lunes, 21 de octubre de 2013

Generalidad LVI (La Adm. de Justicia como catalizador económico)


Ante una tarea tan esencial como la que al Poder Judicial corresponde, es evidente la necesidad de una reforma que parta de un sincero y explícito reconocimiento: la actual organización judicial española no corresponde adecuadamente a las necesidades de una Administración de Justicia moderna y eficaz. Está, por lo mismo, necesitada de una sistemática y completa puesta al día.”

La cita anterior, podría haber sido pronunciada por cualquiera que haya ejercido alguna competencia en la administración de Justicia española en los últimos años. Es más, podría perfectamente aparecer impresa en la próxima edición de cualquier periódico y pensaríamos que forma parte del mensaje político más actual.

Sin embargo, está fechada en un mes de septiembre del ya lejano año de 1978 y fue pronunciada por Landelino Lavilla que, en aquel momento era, a la sazón, Ministro de Justicia, en el acto de apertura del año judicial.

Que la administración de justicia es la asignatura que hemos pospuesto colectivamente en su necesario proceso de modernización, es algo tan reiterado que se ha convertido en ese tipo de lugar común que comienza a tener el descrédito de lo que largamente se anuncia y no se cumple.
Treinta largos años después, estamos en un punto aparentemente similar al que señalaba el Ministro: necesidades de reforma en las desfasadas plantas judiciales, necesarias modificaciones en procedimientos obsoletos e inyección de medios materiales y personales que situé en la vanguardia al único poder del estado que sigue manejando herramientas tecnológicas inadecuadas, en contraste con los sistemas de elecciones populares, la Hacienda Pública, el Catastro, la Tesorería General de la Seguridad Social y últimamente, la Dirección General de Tráfico, por solo citar algunas de las mas conocidas.

En nuestro descargo, podríamos argumentar que en la actualidad, la Administración de Justicia debe abordar los esfuerzos de modernización en uno de los escenarios económicos más adversos de las últimas décadas. Y obviamente, puede aparecer la sensación de desánimo y de innecesaridad.
Pero, muy al contrario, este contexto debería ser un estímulo para continuar el camino iniciado e incluso, reforzarlo, y no para ralentizarlo. Las consecuencias de no hacerlo de este modo podrían ser nefastas para nuestra economía. Y ese, y no otro, es el eje central de estas líneas.
En los últimos años, la relación entre lo que hemos llamado el funcionamiento eficiente de la Administración de Justicia y el desarrollo económico de los diversos estados nacionales, ha llamado la atención de los muchos economistas, así como de buena parte de los organismos internacionales de crédito.

Sin embargo, hasta hace bien poco, no ya los diferentes actores económicos, sino los propios ciudadanos, se habían mantenido alejados (salvo algún desafortunado y trágico incidente que, de tanto en tanto, situaba a la Justicia en la actualidad), pensando, tal vez, que se trataba de una cuestión técnica ajena a sus actividades diarias y, en cierta forma, politizada. Necesaria, pero lejana.

Pero la crisis en la que nos debatimos tratando de escapar de un temido periodo de recesión, sitúa nuevamente la acción de la Justicia y su potenciador impacto económico en una completa actualidad.

Cabría preguntarse, antes de nada, si merece la pena el esfuerzo. Dicho de otro modo, cuánto y, sobre todo, cómo (si es que lo hace) incide la acción de la  Justicia sobre la economía.
Pues bien, en esta línea, estudios de la OCDE, estiman que la existencia de seguridad jurídica y su adecuado funcionamiento, puede llegar a incidir hasta un 15% en el crecimiento del Producto Interior Bruto nacional.

En países de nuestro entorno, donde afortunadamente no hablamos tanto de seguridad jurídica como de eficiencia en el procedimiento, el porcentaje se sitúa en valores mucho menores, entre un 1% y un 1,5%. Pero, ¿quien renunciaría en este momento a un incremento que superaría ampliamente los 10.000 millones de euros?

