tengo una carta de su madre que llegó hará un mes.

Y sacando la carta se despidieron.

lunes, 14 de marzo de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 21)

Dormí tan profundamente que al despertar completamente desorientado tardé unos minutos en comprender donde estaba y todo lo que me había pasado hasta llegar a ese preciso momento.

La llaga en mi conciencia que me hablaba de ser un asesino, un fugado apátrida, dolía cada vez menos y últimamente lo que me pesaba era la nostalgia de lo desaparecido, la ausencia de mi vida tacareña, tranquila y frívola.

Descorrí las cortinas y miré hacia las colinas y tras ellas, hacia el sol en el cielo. Por la luz, debía ser bastante más tarde de mediodía.

Me levanté finalmente y fui hacia el bacín. Al primer repiqueteo del agua en el metal, tocaron suavemente en la madera de la puerta. El viejo de la noche anterior entró, me deseó un buen día y me señaló el armario. Al parecer, habían colgado algunas ropas del joven señor y esperaba que me sirvieran. Sin darme tiempo a decir nada se marchó dando entrada al que resultó ser el barbero de la hacienda.

Cuando finalmente quedé solo y me miré en el gran espejo ovalado no me reconocí en absoluto. Estaba todavía embutido en la camisola blanca que me había servido de ropa de cama y me acariciaba un mentón que debía ser mío y que no sentía tan suave desde hacía meses. Parecía un aparecido, tan flaco y atezado sobre la ropa blanca, que podía pasar por trasgo de cuarterón.

Miré los trajes del armario y aunque me quedaban flojos al menos no estaban tan llenas de brillos y deshiladas como las que llevaba puestas ayer, que de otra parte, también me quedaban amplias.

Elegí unos pantalones grises con listas, una camisa blanca y una chaqueta larga negra. Los zapatos me apretaban un poco, pero al mirar los míos me resultó difícil soportan la vergüenza de pensar que, el día anterior, me había conocido la familia del armador llevándoles puestos.

El viejo Dimas tocó la puerta de nuevo y me anunció que la cena se serviría en poco más de media hora y que el señor había preguntado por mí.

Bajé las escaleras y en una esquina del gran salón, vi al armador y a mi viejo conocido, el capitán Quiroga con un traje impoluto, fumando y bebiendo en unas pequeñas copas de licor. El capitán levantó el brazo con el que sujetaba el cigarro y me saludó riendo.

El joven Simón. Está irreconocible. Venga con nosotros.

Y como quién se acomoda con los habituales del club, se habló con total naturalidad británica de temas ajenos, dejando fuera de la conversación cualquier elemento personal.

Hablamos, o hablaron más bien, de un tal William Mac Cann, hombre de negocios inglés que había desaparecido tras haber sido acusado públicamente de espía, de su gran capacidad política y de sus maneras francas de tratar asuntos tan delicados como el bloqueo francés o la penetración inglesa en el Río de la Plata. Hablaron con cierto desdén de los resabios de usos y costumbres medievales de los ganaderos del interior, en cuyos comedores la pitanza se servía diariamente en grandes mesas para todos los que quisiesen participar de ella. Hablaron de los intelectuales, de los malos militares, de los falsos patriotas y de los poetas disconformes. Se cuchicheó de las algaradas de los mazorqueros y del alzado chusmaje que acompañaba cada nueva subida del pan. Se habló de la nueva inmigración, de las fiebres tifoideas que la gente atribuía a las barcadas de los inmigrantes, la fiebre de los gallegos que decían. Y más lo hubieran hecho si, finalmente, la señora no se hubiera acercado para reclamarnos en la mesa.

La gran mesa con mantel de lino, tenía candelabros dorados y piezas blancas de english-bone. Comimos magnífico asado de tira y verduras horneadas sin piel. Y continuamos hablando de política hasta que doña Mercedita cambió hábilmente el tercio.

Aburrís a nuestro invitado y seguro que todavía nadie le ha contado nada de la posesión en la que está, ni de las tierras que le rodean.

Lo que era completamente cierto.

Pero para don Juan aquello fue espuela suficiente para poder hablar el resto de la cena. Para contarnos profusamente como las primeras cabezas habían sido traídas por Hernandarias desde Asunción del Paraguay. De cómo los animales se habían multiplicado increíblemente en los campos abiertos favorecieron el desarrollo del ganado cimarrón y sin dueño. De cómo su abuelo había fundado la hacienda como una ampliación de la que ya tenía en el sur de Corrientes. Y de cómo mi padre y él mismo, amigos y primos lejanos, habían importado de Inglaterra barcos enteros cargados de vacas Shorthorn. Contó y bebió a partes iguales del mal paso que tuvieron que soportar en Curuzú Cuatiá y de cómo ahora muchos preferían por la facilidad de engorde el cruce con el cebú. Contó cómo la estancia de Punta Carretas estaba formada a su vez por diez cabañas menores y que a buen trote se necesitaba casi un día en cubrir completamente la distancia de amplias tierras todas ellas suavemente onduladas a excepción de las tierras que se conocían como cuchillas y que cortaban las torrenteras de primavera en las tierras del norte. Habló del viento que llamaban pampero, frío y ocasionalmente violento, que soplaba obviamente desde el norte de las pampas de la Argentina.

Yo escuchaba todo esto en silencio y miraba de reojo, caldeado por el vino, a las hijas de mi anfitrión, que aunque primas lejanas, eran además, las primeras mujeres bonitas que veía en meses, mientras en el bolsillo de mi chaqueta, acariciaba como quien busca conservar algo propio en un mundo de novedades, el pañuelo de encaje con la a y la ese que ya se había convertido en gesto acostumbrado.

lunes, 7 de marzo de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 20)

El salón era una enorme sala de piedra y mampostería encalada y traspasada por pequeños vanos con contraventanas de madera. Varias arañas de bronce colgaban del techo llenas de velones y pequeñas hachas de cera encendidas. Quedaban extrañamente suspendidas a menos de dos metros del suelo y daban una luz agradable y danzarina.

Si las bajábamos menos el techo se ennegrecía.

La que hablaba era, lo supe luego, doña Mercedita, la mujer de don Juan. La señora de Doñoro era una mujer, pequeña, de pelo negro y alguna cana que pintaría con cuidada coquetería alguna de sus mucamas. Tenía los ojos gatunos y aunque pasaba ciertamente de los sesenta conservaba una feminidad europea que se encargaba de aventar. Era una de esas mujeres maternales, castísimas, perfectas. Las pestañas todavía largas y años atrás, seguro que, pesadas, escondiendo anzuelos sin cebar.

Rodeándola, cuatro de sus cinco hijos, todas las mujeres. Con sus mismos ojos todas menos la menor. Era algo extraño. Como ver variaciones de la misma mujer.

Mi hijo Juan está en Buenos Aires, volverá la semana próxima y podrá conocerle. Seguro que estará encantando de charlar con usted y se harán buenos amigos.

Saludé a todas ellas, besando sus manos enguantadas, incapaz por completo de memorizar los nombres. Alguien me puso en la mano una copa de agua que agradecí. Debía parecer completamente alelado porque la señora miró a su esposo en una seña de inteligencia y la reunión terminó.

Estará cansado. Dimas le enseñará su habitación. Descanse hasta mañana si quiere. Le prepararán un baño y le subirán algo de cena.

Seguí al viejo de pelo cano en su caminar arrastrado por las escaleras hacia la segunda planta y entré en una habitación de madera y cortinas blancas que olía a flores secas y a frutillas. En la pequeña estancia aneja se adivinaba tras la puerta abierta una pequeña bañera de latón blanco sobre cuatro patas de león. Sobre la cama descansaba mi bolsa de cuero.

Ciertamente, era mi nuevo hogar.

domingo, 27 de febrero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 19)

Las últimas semanas de navegada transcurrieron tranquilas. Algunos indios de la reducción se habían unido a la tripulación huyendo de quien sabe qué y aunque los primeros días sirvieron de bien poco, al tiempo baldeaban, recosían velas y otros temas menores que nos permitieron no ir tan justos en los turnos y dormir algo más. El tiempo acompañó y pronto arribamos a las aguas turbias de Punta Carretas, fin del viaje.

Entre unas cosas y otras, hacía casi seis meses que saliéramos de Tacará. Y casi sentía nostalgia de abandonar esta extraña vida de argonauta de saldo en la que había pasado mis últimos meses.

El armador Juan Doñoro, me estaba esperando en el muelle. No le recordaba en absoluto, pero a él le debió pasar lo mismo. Tuvo que ser el propio capitán el que le orientase hacia mí. Y no era de extrañar. Estaba notablemente más delgado, con la piel curtida, barba de cuatro meses y unas pocas, pero sorprendentes canas que habían comenzado a aflorar a los pocos días de salir de casa.

El pequeño Simón. Quien lo hubiera dicho.

Y me abrazó con una cordialidad que ya consideraba casi olvidada y que me desarmó, precisamente por ello.

Me despedí de todos aquellos que encontré por casualidad, un poco atropelladamente, como el que no cree sinceramente que al día siguiente no volverá a embarcar con rumbo a quien sabe donde, como aquel que cree saber donde va. El capitán se despidió hasta la noche del día siguiente en que el armador le había invitado a cenar. Empaqué mis cuatro bártulos y marché en la calesa del armador. Stuart, el segundo oficial, fue casualmente al último que recuerdo haber visto junto a los barcos.

Good luck, y me hizo un gesto con los dedos desde la frente como despedida.

Durante el viaje, don Juan no habló demasiado. Ahora entiendo que me estaba dando tiempo para aclimatarme. Avanzamos durante horas por un terreno suave, ondulado, entre pequeños cerros que se distinguían en el horizonte. Don Juan me hablaba de los algarrobos europeos y de los ñandubays que tan buen servicio daban para la cría de reses, que por lo que me parecía comprenderle, las debía contar por miles.

Finalmente, a media tarde, llegamos a la hacienda principal, una casona de piedra y ladrillo, pintada en colores sangre ya desvaídos. Unos amplios soportales encalados enmarcaban la entrada principal para resguardo de lluvias. Cuatro paisanas de edad indefinida salieron al encuentro del señor. Cargaron las valijas y desaparecieron como fantasmas entre el frufru de las faldas.