Para avanzar con el argumento, demos estos datos como razonables y convengamos, al menos, que parece evidente que nos encontramos frente un tema al que merece la pena prestar una cierta atención, aunque solo fuera desde el punto de vista utilitario. Obviando, por mera simplificación, lo que es evidente: Que la existencia de un sistema judicial óptimo es esencial en la vida del país, muy por encima de estas conclusiones prácticas.

Parece, por tanto, que mejorar nuestra Administración de Justicia, hacerla más eficiente, tiene efectos beneficiosos en la economía. Parece simple, ¿no?. Hagámoslo, podríamos decir.
Pero antes de lanzarnos por este camino algo atolondrado, hagamos un breve receso y antes de hablar del cómo, hablemos un poco del qué. ¿Que queremos decir con eso de una Justicia eficiente? Simplificando al máximo, una justicia eficiente seria aquella que respondiera las siguientes objetivos básicos:
·  
  • Procedimientos centrados en lo esencial: Resolución del conflicto y no el seguimiento de un “ceremonial litúrgico” procesal.
  • Resolverlo del modo más rápido posible.
  • Hacerlo al menor coste para las partes y para la sociedad en su conjunto.
  • Transmitir a los involucrados y a terceros el mensaje claro de no impunidad.

Inducir que el sistema judicial sea utilizado sólo cuando no haya otro mecanismo capaz de proporcionar igual resultado o hacerlo con un menor coste social, tratando de rebajar el proceso de judicialización incremental en el que hemos entrado desde la pasada década y que amenaza con colapsar el sistema en un plazo no muy lejano.

Muy simple, es cierto, pero nos puede bastar como idea para centrar el qué y regresar al cómo.
En la fase en la que nos encontramos actualmente (evaluar  y modernizar tecnológicamente los sistemas judiciales), nuestra propuesta es de nuevo, engañosamente simple: cuestionarnos si los sistemas judiciales que estamos diseñando, lo están siendo precisamente para alcanzar esos objetivos que acabamos de enumerar en cinco puntos. Siendo honestos, creo deberíamos convenir, en que salvo contadas y honrosas excepciones, la respuesta es negativa.

En el momento actual debemos cuestionarlo todo, porque precisamente estamos en una encrucijada en la que no deberíamos permitirnos errores. Estamos en una encrucijada que puede ralentizar nuestro crecimiento décadas, como sucedió con la Alemania de entre guerras o mas recientemente con Japón y en la actualidad, previsible y fatalmente con Grecia. Debemos pararnos y cuestionarlo todo.

Y esto es especialmente grave porque no hacerlo del mejor modo posible, nos lleva a  hipotecar el futuro inmediato. Y ello es así, porque la incidencia de la Justicia sobre la economía, que hemos solo enunciado, tiene que ver con su influencia sobre la producción y los negocios en general.

Y esto es fácil de observar, porque cuando hablamos de procedimiento judicial, lo hacemos de elementos tan comunes como la protección de los derechos de propiedad, la fuerza legal y la coerción judicial a los contratos, de los costos de las transacciones, de la influencia de las expropiaciones, del costo económico de las dilaciones en los señalamientos y del excesivo uso del recurso, etcétera.

Ahora bien, si admitimos que en toda economía de mercado, como la nuestra, la  mayor parte de las inversiones son actos jurídicos, en los sistemas institucionales deficientes la incertidumbre ocasionada por la inseguridad jurídica excede y relega a los tradicionales elementos de incertidumbre (fluctuaciones del mercado, coyuntura, materias primas, tipos de cambio, avances tecnológicos, etc.), por lo que se podría concluir que a mayor seguridad jurídica, a mayor eficiencia en el procedimiento, se produce una mayor capacidad de crecimiento económico.

Y el tema de la eficiencia interesa para determinar algo tan básico como analizar si los recursos, humanos y materiales, son suficientes o correspondería incrementarlos.

Es más, antes de ello, deberíamos analizar si estamos ante un problema de falta de recursos o es más un tema de productividad, que puede verse ampliamente mejorado con el uso de tecnologías de la información, como ya ha sucedido en muchos otros ámbitos, tanto privados o públicos con anterioridad.

Reducir, por tanto, la incertidumbre, mejorar la eficiencia y modernizar tecnológicamente (con elementos que por cierto, y esta es una magnífica noticia, son ya viejos en otros ámbitos) es una prioridad que no podemos permitirnos el lujo de posponer como nación otra década más.

jueves, 17 de enero de 2013

Generalidad LV (Una necesaria renovación moral)

Empecemos con algo que gusta por igual a la mayoría de los políticos y directivos de compañías privadas que conozco: el lugar común. Ese amigo de los niños, que diría el bueno de mi amigo Justo. Vamos a ello: Vivimos tiempos convulsos. Ya está dicho.
Muchos factores hay que expliquen este panorama, la mayor parte de ellos económicos es cierto, pero no son ni mucho menos los únicos, ni por supuesto las razones primeras ni las últimas. Se habla, entre otros y cada vez más, de la falta de ética o de la ausencia de moralidad como uno de los elementos básicos en toda esta agitación. Puede ser y creo probable que así sea. Pero como me siento incapaz de hablar de temas morales con cierta solvencia y mínima autoridad, este no será el guion de mi discursito.
Definamos en primer lugar de manera adecuada para tratar de entendernos. Convengamos en llamar simplificadamente moral al conjunto de normas por las que el hombre se rige la conducta en concordancia con la sociedad en la que habita y consigo mismo, y ética, al estudio racional, entre otras cuestiones, de la propia moral.
Es decir, la moral es algo así como la legislación rige el comportamiento y la ética, la ciencia que trata de estudiarla. Por tanto, podemos decir que una idea es moral o amoral respecto a un referente concreto, y por tanto cambiante, pero sería ridículo definirlo como ético. Podríamos estudiar la conducta desde un punto de vista ético, pero no definirlo con ese adjetivo.
En fin, yo hablaré de algo más terroso y aparentemente sencillo. De la integridad. De esa moralidad en pantuflas que, aunque sirve comúnmente como sinónimo de la misma, baja a una cotidianeidad mucho más palpable y de manejo más simple. A menudo resulta difícil definir una acción como inmoral, pero es mucho más sencillo tacharla de ausente de integridad.
Sobre aquello que consideramos integro y damos en definirlo como tal, decía el norteamericano Stephen L. Carter que hay tres elementos claves para tratar de definir este esquivo concepto: Distinguir, mediante la reflexión y el análisis, lo justo de lo injusto; ser capaz de actuar en consecuencia, aunque suponga un coste personal y finalmente, declarar sin ocultación, la adhesión a lo que consideramos justo o simplemente correcto.
Esta definición, discutible sin duda, no deja de ser una referencia que me resulta válida para avanzar en el tema, ubicando definitivamente a la integridad en los dominios esquivos de la propia conciencia, de la propia e intransferible acción reflexiva que nos lleva a distinguir lo correcto de lo que no lo es. Y aquí radica lo difícil del proceso, el segundo y tercer paso (la actuación consecuente y la declaración sin ambages) precisan de valentía, es cierto, de grandes dosis de coraje, pero el primero requiere capacidad analítica, discernimiento y un marco de referencia en la discriminación de lo óptimo (lo que nos llevaría sensatamente al absoluto relativismo de la óptica híper racionalista de Nietzsche, pero que vamos a descartar por lo complejo y estéril del debate a que me precipita).