Entré en el salón oscuro, guiñando los ojos, como quien despierta de un plomizo sueño de resaca.

viernes, 21 de enero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 18)

Al mes de retomar la navegación, he de confesar que odiaba con toda mi alma la carne de pingüino, el hervido de alga y el olor nauseabundo del aceite animal en los faroles. Estaba más harto, lo estábamos todos de hecho, del frío, de comer de mal rancho y de dormir poco y a destiempo, por los largos turnos que provocaban la breve tripulación.
Y, claro, estaba harto del mar. Sobre todo del mar. Del constante cabeceo, de la humedad en las ropas, de hacer las necesidades en un cubo, del frio en las cobijas, de la sal en los labios, del gañido de los cordajes, de la falta de espacio.
Por fortuna, aunque habíamos tenido algunos días de mar dura, no nos habíamos perdido de vista con el Misericordia en ningún momento y no había que lamentar nada grave, salvo una pequeña gastritis de Didi y la rotura de un tormentín. La Cazadora navegaba bien, y aunque era un barco duro de timón a decir de los que entendían, también lo era en lo demás y eso, ya nos iba más que bien a todos.
Habíamos pasado Punta Delgada y todos veíamos próximo el paralelo treinta y ocho. Soñábamos con mares más cálidos y con puertos cómodos, o para ser sinceros, simplemente con puertos. Los marinos contaban maravillas de los galpones de Montevideo donde se comía carne de res hasta reventar, se bebía vino español y las putas que bajaban de Porto Alegre y Sao Paulo, hacían parecer mojigatas a las de Tacará. Pero todavía quedaba algo más de medio mes para todo eso, en el mejor de los casos.
Arribamos la primera semana de septiembre a un puerto que se llamaba de la Laguna de los Padres. Nuestra llegada fue todo un acontecimiento en la población. En pleno invierno, dos barcos al tiempo. Nada menos.
Vinieron muchos indios que decían vivir en una especie de comunidad o algo así, donde todos se decían hijos de Dios y como tales se trataban de iguales, trabajaban por acuerdo y eran dueños de todo y a la vez de nada, porque todo lo tenían en común. Una ingenuidad, vamos. Un marino cojo nos dijo que venían de una reducción jesuitas abandonada, que la llamaban de "Nuestra Señora del Pilar del Volcán" muy cerca de una laguna conocida como de las Cabrillas, que los más viejos del lugar conocían como de la lobería grande. Una extravagancia, decía el hombre, pero de momento no molestaban a nadie y allí andaban. Aunque ya nos avisaba, escupiendo en el suelo en señal de inteligencia compartida, que la cosa duraría poco. El sitio prosperaba y algunos propietarios lindantes ya hablaban de que aquello siempre había sido suyo, que los indios envenenaban los pozos y otras bellaquerías parecidas.
Escuchando aquellas historias nos adentramos en el poblachón que no tendría más de doscientas o trescientas casas. Había muchos brasileños blancos por las calles y algún que otro preto.
El capitán tenía orden, al parecer, de llenar las bodegas con la carne de vaca del saladero de un tal don José Coelho. Estaríamos solo un par de noches para completar la carga y de paso hacer agua, cargar leña, vender el sobrante del aceite y comprar verduras. De carne no tendríamos problema, al parecer. Y estábamos encantados con la novedad.
Acompañé al capitán al que hacía más de un mes que no veía y me saludó muy amablemente, preguntando por mi salud, hasta una pequeña capilla que conocían como de la Santa Cecilia, en donde pagó media docena de velones de buena cera. No rezó demasiado, pero no parecía hombre de hacerlo habitualmente. Tú me das, yo te pago. No hablemos más. Es lo justo.
Caminamos de regreso al puerto, pasando por una fonda que había próxima al molino harinero que había junto a la barraca del muelle. Allí estaban bebiendo todos nuestros oficiales que no estaban de guardia. Comimos torreznos, queso de vaca y vaciamos unas jarras de un vino bastante malo, pero que nos dio lo mismo. El buen humor era común. Y no era para menos. Habían cruzado Magallanes, volvían casi todos y lo hacían con una nueva nave, suerte extraordinaria. La paga se presumía buena. Tanto era así que se permitió a la marinería que durmieran donde les pareciera oportuno por esa noche mientras estuvieran embarcados el día siguiente. Tan seguros estaban todos de que no habría deserciones.

viernes, 7 de enero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 17)

La semana siguiente transcurrió rápida y llena de actividad. La Cazadora, afortunadamente, se encontraba en un estado aún mejor del que apuntaba inicialmente y resultó sencillo prepararla para navegar. El casco casi no estaba dañado y las pocas vías resultaron muy superficiales.
Más delicado fue el proceso de reflote. Desarbolamos, vaciamos y casi despellejamos todo el barco, dejando solo lo imprescindible o lo que temíamos más tener que montar posteriormente.
Para elevar el barco, hubo que hacer palanca con decenas de troncos, que resultaron muy difíciles de encontrar, con toda la tripulación a la faena, aprovechando la marea de luna de llena que coincidió, para nuestra fortuna, por aquellos días.
Cuando el casco finalmente flotó libremente, lo abarloamos al Misericordia y nos dedicamos a calafatear lo imprescindible, a reconstruir el peso eliminado, trayendo el material de tierra en continuas idas y venidas de las chalupas.
Se cedió parte del velamen y del cordaje de reserva del Misericordia y se comprobó que ambos barcos tuviesen todo el material necesario para poder finalizar la navegación hasta nuestro destino que calculábamos en seis u ocho semanas. O al menos, el imprescindible.
Llenamos las sentinas con la carne y el aceite de los pingüinos que se habían cazado, los odres con agua dulce, hicimos acopio de madera y de algas que parecían comestibles una vez hervidas. Comprobamos los instrumentos y las cartas, e incluso se copió alguna más actualizada. Uno de los relojes se llevó a la Cazadora.
Pero dotar el nuevo barco de tripulación suficiente fue lo realmente complicado. Desde Puerto Reyes en el que tuvimos dos deserciones y una sola leva forzosa, habíamos sufrido varias bajas por enfermedad y los oficiales y yo mismo, veníamos haciendo trabajos de simple marinería. De cualquier forma, las dos naves estarían muy infradotadas y deberían navegar lo más cerca posible la una de la otra en previsión de problemas.
Se me destinó a la nueva tripulación de la Cazadora, junto con Williams, Hidalgo y Didi, entre los conocidos. Ya no se discutía nada. Estábamos demasiado cansados del viaje. Personalmente, solo lamenté perder la compañía del capitán.
Finalmente nos hicimos a la mar la segunda quincena de julio, aprovechando el levecillo terral que se orquestaba a primera hora. La tierra estaba más fría que el mar. Aún.
Hacía medio año que había dejado Tacará y con ello, en cierto modo, toda mi vida. Comenzaba, no solo a acostumbrarme a la nueva, sino a olvidar muchos de los referentes anteriores.
Hacía un menos de un año que el vulgar temor a la propia vulgaridad me llevaba, como a tantos, a copiar servilmente gustos, usos y modos, que la moda y las formas que se consideraban de buen tono se encargan de imponer, generalmente llegadas de Londres o París. El estilo sofisticado de los trajes, el culto por las relaciones públicas y privadas, las modas en la mesa o en el café, en los lugares de diversión o las simples jergas para iniciados, transformadas en jerigonzas incomprensibles y de buen gusto, ocupaban buena parte del tiempo ocioso. Y no solo eso, a mis naturales prejuicios, había agregado muchos otros, como la importancia de pertenecer a un país de raza blanca u otras ambigüedades parecidas.
Ahora, dejando atrás lentamente la isla de los Estados, asesino, previsiblemente prófugo de la justicia tacareña, manteniendo con dificultad la poca ropa y el menos dinero con el que dejé mi casa, sin casi sentido del ridículo y de la dignidad, pasando frío y hambre, todo aquello no solo parecía lejano e irreal, sino, en parte, absurdo.
En el mudo cierto, lejos de mis pensamientos apesadumbrados, nos alejábamos por la rada y veíamos claramente como la costa se mostraba alta y nevada, ocultando valles y llanuras coloreadas por una vegetación multicolor que se ocultaba, a veces, por una pequeña capa de nieve.
Hacía un frio intenso. Excesivo incluso para los instrumentos. El invierno estaba en su apogeo. Comenzamos a calentar el aire próximo de los relojes con velas y faroles día y noche. Y aunque la ración de pan, coles y vino se había aumentado en los últimos días por el sobreesfuerzo de la puesta a flote, teníamos la sensación de que el frío se sentía por igual.
Abandonamos muy despacio, siguiendo a la Misericordia a unos cincuenta metros, la ría de aproximadamente ocho leguas de largo con numerosos islotes y frecuentes bajos. Depósitos de arena y piedra que aumentaban abruptamente la posibilidad de encallar. Templanza, navegación lenta y echar la sonda continuamente. Abriendo la pequeña expedición iba una de las chalupas con ese fin. En la costa, lobos marinos que hacían más ruido del habitual, celebrando, imagino, nuestra marcha.
Antes de librar el pequeño cabo, se izó la barca y encaramos mar abierto virando hacia el norte. Y mientras imaginaba cual sería la estampa que dejaríamos en tierra de nosotros mismos, una goleta y una pequeña corbeta a media vela, acariciaba continuamente entre los dedos un pañuelo de encaje que había guardado como recuerdo del extraño episodio del ajuar.
Sobre las yemas sentía el contorno levemente abultado de un bordado que imaginaba de memoria. En azul cielo sobre crema, una a y una ese en mayúsculas capitales.

martes, 4 de enero de 2011

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 16)