Admitiendo, por tanto, la imperfección del discurso como necesario para el mínimo avance intelectual, lo que resulta palmario es lo importante que resulta acertar en esa primera fase reflexiva cuando sancionamos la corrección de una postura. Tanto es así que uno puede perfectamente actuar con integridad pero haberse equivocado por completo en el juicio previo. Pensemos en la idea de integridad tan diferente que subyace en un régimen fascista o en la estructura de un ejército o en una célula terrorista, por solo citar algunos ejemplos. Es más, si el proceso de discernimiento es genuino y honesto, podíamos declarar a la persona criminal o imbécil, pero desde su óptica concreta y la de su colectivo de referencia podría ser perfectamente integra (al menos desde la virtual infinitud de “integridades” a la que nos enfrentamos). Acertar es francamente difícil y mucho más si lo sometemos al arbitrio del tiempo. La denuncia de un judío emboscado en la Alemania de 1941 era un acto integro para la moralidad imperante, pero desde la consideración posterior se ha convertido en una iniquidad.
¿Hablamos, por tanto, solo de integridad cuando la acción corresponde con el sentir de la mayoría? ¿Es por tanto la acción integra necesaria de revisión permanente? Es evidente me parece. El concepto de lo integro dos siglos atrás no se corresponde exactamente con lo que hoy definiríamos como tal. Y lo mismo sucede con culturas o marcos religiosos diferentes aún en el mismo tiempo histórico.
La enorme dificultad a la que nos aboca este proceso es a la tarea individual de tratar de descarnar los zócalos mentales que nos sustentan y en ese proceso de deconstrucción, buscar los mínimos valores compartidos (si es que existieran) que permitan establecer un mínimo de integridad que podamos compartir al margen de la temporalidad, la distancia y los referentes socio culturales.
Parece, por ejemplo, que la intuición, si es genuina, puede ayudar en el proceso de discernimiento. En cierto modo, las actitudes consideradas integras (no olvidemos que la integridad está enmarcada fundamentalmente en el campo de la acción mas que de las ideas) lo son no por su esencia, sino por la aceptación por una colectividad.
En cualquier caso (y este es el elemento que me interesa), llama la atención aunque no tanto tras lo expuesto en el párrafo anterior, que Carter dijera que la integridad es cara (“expensive”), pero bien pensado hay que darle la razón: cuesta cara, es casi un lujo. Más o menos, por la misma razón por la que la simple sinceridad acarrea problemas, y es más rentable expresarse en términos de lo políticamente correcto o como decíamos al principio en ese gran foro del lugar común. Se está más aceptado por el colectivo y de modo contrario se inicia el frío y feo camino de la exclusión social. Pero es un camino que no podemos dejar de recorrer.
Creo que nuestras sociedades sufren una ausencia de referentes morales que venían fundamentalmente de campos como la religión o la política. En los últimos tres siglos nuestra civilización avanzó en la creación de una nueva moral, eminentemente racional y laica, pero desde la última mitad del siglo pasado y con especial violencia desde los ochenta, hemos dejado todo en aras de la laxitud de una moralidad puramente económica. Y aunque su virulencia nos haya asustado tanto que hemos empezado a incorporar elementos como la responsabilidad social corporativa o conceptos como la sostenibilidad, la realidad es que en esencia la ausencia de límites lógicos (o no tanto, pero límites al fin) que siempre ha supuesto los códigos éticos, nos precipita a la jungla de la ley del más fuerte. Sin duda, el poder económico, el poderoso caballero de Quevedo.
Creo que disponer de una nueva moralidad, digamos civil, sería algo bueno. Más que eso, necesario. Obviamente revisable y mutable como toda moralidad. Pero es mejor una mala ley que ninguna. Y en el mundo global que nos toca ya vivir, esto es básico. Lo contrario nos está llevando a la repugnancia cada vez que leemos un periódico.
 