Al día siguiente, bien de mañana, partimos los distintos grupos. La partida exploradora estaba formada por mi viejo conocido, el medio inglés Juan Williams, primer oficial que conocí al llegar a la Misericordia que seguía tan poco hablador como el primer día, dos marineros mestizos y yo mismo.
Al llegar a tierra enfilamos rápidamente los arbustos en los que habíamos encontrado el extraño ajuar y desde allí decidimos bordear la costa este por los caminos más sencillos, en la idea de que nadie se esfuerza gratuitamente pudiendo no hacerlo.
El clima era muy húmedo, como podíamos ver claramente por el gran verdor de los bosques de guindos. El viento era helado y todos caminábamos callados y los embozos subidos. Había que tener cuidado al avanzar, porque donde la vegetación boscosa raleaba un poco y lograba penetraba tenuemente el sol, abundaban los calafates, arbustos enormes llenos de espinas, como pronto comprobamos para nuestra desgracia cuando uno de los marinos tropezó y fue a caer en uno. Por lo demás, pequeños helechos, líquenes ralos y musgos daban a la caminata una apariencia de exuberancia con pobres elementos que me tenía fascinado no solo por los cientos de millas de agua que llevaba encima, sino por tratarse de una vegetación totalmente desacostumbrada para mí.
La línea costera, llena de prados y turberas, estaba llena de pequeños fiordos, caletas y bahías. Y por todas partes, pingüinos, lobos de mar de dos pelos, gaviotas, cormoranes y petreles. A pesar de que al respirar, me dolía la garganta por el frío, me sentía muy bien, sorprendentemente bien, con una sensación de novedad y posibilidades sin límite.
Caminamos durante horas, hasta bien entrado el mediodía imagino, sin encontrar señal de nada que pudiera pertenecer a los supuestos náufragos. Finalmente y tras un breve alto para calentar algo de comida y repartir unos trozos de queso duro y galleta, resolvimos volver deshaciendo el camino por el interior. Con ello, esperábamos haber cubierto casi veinte kilómetros en una pequeña elipse y dar por finalizada, con cierta dignidad, la búsqueda. Lo cierto es que no sé muy bien que pretendíamos encontrar, más allá de una coartada que de otra parte no necesitábamos para llevarnos el barco.
La verdad, la que finalmente fuera, estaba cerca, acechando como un animal en la noche del desierto patagón. Finalmente, entre todos, construiríamos nuevos símbolos y nos iríamos olvidando de la auténtica historia. Cambiando el pasado, esa línea que serpentea por el suelo y de repente se hace tenue, se transforma y, finalmente, se pierde.
El futuro, en cambio, brillaba, refulgía como una gema. Nos miraba desde su pedestal acerado, era tan concreto que podía aferrarse. Hasta los indecisos quedaban sin voz ante la evidencia. Volveremos todos más ricos y más sabios. Cierto, pero y, ¿quién quiere volver?
Cuando llegamos a la costa, el equipo que reparaba la Cazadora ya habían encendido varios fanales y un par de hogueras.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 15)

Regresamos al barco a eso de la media tarde. Los cormoranes inundaban el aire con sus graznidos. El resto de la tripulación esperaba ansiosa el relato completo y no se habló, por tanto, de otra cosa en los corrillos de la cena. Comimos las consabidas coles fermentadas con sal, enebro y anís y aunque las raciones habían aumentado algo en las últimas semanas por aquello de combatir el frío, ya se notaba un cierto hastío. Pero la conversación ayudaba aquella noche y lo notamos mucho menos.
Se acordó que a la mañana siguiente se formarían cuatro grupos. Uno bajaría a tierra y trataría de encontrar algún rastro de la tripulación de la Cazadora, otro se dedicaría a al acopio de vituallas y un tercero, más nutrido, pondría manos a la obra en la tarea de reflotar el barco. Finalmente, un cuarto muy reducido se quedaría a bordo del Misericordia, poniendo todo en orden y reparando pequeños desperfectos.
Todos estábamos de acuerdo en el retraso que acumulábamos en la travesía. Yo mismo, que ya me sentía parte de la tripulación, entendía perfectamente que los hombres alimentasen la idea de que regresar con una nave propia, repercutiría muy positivamente en los salarios del armador.
Me ofrecí discretamente para formar parte de la partida exploradora. Tras más de medio año de agua, me apetecía mucho un paseo largo sobre tierra firme.
Uno de los oficiales, tomando café, apuntó que por lo que contábamos, el ajuar parecía de una novia gabacha. Para ser más exactos, fantaseaba con la idea de que se tratase de una vasca francesa, que siempre según él, echaban fama de sanas y ahorradoras. Lo que siguió, naturalmente, fueron conversaciones de ordinariez y procacidad excitadas por la ausencia de mujeres en meses.
Aquella noche tardé mucho en dormirme, supongo que por los extraños días previos y los que intuía en los de por venir. Fumé solo hasta bien entrada la noche en cubierta y tal vez por vez primera desde que abandoné mi casa y mi vida, con cierta felicidad e incluso con un cierto nivel de despreocupación. Que viene, casi siempre, a ser lo mismo.
Imagino que la aceptación de lo inevitable, ese veneno amable que conduce a la melancolía, al hastío y en cierto modo, al olvido, ya corría libremente por mis venas.
Pensaba mucho en Tacará últimamente. La enorme distancia añadía una nueva perspectiva y desde estos mares desolados, todo parecía por momentos un mal sueño poblado de fantasmas turbios.
Recuerdo haber pensado, que absurdo por cierto, en los años que siguieron la caída del general Rosas y en los que, siguiendo el lema alberdiano de gobernar es poblar, llegaron los italianos, la inmigración más fuerte tras la española, la que se ha enraizado profundamente con las virtudes y vicios de los naturales, agregándoles generosamente los suyos. Decenas de miles de clérigos toscanos, peones romanos, putas sardas, colonos, aventureros y hambrientos de toda índole y de todo lugar, llegaron a Tacará por tierra y mar.
Entretanto nuestra gloriosa y terne república avanzaba hacia el desierto, la civilización, o, al menos, lo que parecía su triste reflejo, se extendió sobre un tendal de harapos, de cadáveres de indios, de conversiones ensopadas en vino.
La nueva Tacará cimarrona se asomaba a la orilla de la ciudad, entraba al suburbio, cantaba su rencor en la milonga del prostíbulo y amenazaba a los señoritos biempensantes de la vieja metrópoli.
Fruto de aquellas hordas eran los Bedia y los Ulloa. Moneda de cuño nuevo que había crecido sobre la riada de extranjeros que horadaban las minas de cobre del desierto. Y nosotros, los hijos nuevos del viejo mundo, no supimos contrarrestar, ni tan siquiera alcanzar a entender, este que se precipitaba sobre nuestras cabezas sin remedio, por pura y simple gravitación.
Imagino que nuestra república, todas las repúblicas en cierto modo, siempre andan buscando el padre que las amparase. Un padre. El que fuera. Y lo encontrábamos a menudo, para nuestra desgracia, en el oligarca que antes nos mandaba en los fortines y que ahora nos tomaba como sirvientes para la parroquia.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 14)

Avistamos la isla entre la bruma de la amanecida, descolgados como andábamos en nuestro propio agotamiento. Creo que fue el lobero el que dio la primera voz de alarma. Efectivamente, en nuestra proa había un barco varado.
La excitación de los hombres y las carreras por cubierta despertaron ecos sobre el mar y alentaron la falta de sueño de los últimos días.
El capitán ordenó enfilar la nave y al cabo de una hora estuvimos lo suficientemente cerca como para poder llamar abocinando las manos, pero nadie contestó.
Mabón y Pizarro repitieron los llamados varias veces, sin obtener resultado. El capitán ordenó echar uno de los botes al agua y que el contramaestre y dos hombres lo abordaran.
Las palas de los remos chapotearon en el agua mientras el capitán observaba la maniobra apoyado en la regala. Comprobaron al acercarse que solo el foque y la trinquetilla estaban dados, el velacho bajo estaba cargado y el resto de las velas aferradas. Mientras el bote se acercaba al costado de la nave que luego supimos que era la Cazadora, ya imaginábamos todos que estaría abandonada.
Fondeamos la Misericordia a escasos cincuenta metros y el propio capitán fue a inspeccionar en la segunda chalupa. Me ofreció acompañarle y lo agradecí, no solo por la confianza, sino por el simple placer de abandonar el barco aunque fuera un breve tiempo.
La primera cosa que hicimos al subir fue examinar las bombas, que encontramos en buen estado y señalaban una profundidad de un metro de agua en la sentina. La caseta de proa y la de la bodega estaban ambas abiertas (con la tapa de escotilla tirada en cubierta y vuelta hacia arriba) y la bitácora estaba derribada y con su aguja rota.
Había gran cantidad de sargazos en la cubierta y la caseta de proa estaba llena de agua hasta la brazola. El chinchorro, único bote que quedaba a bordo, había desaparecido de su emplazamiento sobre la escotilla principal y una sección de los pasamanos de babor, que al parecer había sido quitada para arriar el bote, aún estaba tirada sobre cubierta.
Los palos, al igual que los respetos, se encontraban en buen estado; el aparejo estaba en gran desorden y parte de la maniobra de babor había desaparecido. Por lo demás el barco aparentaba buen estado y nada parecía impedir, que con unas mínimas reparaciones, fuese capaz de hacerse a la mar sin demasiados problemas.
El diario de navegación de la Cazadora estaba sobre la mesa en el camarote del capitán y la pizarra de bitácora sobre la mesa. Se había efectuado una entrada en el diario de navegación el 24 de noviembre y otra en la pizarra de bitácora al día siguiente. Indicaban que al mediodía la situación obtenida por observación les situaba a unas ciento diez millas al oeste de la isla. La entrada de la bitácora se refería a las ocho de la mañana del día siguiente y registraba una marcación del punto oriental de cabo suroeste de la isla de Los Estados, a seis millas de distancia. Este era el último registro de cualquier tipo.
Eso situaba a la nave en un abandono de cuatro meses aproximadamente y el estado general cuadraba razonablemente. No existía ninguna documentación del barco a excepción del diario y de la pizarra. El sextante del capitán, el cronómetro y los libros de navegación habían desaparecido, no había ninguna corredera largada por popa o dispuesta para ser utilizada y en la caseta de proa se veían las mismas muestras de abandono repentino e inexplicable.
Esta primera inspección, aunque algo precipitada, convenció a Quiroga de que, además de la obviedad de no haber nadie a bordo, no existía ningún indicio que pudiera explicar el abandono del barco.
Después de consultar con el contramaestre coincidieron en la posibilidad de reflotar el barco poniendo en orden el aparejo y siempre que no fuesen capaces de hallar a la tripulación, que se presumía improbable.
Nos zumbaban los interrogantes, pequeñas anomalías sin respuestas. Más allá del inexplicable y repentino abandono de una nave sin causa ni avería, algunas cosas nos llamaron la atención. Deterioros que parecían algo más recientes de unos dos metros en ambas amuras, que parecían provocados por un instrumento cortante.
Finalmente saltamos a tierra y tratamos de encontrar alguna pista de la tripulación. Caminamos hacia los arbustos y escuchamos movimiento de ramaje a la altura de unas rocas. El capitán ordeno que entraran los dos hombres que habían llevado su chalupa con los mosquetes amartillados, pensando se trataba de algún tipo de pequeña bestia. La sorpresa fue grande cuando en el interior de la maleza, en un pequeño claro donde solo había unas rocas, se encontraron con un montón de ropa blanca, colchones, mantas camisas, manteles y paños, y ninguna persona que diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Esa parecía ser la causa de los ruidos.
El capitán determino, tras una primera inspección, que se hiciese un inventario de toda aquella ropa y posteriormente se condujera a la lancha. La ocasión era tan extraordinaria que decidí yo mismo hacer un exhaustivo inventario y de paso, sentirme útil. Parecía tratarse del ajuar de una novia, pues anoté dos colchones de cama grande, camisas, faldas, paños, almohadas, sábanas y manteles. Pero no de una novia cualquiera, pues la calidad de la prendas las relacionaba con alguna persona de elevada posición. Sábanas de lino y cáñamo rastrillado, tejidos tupidos, paños de Ruan, lienzos muy fino, holandas, camisolas con puños de lechuguilla almidonadas al gusto europeo y labrados con caparrosa verde, faldas teñidas en tonos verde; adornos con randas, encajes de aguja o de bolillos y pasamanerías a punto de cadeneta. Además de pañuelos al limonisco, así como tejidos de lino especialmente concebidos para manteles con diseños en formas de rombo.
Al hacer el raro listado recordé la que, hasta hace unas semanas, era mi vida cotidiana y su capazo de relación forzada en la que aparecen viejos prejuicios que tan dilatada historia tienen en el repertorio humano.
Esta actividad, al tiempo inaudita en mi nuevo estado y al tiempo, tan próxima a la vida aniñada en la que me había movido, me alivió un tanto de la, que ya era más mesurada, culpa de asesino bisoño. Estaba consiguiendo hacer de mi vieja e inarticulada certidumbre una articulada incertidumbre que me acercaba a la verdad. A mi nueva verdad que era, por el momento, hacer inventario de un ajuar fantasmal en una isla austral y desolada.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 13)

Creo que fue al final de la tercera semana de navegación, en una marejada al sur de las Guaitecas, cuando perdimos una de las dos chalupas. Recuerdo que ese fue el motivo por el que terminamos recalando en un lugar llamado Puerto Reyes, donde también estaban fondeadas otros dos barcos: la goleta estadounidense Betzei y el bergantín con bandera inglesa Enterprise, ambos dedicadas a la caza de la ballena.
El capitán Quiroga intentó sin resultado comprarle al capitán del Enterprise una chalupa y alguna de las cartas náuticas que habían levantado, pero sólo obtuvo una negativa para lo primero y permiso poco entusiasta para copiar las segundas.
Sin más remedio, permanecimos cinco días dedicados a construir un nuevo lanchón, mientras el oficial de derrota se encargaba de copiar las cartas.
En esos días, se unió a la tripulación el lobero Juan Yotch, quien actuaría como práctico para el cruce del canal Moraleda y nos guiaría hasta el final del archipiélago de los Chonos.
Habían pasado cuatro semanas desde que dejáramos Tacará y comenzaba a perder la noción de lo real, de tanto en tanto. Me costaba pensar en los días de manera lineal. Eran más bien círculos concéntricos que se tensaban y destensaban por momentos.
Debía ser casi abril cuando nos hicimos nuevamente a la mar e intentamos pasar la península de Taitao, pero el mal tiempo, que ya comenzaba a empeorar, sumado a una avería del timón y a una pequeña grieta en el casco, nos hizo retroceder y buscar refugio nuevamente en Puerto Reyes.
El tiempo empeoró tanto que no lo conseguimos y mal nos hubiera ido de no haber encontrado una pequeña rada arenosa al abrigo de un cabo.
Al día siguiente se envió a Jorge Mabón, Eusebio Pizarro y cinco hombres más de regreso con la orden de llegar a Ancud por tierra para conseguir víveres, reparar la pieza del timón e informar al armador del derrotero de la travesía y del más que previsible retraso. Tratar de atravesar Magallanes en temporada de invierno austral comenzaba a ser algo temido, pero al tiempo, bastante previsible. La marinería empezaban a estar nerviosa.
Volvieron casi veinte días más tarde en una nueva chalupa en la que transportaban las provisiones y el resto de la impedimenta. En ese tiempo se habían calafateado las amuras y estábamos todos más que hartos de oír bramar un viento interminable que, con seguridad, terminaba enloqueciendo a los hombres.
La mañana siguiente continuamos viaje hacia el sur, doblando con éxito la península Tres Montes y atravesando no sin dificultad el canal Messier. Calculo que sería mediados de mayo cuando al despuntar el día vimos fogatas de un asentamiento que Didi reconoció como previsiblemente alacalufe.
Dos embarcaciones indígenas de vela nos siguieron a cierta distancia por un par de horas, pero terminamos perdiéndolas de vista. Quiroga hubiera deseado ser alcanzado por las canoas para enterarse del género de las velas (que sospechaba obtenidas del naufragio de la fragata francesa de una amigo suyo, perdido el año pasado por estas mismas latitudes). Imagino que por ello, el capitán, decidió esperar una hora después de cruzar la Angostura Inglesa, pero la pérdida de tiempo que estaba resultando del empeño le hizo desistir y seguimos ruta.
Al llegar a la punta Santa Ana, ya en el Estrecho, topamos con un temporal tan fuerte que nos hizo mover como azogados. A pesar de lo que ya creía estar acostumbrado, eché los hígados y, para mi consuelo, resulté no ser el único. El frio era tal que andábamos con mantas por la cubierta. El cordaje tenía chapiteles helados y los marinos cuchicheaban soltando vaho, de que la comida escaseaba y de que sumábamos casi dos meses de retraso.
Algunos culpaban a las novedades del mal fario que circundaba, sin duda, la travesía y en aquellos días comenzaron a mirarme ya no con el desdén de siempre sino con franca cara de vaqueta.
Afortunadamente para mí, acabamos atravesando el cabo de Hornos y en la isla de los Estados vino a suceder algo que afortunadamente desvío por completo la atención de mi persona.

viernes, 27 de agosto de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 12)

Durante las siguientes tres semanas, efectivamente no volví a dormir tan profunda y tranquilamente. Navegamos durante este tiempo sin alejarnos demasiado de la costa, que no perdíamos nunca de vista. Pero nunca atracábamos en ningún puerto, aunque tampoco vi ninguno a decir verdad, ni efectivamente como me anticipó el capitán, fondeamos en ninguna resguardo.
Los primeros tres días los pasé mareado de continuo, con la cabeza y el estómago pesados como piedras y el orgullo malherido por la sorna que, aunque discreta, era generalizada. Para ser completamente sincero, nadie me hacía demasiado caso, dejándome claro que un pasajero en el Misericordia era cosa rara y nada muy diferente de una molestia.
De otra parte, la vida a bordo era bastante aburrida y reglada, lo que en mi carácter venía a ser casi lo mismo. En alguna rara ocasión enmendábamos rumbo cuando avistábamos otro barco y era motivo de distracción porque cualquier encuentro constituía una excelente ocasión de romper la monotonía. Pero tampoco, como digo, esto era cosa común y en más de veinte días nos habíamos cruzado solo con un bergantín español, el Virgen de los Remedios, con el que intercambiamos breves noticias a voces con grandes megáfonos de latón.
Nuestro barco, del que he hablado poco aún, era una goleta de dos mástiles que desplazaba casi cuarenta toneladas y estaba armada con cuatro cañones de cuarenta libras. Casi todos los mercantes que se lo podían permitir estaban artillados porque la mar no solo no era tierra como dicen los que no entienden y no deja de ser una perogrullada; sino que, casi siempre, de ser tierra de alguien, lo era de corsarios y hermandades de piratería.
Nave rápida, a decir de la marinería, tendría unos veinte metros de eslora y algo más de cuatro de manga. Sorprendentemente, para mi ignorancia, llevaba como instrumento de navegación tan sola brújula. El resto debía estar en las testas de la tripulación, que para más dato era de veintiséis almas, de las cuales, más de la mitad habían embarcado en el último viaje. El resto eran viejos compañeros y se notaba en la camaradería del trato.
Por lo que había aprendido en las breves charlas de las cenas, en los navíos de línea y en general en todas las armadas, la vida embarcada y la comida que se consumía, por decir algo concreto, era muy parecida, al margen de las banderas y las procedencias de sus tripulaciones.
Hacia solo unas pocas décadas en que se habían dado cuenta, por ejemplo, de que el escorbuto que sufrían los marineros durante las travesías largas se relacionaba con la falta de frutas y verduras frescas. Los primeros en darse cuenta habían sido los ingleses y desde entonces, todos, estibaban en sus bodegas toda la cantidad de cítricos que pudieran conseguir, extrayendo el zumo que envasaban en botellas utilizando la misma técnica que se acostumbraba con las conservas.
Pude ver, también, que se consumían no menos de cuatro litros de cerveza por persona y día. Por lo demás, guisantes secos, tasajo de cerdo y buey, harina de avena, manteca en vez de mantequilla, que casi siempre llegaba a bordo y aún en tierra, rancia y luego era muy difícil de digerir y como bebida especial para los oficiales, vino.
El agua que era envasada en los pipotes más grandes, se estibaba en la parte más baja de la sentina. Llevábamos también, y lo cuento como curiosidad, un enorme queso, tan duro que vi que los marinos confeccionaban botones para sus camisas con él.
Había, además, una pequeña granja a bordo con media docena de gallinas, un cerdo y un par de cabras. Estas últimas con la misión de proveer de leche a la tripulación. Como al parecen representaban una seria amenaza para la higiene, lo que era de otra parte, evidente, estaban generalmente en cubierta y en muy raras ocasiones les bajaban a la cocina. Y solo a las gallinas.
Esta mínima arca de Noé, solo disponía de dos baños situados en el jardín de los oficiales y que afortunadamente me habían permitido usar, aunque lo hiciese de muy mala gana y evitándolo al máximo por razones obvias sobre las que prefiero no ahondar. El resto de la tripulación, o sea, casi todos los hombres, tenían que hacer sus necesidades en baldes y arrojar al mar su contenido, lo que provocaba, por lo que me decían, infestación de la comida almacenada en las bodegas cuando el barco sufría calma chicha.
Para comer, los tripulantes se organizaban en ranchos conformados por un pequeño grupo de marineros, quienes se agrupaban por procedencia.
El cocinero de todos nosotros era un marino cojo irlandés de anchas espaldas y grandes brazos al que llamaban Didi por no llamarle Frederic Miller que tan difícil era de pronunciar. Tiempo atrás había sido cazador de chungungos y antes aún. práctico de canales y proxeneta en Curaçao de Vélez. Era contador de historias magníficas en las que siempre acababa hablando de mujeres con grandes grupas y más grandes tetas, que al parecer eran su debilidad. Y la de muchos marineros a juzgar por la parroquia que congregaba con ellas.
Otro punto era el mantenimiento del orden. Las leyes de a bordo eran sumamente severas, tal como se necesitaba para mantener tranquilos a un conglomerado de hombres semisalvajes, sin instrucción, violentos y con vidas a veces desesperadas. Bien lo entendía por mí mismo. Estaban previstas sanciones terribles para quien robara comida o quien desobedeciera una orden de un oficial. Obvio decir, cualquier intento de amotinamiento. Hacer, como decían, una camisa a cuadros a latigazos era la más utilizada y tuve ocasión de verlo a la tercera semana de travesía.
El fustigador era Didi y el pobre penado, un joven no mayor que yo mismo al que habían atrapado robando un trozo de carne salada. Y pese a que el salvajismo del trabajo me hizo literalmente vomitar, he de reconocer la maestría en el manejo del azote para un cojo en un barco en movimiento.