Y para terminar, otro lugar común. No tratemos de cambiar el mundo, cambiemos nosotros. Aunque sea poco. Busquemos ser referentes de esa moralidad en zapatillas, demostrar que es posible. Hagamos nuestra aquellas hermosas frases del Cyrano de Rostand:
 
"- ¿Por qué actúas así?
- Erré en el camino, busqué el sendero apropiado a mi destino y lo encontré.
- ¿Cual?
- Pues de todos el más sencillo, decidí ser un hombre admirable, no un pillo.”

viernes, 4 de enero de 2013

Generalidad LIV

La inercia de las infraestructuras, de las entretelas de una sociedad, eso que llamamos de manera común la vida cotidiana, constituye una parte de lo que Hans Dieter Schäfer definió, hace algo más de treinta años, como la conciencia disociada. Las cafeterías siguen ofreciendo café, la formación de los escolares requiere estudio, las familias y amigos se congregan en las celebraciones y el abuelo enfermo aún requiere que se le cuide.

Aun cuando sea evidente que en el último lustro ciertos niveles de nuestra sociedad estén transformándose a un ritmo vertiginoso, un número incontable siguen siendo exactamente como eran. Y es nuestra propia vida diaria la que con su mecanicismo, su maquinal discurrir, está impidiendo no solo que veamos la increíble transformación de nuestra sociedad, sino impide, en cierto modo, una reacción vivaz y poderosa. Algo que no deja de resultar llamativo.

De otro lado, el mantenimiento (incluso el fortalecimiento) de estructuras como la familia, la comunidad, del tipo que sea, o de comportamientos sustitutivos como la caridad frente a la solidaridad, por solo citar alguno, impide que seamos plenamente conscientes de que avanzamos en una senda de honda escisión social y que está generando nuevos grupos de excluidos y de pertenecientes. Que en definitiva, está cambiando la propia esencia de las costuras que definen y mantienen cualquier colectivo, cualquier sociedad: la definición de las características de inclusión al colectivo. La propia integración social en definitiva.

El proceso de integración y de exclusión existe en cualquier sociedad por el simple hecho de serlo. Y es básico para entenderlas. La nuestra está haciendo dos cosas y a toda velocidad: Modificar los procesos de exclusión y aún más grave, normalizarlos. Deberíamos reflexionar algo más sobre ello.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Generalidad LIII (El Declive del Estado-nación)

La construcción de los Estados-nación en los siglos XIX y XX fue en buena medida, y no creo pueda negarse, el resultado de logros extraordinarios de eso que hemos dado en llamar de modo genérico “sector público”. La larga lista de éxitos incluye elementos tan cruciales la educación universal, los distintos sistemas de pensiones así como otras formas de ayudas y subvenciones económicas, la reducción generalizada de los índices de pobreza, la construcción de redes y sistemas eficientes de transporte como no se habían avanzado desde los tiempos del imperio romano, las regulaciones sensatamente prudenciales de la actividad económica y la promoción de la ciencia y la tecnología, por solo citar algunas. Gracias al buen trabajo de los aparatos estatales, la población de estos países amplió sus tasas de supervivencia, se redujo la miseria urbana, disminuyó drásticamente la mortalidad infantil y muchas enfermedades endémicas fueron eliminadas con masivos sistemas de vacunación que aún conservamos en nuestros sistemas públicos de salud.

Cabe preguntarse como los estados consiguieron tales éxitos, si la idea de eficacia y eficiencia en los rendimientos de los insumos públicos no estaba siquiera esbozada. Hay múltiples razones, pero buena parte de la respuesta tiene que ver, creo, con los progresos que se dieron en la maquinaria de gobierno, y en particular en dos aspectos sobre los que quiero centrarme: la introducción del sistema de mérito en el empleo público y el presupuesto moderno.

Los gobiernos tuvieron éxito en la construcción de los estados nacionales porque consiguieron atraer a los mejores al servicio público y en segundo lugar porque, aunque de un modo que ahora nos puede parecer simple, consiguieron establecer una estructura y un límite a la estructura de gasto público al tiempo que se vinculaban estos con la captación de recursos presupuestarios (y creando al tiempo una nueva importantísima característica a la definición de ciudadanía: aquel que sostiene con sus impuestos el aparato de prestaciones estatales al margen de cuestiones de raciales o confesionales).

Ambas características se encuentran en declive y aunque los procesos son largos, la trascendencia de lo que se apuesta es tal que merece unos minutos de reflexión.

La función pública, amen de haber perdido una ética en la prestación del servicio (dando por sentado que alguna vez la tuvo heredada de aspectos ideológicos e incluso religiosos), ha sido erosionada por poderosas fuerzas socioeconómicas, entre ellas la creciente distancia entre la remuneración publica y las oportunidades en el sector privado, la dependencia creciente en el mercado y en los contratistas privados para la provisión de servicios públicos y el declive generalizado en la estima que se tiene por los funcionarios públicos (tema este que en sí mismo merece discusión aparte).