jueves, 22 de julio de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 11)

Debía haber pasado algo más de una hora cuando entró el capitán. No tenía modo de saberlo con exactitud sin ver el exterior y no me había parecido oportuno salir a pasear por la cubierta.
El hombre en cuestión debía tener unos cincuenta años y aunque hablaba un español con un fuerte acento que parecía luso, luego sabría que era gallego, de la villa de Betanzos para mejor seña.
Más avejentado por la mar que ciertamente viejo, tenía aspecto de hombre pacífico y de joven, a buen seguro, sin las abolladuras del tiempo y sin la tripa abultada que le afeaba el perfil, seguro que había sido buen parroquiano de farras. Aún conservaba un aire de guapote a lo antiguo como esas viejas tablas de iglesia con sansebastianes que despiertan malos pensamientos a las parroquianas viejas y, sin embargo, virgos.
En los meses que finalmente terminaríamos navegando juntos, llegué a conocerle razonablemente bien como el tipo sereno que era, amante de los buenos cortes en la ropa y de las copas de calvados tras las comidas o entre las mismas, si se terciaban.
Un tanto más astuto que inteligente, marino probado en cien latitudes y en otras tantas luchas de una vida que había sido para él casi siempre, batallar pleno de derrotas y que, en un impreciso momento, harto de defenderse ya solo con la paciencia, había reparado en ser capitán de una goleta de mercadeo que hacía dos o tres veces por año la ruta entre Tacará y Cádiz con posta en los muelles de Santos, Porto Seguro y Lisboa.
Luis Quiroga, capitán del Misericordia, encantado de conocerle.
El apretón fue duro, contundente, de manos ásperas y grandes.
Simón Araujo y Vergara. Lo mismo digo… aunque sea en estas circunstancias.
El hombre río abiertamente y con ganas, lo que me dejó un poco amoscado.
No se preocupe, joven. Su mayor problema es que es usted aún mozo, pero eso se pasa siempre. Rió de nuevo. ¿Quién no tenido un lance de sangre en la vida? De cualquier manera, el primer muerto, siempre es el peor. Yo todavía veo la cara del mío por las noches. Y vamos por los cuarenta años. Pero dejemos todo eso y vamos a cenar que tendrá hambre y yo también.
Me palmeó el hombro confianzudamente y me sacó a la cubierta. Estaba atónito, no solo por no hacer tampoco, como mi madre, un drama de mi desventura sino que siquiera preguntaba razones, simplemente lo trataba con la normalidad de soportar una gripe fuera de fecha o comprase un gabán.
Fuimos charlando hasta la caseta de popa donde el capitán tenía su camarote y donde, por lo visto, organizaba las cenas. Abrió un par de portillos y mandó abrir otro en el pañol de víveres y otro más mirando a la proa.
Se forma una corriente de aire que viene muy bien a esta hora, dijo, los mosquitos llegan atontados a esta distancia de la costa y molestan lo justo. Y mirando a uno que parecía un grumete, añadió, aparta esas lonas y saca otro banco.
A la mesa nos sentamos el capitán, el oficial inglés que me había acompañado al llegar y un par más que me presentaron como al segundo, al oficial de derrota y al artillero. Gente de agua, seria y por lo que podía ver y certifiqué después, no demasiado habladora. Dos ingleses y el resto españoles. Juan Williams, John Mabón, Eusebio Pizarro y Manuel Hidalgo, el cañonero. Comimos cerdo en salazón y tortillas en salsa con pan blanco, que al parecer, era un lujo.
Ventajas de estar fondeados. No comeremos pan en tres semanas cuando levemos y huevos frescos aún menos. Lo normal será el bizcocho de harina sin levadura mojado en vino o cerveza. Ya verá, ya.
Cuando terminamos de comer, el capitán se sirvió una copa de licor y salimos al jardín de popa. La selva, a lo lejos, era una masa oscura de la que solo salían graznidos y siseos. La mezcla con el golpeo del agua en el tablazón creaba un sonido sedante y don Luis notó que se me cerraban los ojos.
Vaya a dormir, Simón, mañana saldremos de amanecida y no volverá a dormir tranquilo durante muchos días. Ya habrá tiempo de hablar.

lunes, 19 de julio de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 10)

Al doblar un pequeño cabo, vimos finalmente el barco. Era una hermosa goleta de velacho de dos mástiles. En la cofa del de mesana, la que parecía de lejos la bandera portuguesa. Estaba atardeciendo cuando arribamos a la amura de babor y pudimos ver claramente el nombre en la proa en grandes letras doradas, “O Misericórdia”. Apropiado pensé, pero inútil en mí caso.
Varios marineros se movían por cubierta y al fin, nos lanzaron un cabo con un nudo abierto al final. Los indios, más hábiles que yo, me explicaron por señas que metiese uno de los pies dentro y me agarrase con las dos manos al resto del cordaje. Mientras me izaban, se alejaron sin despedirse, sin mirar atrás. Como era lógico que hiciesen, por otra parte.
Al llegar a la cubierta, varios hombres con barbas oscuras me rodearon con franca curiosidad pero sin decir palabra. Supongo que mi aspecto de gachupín con ropas elegantes y sucias les llamaría la atención. O simplemente el aspecto de lechuguino fuera de sitio. Un hombre flaco y pálido que parecía ser oficial se abrió paso entre ellos y me habló en perfecto inglés.
Mr. Araujo y Vergara, I guess.
Yes, acerté a decir.
My name is Stuart, second officer of this schooner. Please, join me to your cabin, sir. Later, the captain will visit you.
Le seguí penosamente hasta una pequeña cabina mientras disimulaba las miradas observando partes del navío. La tablazón de la cubierta estaba formada por maderos unidos a un marco central. Los tablones se encorvaban en un corte transversal como si fueran bastones de un barril. Estaban unidos por remaches de cobre que debían haber brillado como soles días atrás.
Le seguí, bajando la cabeza para atravesar la sobrecubierta de marcos de madera doblados a vapor dentro del casco. Se paró frente a una pequeña puerta de marcos redondeados y tirador de bronce.
That’s your cabin, sir.
Y se giró sobre sus talones sin más, dejándome solo frente a la puerta que había dejado entreabierta. Nunca había podido soportar esa flema isleña. Siempre pensé que tras el hieratismo británico había una falta de sangre y de otras cosas menos reconocibles frente a señoras.
Entré en lo que parecía una pequeña pieza sin ni siquiera ojo de buey. La pobre luz que iluminaba débilmente la estancia venía de un pequeño farol de aceite que habían encendido, sin duda, previendo mi llegada y se cimbreaba levemente. Sobre una tablazón que colgaba de dos pequeñas sogas había un colchón que parecía de esparto y hacía las veces de cama. Una mesa baja, un taburete y un anaquel demasiado alto. Nada más. Me senté en la mesa tristemente y derrumbé la bolsa en el suelo.
Me quedé mirando fijamente un nudo en la madera del suelo. Parecía la cabeza de una vaca. Concretamente de una que había conocido de niño en una lechería próxima a la plaza del Carmen, Romera se llamaba, y siempre me miraba con ojos glaucos e inexpresivos mientras acariciaba su cabezón durante unos breves segundos en una prueba de virilidad temprana, hasta que la mucama de turno me arreaba un pescozón y me regresaba a la casa. Era una tontería y me avergoncé de pensar en cosas así en mi situación. Pero a lo peor pensaba en ellas precisamente por eso.
Me acordé del zurrón que llevaba conmigo desde ayer y por alejar la sandez, lo abrí sin muchas ganas. Dentro me esperaban tres camisas, un par de pantalones, unos zapatos flexibles, muda blanca, una navaja de afeitar y varias pastillas de jabón. Cuando iba a enhebrar de nuevo la trabilla de cuero en el botón, vi la carta que descansaba en el fondo. Era, sin duda, la carta de mi madre de la que me había hablado el amigo Carmona. La cogí nervioso y ya iba a rasgarla cuando reparé en el olor. Era sin duda el papel francés perfumado de mi madre. Sonreí un poco, la primera vez en casi dos días, imaginando a mi señora madre, doña Purificación de Araujo y Vergara, eligiendo el papel de arroz de su escritorio particular. No había, obviamente, ni destinatario ni remitente. Tan solo un sobre marfileño con olor a lilas. Lo abrí.
Mi querido Cuchito, me cuenta tu amigo, Pedro Carmona, de tu desgracia de anoche. No hay que hacer cuestión. Debes ocultarte y a poder ser, salir del país. He hablado con Juan Doñoro, el armador vasco y me participa que tiene un barco de bandera portuguesa fondeado en el sur del delta que podría resultar apropiado para este fin. Es un hombre encantador y recordarás cuanto quería a tu padre. No olvides el favor que nos hace. Te llevarán hasta la posesión de Punta Carretas. Escribiré a tus primos y les pondré al corriente de tu llegada. Mientras tanto veré de templar los ánimos por acá tanto como sea posible aunque imaginarás lo difícil que puede ser. No esperes demasiado. Cuídate mucho Simón. Tu madre que te quiere.
Era su estilo sin dudarlo, ni una recriminación, ni una explicación pedida. Mi madre escribía como hablaba. Y hablaba como era. Mujer de lezna y pedernal sin grietas, como un farallón tacarano. Las cosas pasaban y punto. Ni siquiera eso. Las cosas son. Lamentarse no lleva a nada. No es más que pérdida de tiempo y autocomplacencia.
Y sin embargo, había usado el apelativo familiar y vergonzante que solo empleaba cuando quería ser cariñosa, Cuchito. Cuchito era como me había conocido la familia desde que trepaba a las rodillas de mis tíos. Como me conocían los sirvientes más viejos y queridos de la casa. Como nadie, por cierto, me conocía en este barco.

martes, 13 de julio de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 9)

No sé cuánto tiempo estuve tumbado en la canoa tapado con aquella sucia cobija, pero ya estaba el sol alto cuando uno de los indios me zarandeó indicándome que podía salir.
La luz era fuerte pero estaba tamizada por el entramado de hojas del manglar por el que estábamos navegando. Siempre había sabido que el final del rio dejaba de ser navegable en los meses de lluvias y que las raíces al aire de los mangles impedían a cualquier cosa mayor que una pequeña trajinara india pasar libremente. Lo sabía, es cierto, pero no dejaba de ser la primera vez que lo veía realmente. Y la realidad era insultantemente distinta y tan hermosa que, por un momento, olvidé la razón de estar allí.
Los ojos y las sienes me dolían. Tenía la boca arenosa y una sensación de sed atroz. Miré a mis compañeros pero los indios remaban lentamente, sin hablar y con la mirada perdida en lo que estaba por llegar. Eran estos, sin duda, hijos de nuestro paternalismo tacareño, de ese que prohibía el matrimonio de españoles con las hijas del país. Fue evidente que este decreto poco importó a las criollas que parían en los ranchos, o a la india de la toldería o a la negra y la mulata de la servidumbre. Para ellas no tenía sentido la sutileza de la letra escrita, los asuntos de los señores blancos. Sus hombres habían luchado como soldados de la independencia o habían muerto en las invasiones inglesas u holandesas, eran en fin, carne de fortín y de malón. Pero aquí estaban, remando con la dignidad de los hombres libres que ayudan, no ya al fugado, sino al señor que ordena; que se juegan no ya la hacienda de la que carecen, sino la vida que atesoran como algo propio y que entregan al tiempo con la elegancia del desapego, del abandono generoso, con la certeza de reencarnarse tal vez en ese ibis que agita las alas y grazna ahora entre el follaje.
Metí finalmente una mano en el agua con la intención de refrescarme el rostro y uno de ellos me gritó fuerte algo que no entendí. Instintivamente saqué la mano y le miré asustado. Repitió lo que acababa de decir más bajo y señaló con el rostro lo que parecía un tronco que flotaba. Al fijarme algo más, vi que no lo era. En su lugar un caimán de mediano tamaño que nos miraba somnoliento con los ojos verdes e inexpresivos.
Me acodé en la pequeña borda y mi expresión debía de infundir tanta lástima que el mismo indio que me había gritado me alargó una tripa que para mi alegría contenía agua dulce y una pequeña cesta de mimbres con ostras crudas y lo que parecían pequeños camarones. En ese momento fui consciente de que llevaba casi dos días sin comer ni beber y engullí a toda velocidad aquello que en otro momento no hubiese ni siquiera aceptado oler.
Es curioso como al margen de lo que nos sucede, superpuesto a todo ello o mejor, soterrado a todo ello, actuando como un zócalo que cimenta todo lo demás, la vida en sus necesidades elementales se impone en una simple pureza que no necesita de interpretación. Había matado a un hombre de las familias más poderosas de Tacará. Probablemente, en este mismo momento, estaría condenado a muerte o, en el mejor de los casos y usando de las influencias de mi familia, tal vez penado por veinte o treinta años a forzados. Punto este que daría lo mismo, porque el viejo Bedia ya pagaría en el penal a alguien que hiciera por él su trabajo. A pesar de ello, era un huido. Y yo, que hasta hacía unas horas tenía la vida tan trazada como si viajara en railes y arrastraba apaciblemente una existencia narcotizada, vivía en su lugar una sensación de incógnita que me laceraba las entrañas, pero al tiempo me hacía sentir un miedo y una excitación que aun siendo incómoda no podía dejar de reconocer que tenía algo de adictiva.
Pero sobre todo ello la realidad de la vida, la urgencia de lo inevitable. El hambre, la sed, la comezón por vivir un día más, al margen de la moral, de las leyes, de las normas, de la convención en la que me había arrullado desde siempre como un niño en el vientre de su madre.
En ensoñaciones como esta u otras parecidas, vimos lentamente abrirse frente a nosotros el mar y enfilamos lentamente hacia el sur justo cuando la marea empezaba a anegar las raíces de los árboles.

lunes, 5 de julio de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 8)

El día posterior lo pasé oculto en un pequeño almacén del arribe de la jangada que unía Tacará con las provincias de la selva. Las horas pasaron con lentitud en una somnolencia que tenía mucho de febril y se mezclaba con una resaca que terciaba por no desaparecer.
A medida que la tarde caía de nuevo, comencé a comprender, tal vez por vez primera, perdida la mirada en los rayos de luz roja que se filtraban por la tablazón de las paredes que daban a poniente, la terrible importancia de lo sucedido, su carácter irreversible, la fatalidad de lo que pareciendo falso era ya, sin duda, pasado cierto.
¿Cómo habrían recibido en casa la noticia? ¿Realmente estaría muerto Ramiro? ¿Cómo volver atrás? ¿Qué haría a partir de ahora?
En estas ensoñaciones estaba y sería casi la media noche cuando el Carmona entreabrió cuidadosamente la puerta de tablas y entró con dos indios que no había visto antes.
Uno de ellos llevaba un fanal de mano y la débil luz me deslumbró. Miles de partículas flotaban ingrávidas y luminosas. Debía llevar horas en la más completa oscuridad y no había sido consciente de ello. Miré hacía los fardos de un rincón tratando de acostumbrar las pupilas a la pobre iluminación.
Tienes que marcharte Simón. Y pronto.
No supe que decir aunque llevaba todo el día preparándome para algo así
El viejo Bedia ha jurado en público que te matará de buena gana si no lo hace la justicia. Tiene decenas de hombres buscándote.
¿Y mi madre? ¿Y mis hermanas?
Calló un segundo antes de responder.
Imagínate.
Pero no te preocupes ahora por ellas. Nadie se atreverá con doña Purificación.
Nos callamos nuevamente un instante mientras los indios, que nos observaban silenciosos tres pasos atrás, intercambiaron una mirada de miedo.
Basta de hablar. Si te quedas aquí, mañana estarás muerto. Es cuestión de tiempo que revisen esta parte del río.
Me tendió la mano y me aupó con una fuerza que no esperaba en su delgadez. Me señaló a los indios mientras me ponía sobre el hombro un zurrón de cuero engrasado.
Estos son Ramón y Dimas, su cuñado. Te llevarán por el río hasta una goleta portuguesa. El armador era amigo de tu padre y están avisados del caso. Te sacarán del país. Es lo más prudente por el momento.
Hicimos un nuevo pequeño silencio más por no saber que decir que por otra causa.
En la bolsa creo que tienes ropa, algo de dinero y una carta de tu madre.
Nos quedamos mirando a los ojos. En cierta forma, era la primera vez que veía al Carmona. Pedro Carmona, el hijo, tan parecido a su padre y tan distinto al tiempo. Pedro, al que ya nadie llamaba por su nombre, tan aficionado a las mujeres como a los habanos. Pedro, sin cuya ayuda es probable que estuviese sobre el jergón de un calabozo y no en una pequeña lonja ribereña llena de cochambre.
Recuerdo que nos dimos un abrazo tan fuerte que me dolió la espalda. Los indios, inquietos, ya habían abierto la puerta y nos esperaban fuera.
La noche era oscura y silenciosa. El aire llevaba esa extraña y tranquila indiferencia que siempre tiene la naturaleza hacia los asuntos de los hombres, por muy terribles que estos sean y que añade aún más dramatismo a sus fatalidades por el simple y mero contraste. Seguí con la mirada triste la marcha de Carmona y con los pies desganados a los indios hasta el cercano rio, donde me ayudaron a subir a una destartalada canoa que olía a tripas podridas de pescado. Me tumbaron con gestos en el fondo y me taparon con una manta húmeda. Susurraron algo en un dialecto que no reconocí y las pequeñas palas que seguro serían de araguaney cortaron silenciosamente el agua y empezamos a movernos hacia no estaba bien seguro donde.

viernes, 18 de junio de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 7)