Y el presupuesto se ha quedado obsoleto desde dos ámbitos. Por un lado, no es un solo un contrato, ya que desempeña otras funciones además de la asignación de los recursos públicos. Es una apelación política a los votantes, una declaración de las ambiciones gubernamentales, una guía de política económica, una base sobre la que organizar las actividades y el trabajo gubernamental, un proceso para extender las decisiones del pasado hacia el futuro y una forma de financiar las diversas actividades públicas. Y de otro, aún con excepciones notables, los presupuestos rara vez parten del rendimiento de las inversiones para la elaboración futura de los mismos. Del mismo modo que no fijamos la retribución de los funcionarios en base al rendimiento, o no responsabilizamos a los directivos públicos por los resultados. Los esfuerzos por presupuestar en base al rendimiento casi siempre fracasan, al igual que las reformas que intentan vincular salarios y rendimiento. La contabilidad de costes es un requisito de esta versión ampliada y necesaria del presupuesto por resultados y pocos gobiernos han invertido en ello porque tienen pocos incentivos para hacerlo. Frente a lo que sucede en el sector privado, no existe la necesidad de recuperar costes y raramente cobran por los servicios en función del consumo realizado.

Lo anterior, junto con muchos otros factores de influencia, ha generado una cultura del gobierno de la cosa pública con débil nivel de asunción de responsabilidades, falta progresiva de profesionalidad en la función pública e incremento de la corrupción, del tipo que sea. Y lo que es peor, y es el nudo central de mi idea, la erosión del propio Estado tal y como lo entendemos.

El Estado-nación jugó un papel crucial en la construcción de la democracia y el mercado actuales. El mundo sería más pobre, menos democrático y los individuos menos libres y con menor nivel de acceso a servicios públicos si el Estado no hubiera florecido en el siglo pasado. No es una casualidad que el Estado-nación creciera en tamaño y prominencia, al mismo tiempo que se expandieron los mercados y los individuos ganaban en prosperidad y libertades. Pero, como otras instituciones antiguas, el Estado se esta descomponiendo lentamente y la demanda de rendimientos, de eficacias, ha dirigido la atención colectiva a sus disfunciones.

Los agravios de los ciudadanos contra sus Estados-nación son formidables: se le acusa de estar distante de las necesidades reales de sus ciudadanos, de hacer un diseño y una entrega uniformada y despilfarradora de sus servicios, de haber creado una burocracia compleja y fría, de tener procedimientos rígidos y complejos que inhiben el rendimiento y se convierten más en fines que en medios, de ser insensible a las necesidades e intereses de los ciudadanos, de estar mas dedicado al control formalista que a los resultados y, más últimamente, de ser  incapaz de enfrentarse a las fuerzas de la globalización que atraviesan y desgarran las fronteras de los Estados.

La demanda contra el Estado-nación por su bajo rendimiento descansa, en mi opinión, en dos razonamientos: uno gerencial, de pura gestión y otro de tipo más político. El primero nos aboca a nuevos medios de prestación de servicios y el segundo, a nuevos esquemas de distribución del poder político.

El problema del razonamiento político es que todas las posibles alternativas al Estado-nación presentan un “déficit democrático”, un eufemismo con el que disimulamos sus serias deficiencias. Y la disyuntiva es si conviene sacrificar un poco (o quizás mucho) la democracia política en el altar del rendimiento como un precio razonable para conseguir el resultado deseado.

Este punto de vista que puede parecer un tanto difuso es evidente y lo estamos viviendo con extrema nitidez en la actualidad con las propuestas que nos llegan desde las nuevas instituciones internacionales que se han auto-legitimado como nuevas formas de gobernabilidad que carecen de requisitos elementales de la democracia política (no hay más que pensar en el poder actual del FMI o del BCE sobre las vidas de millones). Y también lo es desde la presión que sufren los Estados-nación desde hace décadas para descentralizar los servicios entregando su control operativo a los gobiernos regionales y locales. El argumento en defensa de la descentralización es que los gobiernos nacionales están muy distantes y muy sujetos al criterio de la única talla para acomodarse a las diferencias en necesidades y preferencias más locales.