Serían más de las once cuando para desgracia de todos entró Ramiro. Al principio no nos vio. Pero la cosa no tenía mucho remedio. Venía acompañado de Luis Ulloa y alguno más de los de su barra habitual. Desde que le vi, supe que tendría complicaciones, aunque no imaginaba en aquel momento cuantas y en qué largo plazo.
No habían acabado de pedir, cuando ya nos localizaron al otro lado del galpón. Ramiro golpeó con el codo a su primo Julio, un petimetre pagado de sí mismo que acababa de arribar de España unos meses atrás para hacerse cargo de una herencia. Este tocó a Luis en el brazo y miraron finalmente todos en la misma dirección.
Los Bedia y los Ulloa, hasta donde se sabía públicamente, habían tenido negocios desde lejos y tenían las familias casadas o amarteladas, según la generación que tocase.
Alentados tiempo atrás por espías de Inglaterra, que siempre habían visto la posibilidad de crear un gran emporio en Tacará, habida cuenta de su cercanía con el Río de la Plata, sus abuelos habían estado desde el primer momento en las revueltas de liberación y a pesar de su humilde arribe al país, como tantos hidalgos en pleno ejercicio de la hambruna, y no sin tensiones y dramáticas alternativas, consumaron fructíferamente su parricidio político.
El hijo del viejo gallego cortaba su cordón umbilical y también quemaba las naves. Esta era ahora su tierra, su vida, su límite. La historia comenzaba ahora. Por ello mismo, compartían, sobre todas las cosas, un odio animal que nacía en las vísceras y siempre moría en los Araujo y en los Vergara. Un odio que tenía su origen no solo en las sempiternas refriegas de familias patricias, sino en que su mera existencia les recordaba su pequeña e íntima traición, su éxito basado en la deslealtad que era más propia recriminación moral que falta real. Eran pues, esa molestia que siendo solo sordo murmullo, termina incomodando como una espina en el paladar.
Como era de esperar, se levantaron y se acercaron galleando lentamente hasta nuestra mesa. Se pusieron frente a mí y fue, finalmente, el propio Ramiro el que arrancó.
Vaya, vaya. Aquí tenemos al maturrango de Simón.
La barra Bedia y Ulloa río con estrépito la injuria.
Miré a Ramiro y balbuceé algo que ya no recuerdo, pero imagino que buscaría cobardemente templar gaitas.
Y además de gallego, julas.
Sin mediar palabra, por sorpresa, el Carmona se puso en pie de un salto y empujó a Ramiro con fuerza. Éste, retranqueó unos pasos y a punto estuvo de caer
Ya basta de aguantaros impertinencias, dijo Carmona.
En este punto, toda la taberna, ya colgaba de nuestra mesa. Ramiro no tenía marcha atrás y nosotros, en cierta, manera tampoco. Mañana toda la sociedad de Tacará hablaría de lo que aquí pasase.
Ramiro dio la sensación por unos instantes de no saber cómo salir al paso. La entrada de Carmona no la esperaba, al menos de esa forma. Pero sin duda, la resolvió con brillantez.
No era contigo la pendencia… Aunque que se va a esperar de un marrano que habla siempre como un gallego… ¿no se casó, por cierto, tu madre con un Carmona para darse a conocer?
Primera sangre. Golpe directo. Lo aludido tocaba la entretela de lo íntimo y le vejaba a plena luz en lo más profundo. La sensación de desnudez era tal que producía dolor físico.
Carmona se abalanzó sobre Ramiro y forcejearon durante unos largos minutos. Creo que traté de separarles, pero alguien me empujó y caí de bruces entre el tropel que se arremolinaba por momentos desde la callé. Me levanté justo a tiempo de ver a Ramiro agarrando una banqueta y dando un mal golpe al Carmona que ya no se levantó.
Lo que me sucedió después es lo único que recuerdo con viveza. Emergió una rabia irracional que no sabía tener hasta ese momento, toda la bullaranga del pucho inyectada en las pupilas, inflamando las venas de mi frente, condensada en el sudor de los nudillos, haciendo sangrar las palmas con las propias uñas.
Agarré la primera botella que vi y saltando la mesa que me separaba de Ramiro y del silencio que nos envolvía a todos, le golpee con una violencia, con una velocidad que nadie anticipaba en mí. El primero de todos, yo mismo.
Lo que siguió en las confusas horas siguientes fueron carreras en andas, irreales, desenfocadas. Disparos lejanos, tropel, ahogos, relinchos nerviosos y manos y voces.
Manos y voces de amigos que me alejaban apresuradamente de una Plaza del Callao que jamás volvería a ver.

lunes, 19 de abril de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 6)

La cuadrilla avanzaba dificultosamente entre los indios que pasaban en mucho concurso de hombres y mujeres delante del atrio de la iglesia de las adoratrices.
Llevaban gran porción de cantaros de chicha y grandes asadones y fritangas y sobre todo, lo que más llamaba la atención del forastero, en andas los cadáveres sepultados en todo aquel año de los campos santos. Las blancas calaveras iban compuestas con guirnaldas de flores y adornando con estas sus cuencas.
Todo en una confusión desordenada y bulla de borrachera.
Un indio viejo de arrugas como cicatrices gritaba como un poseso.
Carguen con los huesos para que también se festejen y alegren los difuntos
Todo en aquella fiesta me había dado de siempre un algo de repeluco, pero al resto parecía encantarles. El Carmona no dejaba mulata sin ceñir y sin marcar unos pasos desmembrados de lo que quería ser baile.
Al doblar la calle de San Cristóbal entramos finalmente en la plaza del Callao. La taberna del Comesaña estaba prendida de luces y música.
Los alféreces pasaban en ese momento conduciendo los pendones y tuvimos que detenernos. El Preste iba ataviado con una capa negra y como encargado de dirigir la procesión, iba precedido de dos sacerdotes cubiertos con dalmáticas.
Finalmente entramos en la taberna. El Galpón del Comesaña había sido almacén de ultramarinos y conservaba todavía algo de ese aroma de bodega de bergantín. Aún formaban parte de la decoración grandes cajas de madera que nadie se había querido molestar en trasladar y que servían de improvisados tablados.
En el aire olor de humo de tabaco y aguardiente y sudor que asemejaba alumbre y resecaba las gargantas y las propiciaba a seguir trasegando.
El local estaba lleno pero no vi a Ramiro ni a ninguno de sus amigos. Algo más tranquilo, debí sonreír a la gran negra con delantal que se nos plantó frente a la mesa que acabábamos de ocupar.
Tres botellas de mistela y algo de comer.
Las risas de curda tapaban a las guitarras y así debía de ser desde siempre.
Fuera, mientras, y a mayor honra de las calaveras se daba a las almas las mejores bebidas y comidas.
Y todo esto para su contento y satisfacción, para que colaborasen en llamar a las lluvias y traer una cosecha abundante.

martes, 16 de marzo de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 5)

Recuerdo que salimos a la calle bien de atardecida. Dejamos la piecita en el barrio del puerto que tenía Luis Felipe, por buen nombre el niño, pasadas las diez y con la mirada, todos nosotros, más que turbia. El saloncito del apartamento nos había servido en no pocas ocasiones para ocultar nuestras galeradas y esta era una más.
Salimos a la calle, pues, la cuadrilla de rigor. A saber Pedro Carmona, Justo Aroca que era el mayor de todos, Pedro Legazpi, el citado Luis Felipe y yo mismo.
La plazas estaban llenas de indios, negros y mestizos de toda casta, llenos de ganas de festejar y cubiertos de sudor. La fiesta que se vivía en los arrabales parecía ser el reflejo de un difícil sincretismo en donde los bailes, la música y los siempre extraños rituales indígenas se expresaban al tiempo en imágenes cristianas a las que, solo en apariencia, parecían rendir culto.
Sin embargo, bajo la imagen seglar se desplegaba a sus anchas el animismo andino a través de los ritos sobre la muerte que formaban la principal razón de ser de la fiesta. La muerte que no está todavía, pero que añade la cúrcuma a una vida que todavía lo invade todo. Y no saber por cuanto excita y aterra al tiempo.
A donde vamos
La plaza del Callao estará bien. Y cerca está la taberna del Comesaña.
No quería ir a la taberna. La última vez pleiteé con Ramiro Bedia y no tenía ganas de verle de nuevo. Lo de su hermana no había pasado de par de bailes en la puesta de largo del año pasado, pero el cabrón pensaba desde entonces que Rosita estaba poco menos que comprometida o deshonrada. Mientras los botines golpeaban los adoquines de manera desacompasada creo que hablé sobre la turbamulta sin querer dar demasiada importancia.
Vamos mejor a la plaza del mercado.
Los indios lo llenan todo de huesos y da asco. Al Callao
Al Callao, coño.
A juzgar por el grito estentóreo, el Carmona iba severamente bebido.

martes, 9 de febrero de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 4)

En nuestra casa, que mediaba en la zona que en Tacará se conocía como el alto, se celebraban tertulias los sábados y entre empanadas, pastelitos y grandes candelabros de plata se fraguaban revoluciones de salón y se concertaban casorios. Todos en el barrio la conocían como la casa grande y la definición tenía de ingenua lo que tenía de verdadera. Con no menos de cincuenta piezas y una docena larga de salones, algunos de ellos albergaban los mejores tapices de la Colonia y era orgullo familiar desde hacía más de un siglo.
Mi madre, doña Purificación, Purita para la familia, oficiaba como la viuda de gran señor que era. Siempre con sus vestidos largos hasta los pies armados con incomodísimas enaguas de volados, confeccionados generalmente por sus esclavas o comprados, las menos de las veces, en Londres para las grandes ocasiones. Siempre llevaba peinetones con delicadas mantillas, abanicos y sombrillas para el sol. En su juventud fue una de las bellezas locales y hoy comandaba dignamente esa tierra angosta de lo retenido sin demasiado esfuerzo.
Los mocitos de la casa llevábamos levita, camisas con volados, pantalones angostos o, en ocasiones, polainas, galera y bastón con puño de metal. Bebíamos mate amargo del que llamaban cimarrón preparado en calabaza curada con yerba y las damas mate dulce también cebado en una calabacita pero curado con azúcar quemada que los americanos de Tacará llamaban sugar cane. Cuanto más hombre, más amargo el mate. Yo siempre me sentí avergonzado en silencio, porque prefería el dulce de mis hermanas que bebía a escondidas para quitarme el mal sabor.
Fue un sábado, creo recordar en que se celebraba la fiesta del Sacramento, por mal nombre fiesta de las llamadas, cuando comenzó a enturbiarse eso inefable que llamamos el futuro. Los charangos recorrían las calles haciendo el mayor ruido posible, turbamulta que comenzaban con la propia elección de sus nombres de guerra, tronar de tambores, Kimbará, Sarabanda o sandeces de ese pelo.
La víspera había caído una tromba de agua y viento que había obligado a la autoridad a suspender las llamadas. Todos tomamos las calles el día siguiente con ganas renovadas. Tacará vibraba entera a lonja y madera.
El intendente don Secundino Zimmer, organizador del festejo por cuarto año consecutivo había llegado a casa de mi madre del brazo de su acompañante habitual el bailarín Julio el Canela, que se sabía claramente en sociedad que compartía mucho más que limusina y mantel. Siempre es mejor celebrar fiestas, que guerras, decía el canelita, con ese acento sarasa que tanta gracia nos hacía.
El broche de oro lo pusieron los fuegos artificiales y la murga curtidores del congosto que actuó, especialmente invitada, como oficiantes en el alto. Doña Purita, mi madre, que siempre nucleaba todo evento que se preciase en el barrio, lanzó el pañuelo a los carnavaleros desde la balconada de la casa grande y dio por inaugurada, con el sutil gesto, la noche más permisiva del año, mientras las madres temían los estupros generalizados con la misma violencia que otros los deseábamos.

miércoles, 20 de enero de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 3)

En la colonia, y la colonia era no mucho más que la propia Tacará, porque el resto no eran más que pasto de indios y negros cimarrones, de los que no se podía esperar nada mejor que una buena puñalada; las clases sociales estaban tan divididas que podías perfectamente convivir en el mismo espacio y desconocer tranquilamente su existencia. Era tal que estar desnudo frente a una maceta. El pudor no es algo que puedas sentir frente a lo que no consideras tu igual.
Los negros eran traídos en barcos inmensos desde Angola y Mozambique y en tales condiciones que solían llegar vivos solo uno de cada cuatro de las lejanas casas de esclavos. Tanto era así, que a los que mercaban con ellos en el puerto chico les solían tener, tras el desembarco, unos días con comida y jergón de paja seca para que mejorasen el melancólico aspecto y poder sacar así algún dinero más.
En la hoja local, el imparcial tacarano se llamaba desde que tengo uso de razón, verdadero tablón de anuncios y libelo, sorprendentemente siempre oficial, se podían leer anuncios clasificados del tipo: "Vendo esclavo negro, cocina la yuca y trabaja la tierra", junto con anuncios de “vendo embarcación inglesa con curvas de algarrobo en quilla y codaste, roda de curupay y planeros de roble, viraro e incienso, cubierta de petiribí y tornillos de acero inoxidable”. Ni que decir tiene que siempre preferí los segundos.
Los esclavos negros, como digo, andaban por Tacará generalmente muy mal vestidos, sin ningún criterio y amor al buen combinar de colores y tejidos, con chaquetas y pantalones de bayetón, por lo general descalzos o con ojotas de cuero de cerdo. En mi familia, llevábamos a gala ataviarles con las sobras de los armarios, con lo que solían andar muy ufanos pero algo ridículos con sus pantalones muy largos o muy cortos, según la línea concreta de la herencia que hubieran en suerte.
Cosa distinta eran los indios que se empleaban en las minas de oro y plata de las sierras, pues deben saber en Tacará se llamaban sierras a montes de tres kilómetros, y para cultivar el ganado. No gozaban de ningún derecho, es cierto, pero no eran formalmente esclavos. Eran vasallos del rey de España pero no gozaban de ninguno de los beneficios de la ley. A estos se les tenía prohibido andar a caballo, sentarse en misa, frecuentar teatros y aunque se les pagaba por su trabajo, siempre eran unas pocas monedas de miseria. Indefectiblemente las gastaban en pulco o chicha y andaban, pues, siempre borrachos cuando libraban, que era lo más, un rato los domingos.
Los criollos de Tacará no tenían los mismos derechos que los españoles de la península y esto siempre marcó a fuego un odio violento y sordo hacia el gallego que tenía una buena parte de envidia mal disimulada. Se daba el caso de que las familias de mayor empaque mandaban a las jóvenes casaderas a España de la que regresaban en la medida que trajesen primogénito nacido en la madre patria. Nato o en preñez, que tanto daba. Las clases privilegiadas de Tacará estaban llenas, por tanto, de segundones criollos que antes y sobre todas las otras cosas, odiaban a sus hermanos mayores de pura raza.
Como vemos era la Tacará de mi infancia y mocedad, un hervidero de odios, resquemores y tumores que no daban la cara. La clásica bombonera putrefacta, para entendernos pronto.

lunes, 11 de enero de 2010

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 2)

Debía tener alrededor de los diecisiete años cuando interioricé que el resto de mi vida discurriría entre mujeres de gran tonelaje dedicadas a jugar a la lotería, a las prendas o al tonto y hombres estuprando doncellas zambas que se suponían las mejores en aquello de las artes amatorias.
Mi familia era tan numerosa como cualquier otra y obviamente, mi matrimonio había sido acordado con una de las Sinforosas de los Oquendo del barrio nublo. Ni bien, ni mal. Simplemente no se cuestionaban las cosas. Y yo no era una excepción. Era un pez nadando limpiamente en un mar de mediocridad.
Mi tío José María era un ejemplo perfecto de la producción viril del Tacará de clase alta. Eternamente con casaca y chaleco, zapatos con hebillas y bastón de viraro. Hombre de costumbres, sin fallar un solo día, después de la imperdonable siesta, a eso de las cinco de la tarde, las tiendas se abrían de nuevo y mi tío aparecía lustroso entre los paseantes por el puente de los tajamares, y como buen ave lira conversaba alegremente con quien tuviese la desgracia de sufrirle de las guerras contra Inglaterra, noticias de las Españas o los sucesos más importantes que ocurrían en Tacará, que bien podían ser el embarazo de la primogénita del rector del Cabildo o de las tercianas del cura de Nuestra Señora de las Angustias. La conversación de mi tío solía discurrir fluidamente entre comentarios en francés y alguna interjección británica. No en vano era un antiguo alumno de los dominicos de los pocos que había continuado estudios en Lima y era capaz de soltar sandeces en tres idiomas.
Esta coplilla de los estudios de mi tío bien merece una pequeña alteración de mi historia porque toca de lleno una de las grandes fisuras en Tacará, algo que dividía con más profundidad que la sangre y que se enconaba con más facilidad que los líos de honor. Porque en parte, de ello se trataba.
Tacará, en lo que se refiere a la clase alta, se dividía entre alumnos de los dominicos y alumnos de los jesuitas. A fines del siglo XVI, los dominicos fundaron el Colegio de Santo Tomás y posteriormente los jesuitas el de San Miguel. Inicialmente se impartían clases de latín, filosofía y teología. Pero posteriormente ambos colegios fueron elevados a la categoría de Universidades Pontificias y pugnaban por formar a las clases laicas y seglares. Solo, obviamente a los hombres, porque las mujeres privilegiadas recibían instrucción en los conventos de monjas, donde aprendían a leer, escribir, bordar, cocinar, cantar, e incluso, Dios nos libre, a bailar.

martes, 5 de enero de 2010

Apunte para una novelita por entregas: La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 1)

Supongo que para comenzar de manera correcta debería hacerlo en orden cronológico. Del inicio al fin. Ese del que, creo, me encuentro cerca ahora.
Y si hablo del principio debo hacerlo de mi ciudad, de Tacará. La muy noble y muy ridículamente pomposa ciudad de Tacará. Plagada de campanillas y pronta al olvido y al descrédito.
La Tacará del Norte, que así se llamaba antaño, fue siempre ciudad aislada, roqueña y un punto desabrida. Cierto que las comunicaciones fueron siempre precarias y que eso no ayudó en nada, pero no era menos cierto que la propia ciudad no tenía demasiadas ganas de relacionarse con nadie y mucho menos de intimar con gentes desconocidas que presuponía advenedizos y ganapanes. Tan sólo a fines del siglo pasado ese aislamiento fue cediendo gracias al ferrocarril, a algunas carreteras que la pusieron en contacto con el río Magdalena y a través de éste con la costa Caribe.
En aquellos años, imagino que sería la década de los sesenta, varios escritores de diversas tendencias pero unificados por su evidente falta de talento, se agruparon alrededor de la revista Talismán, fundada y dirigida por el ilustre y plúmbeo don José María Araujo y Vergara. Este y no otro para mi desgracia, fue mi señor tío, el hermano pequeño de mi madre que Dios guarde. Si le place.
La vida cultural de la ciudad se concentraba en las tertulias literarias que durante el lejano siglo diecinueve permitieron a los tacaranos compartir sus inquietudes literarias, políticas y asistir al tiempo a mediocres presentaciones musicales y de obrillas dramáticas a cual más pretenciosa y fútil.
En el Teatro Maldonado se llevaban a cabo representaciones de teatro cómico y de ópera que indefectiblemente era italiana y ya a finales del siglo XIX Tacará contaba con dos teatros importantes: el Teatro de Cristóforo Columbus, inaugurado en 1892, y el Teatro Municipal, inaugurado seis años después, que ofrecía zarzuelas, revistas musicales y en carnaval alguna opereta picantona que recibía críticas unánimes y llenos absolutos a partes iguales. También, no es menos cierto, fueron escenario de importantes pasajes de la historia nacional durante las décadas siguientes, amén de servir de prestado tálamo para los amoríos y escarceos impropios de tres generaciones de tacaranos.
Durante los años siguientes, a pesar de los constantes levantamientos, algaradas y guerras civiles que alteraron el normal desarrollo de la nueva república, en Tacará se conservaban las tradiciones y costumbres que se remontaban a la época colonial, combinadas con algunas nuevas influencias europeas. En las reuniones y en las tertulias se impusieron ciertas comidas y refrigerios: el chocolate con colaciones y dulces elaborados en las casas se servía en las noches de otoño, y el ajiaco se convirtió, asimismo, en el plato típico. En las veladas nocturnas se tocaba torpemente en el piano las piezas musicales de compositores locales, y en las reuniones más numerosas se bailaba el pasillo, una forma de vals rápido llamado así por los pasos cortos que se daban al ejecutar la danza y que alcanzó categoría de locura colectiva en algún momento. Todo era increíblemente provinciano y absurdo, pero forma parte en cierta forma de lo que soy y no puedo dejar de sentir cierto cariño.
Y así, en estas ñoñerías y otras parecidas que mal recuerdo, malgasté los primeros veinte años de mi vida.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Generalidad L

La exigencia de disponer de certidumbres es algo consustancial al ser humano, pero no deja de ser un vicio intelectual que nos ha llevado como especie a cometer increíbles y dramáticos errores.
La propia búsqueda del conocimiento, de la filosofía en sentido etimológico, se basa precisamente en la creencia de que el conocimiento es bueno, aunque lo que se conozca sea doloroso.
Tal vez lo correcto sea admitir sencillamente que hay espacios en blanco en el mapa del conocimiento, sin caer en los extremos del dogmatismo y del escepticismo que son, en cierto sentido, filosofias absolutas ambas. Una está segura de saber y la otra de no poder hacerlo en absoluto.

Generalidad XLIX

Los cambios en las sociedades son tecnológicos, o en un sentido amplio, científicos. El progreso es, necesariamente, ético.
Hablamos de como dominar lo que nos rodea y de que hacer después con ese dominio y con las consecuencias que se derivan del mismo.