¿Y el futuro más inmediato? La rendición eficiente de resultados de los Estados-nación como derecho para las personas que los conformen seguirá, a mi juicio, dos caminos diferentes: Uno es el del reconocimiento de los derechos como parte de la ciudadanía y el otro la asociación de estos derechos al poder de un cliente en una relación contractual.

El primero ve el rendimiento como producto del trabajo de organizaciones publicas, el segundo lo trata a través de la pura competencia de los mercados. Las dos fórmulas pueden coexistir, pero el punto de equilibrio entre las dos puede variar considerablemente según los países. En el mismo país algunos servicios pueden ser provistos simultáneamente por el Estado y el mercado. Camino en el que estamos, en concreto España, claramente embarcados.

Y no hay que olvidar algo que es un hecho indiscutible: el creciente distanciamiento de los ciudadanos de la vida política en muchos países democráticos, bien porque los beneficios que se esperan del Estado se consideran derechos adquiridos o porque se consideran inadecuados o devaluados.

No es exagerado afirmar que en el futuro buena parte del carácter del Estado-nación va a depender de cómo se resuelva la tensión entre los modelos de cliente o ciudadano de estos derechos. El Estado rendirá de forma diferente en función de que trate a las personas como ciudadanos o como clientes.
En todo caso, el declive del Estado-nación empieza aquí, en la conversión de los ciudadanos en clientes.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Generalidad LII (La importancia global del conflicto Sirio)


Vamos a hablar un poco de geopolítica y así levantamos la cabeza de nuestro particular y macilento pesebre. Leo en una publicación de la Brookings Institution, temas de futuro francamente interesantes, que me gustaría compartir muy brevemente.

Que la orientación estratégica de los Estados Unidos en cuanto a su política exterior se encuentra enfocada hacia el Pacífico es algo evidente. No es casualidad que los tres primeros viajes de Obama tras la relección hayan sido Myanmar, Camboya y Tailandia.

Y uno este hecho con un reciente informe de la Agencia Internacional de la Energía que situaba a Estados Unidos como la mayor potencia energética en menos de una década gracias a la revolución de los hidrocarburos no convencionales. Según este informe, nada cuestionable, en el año 2020 los EE.UU serán los mayores productores mundiales de petróleo y de gas. La autosuficiencia energética es la coartada perfecta para retirarse progresivamente del polvorín de Oriente Próximo, al que tanto esfuerzo ha dedicado y con tan pocos réditos.

Poner, por tanto, foco a una de las regiones con mayor crecimiento económico pero con fuertes tensiones nacionalistas (no olvidemos los últimos problemas territoriales entre Japón y China) exigen que se apueste por crear estructuras regionales de seguridad y por reforzar aquellas que permitan la integración económica en nuevos mercados transfronterizos asiáticos.

El problema a fecha de hoy es constatar si las tensiones de Irak, el eterno conflicto entre palestina e Israel, la crisis de Irán y la guerra civil Siria, por solo citar los fundamentales, les permite poder centrarse en los nuevos objetivos.

Y de todos ellos, el conflicto sirio es, en mi opinión el más significativo, porque en él se están ensayando los nuevos patrones del conflicto en la región que no deja de ser la lucha de poder entre los musulmanes suníes y los chiíes. Los primeros representados por Arabia Saudí, los Emiratos, Turquía y los hermanos musulmanes y los segundos, básicamente por Irán y Hezbolá.

De su evolución, se detraerá la obligada posición de Rusia y China, tensando las relaciones en los polos de poder regionales.

martes, 24 de julio de 2012

Generalidad LI (La Transición Inacabada)

Es cierto que la dificultad de acceso a  los mercados financieros se inició fuera de nuestras fronteras. Admitamos también que no lo es menos que la construcción europea nos ha pillado con el paso cambiado, a medio terminar, con una política monetaria común y una inexistente política fiscal y económica. Es verdad, y aún más importante, que en la última década se han incorporado plenamente a la economía global tres quintas partes de la población mundial y lo ha trastocado casi todo, desde la demanda energética y de materias primas, hasta la propiedad de la deuda internacional y los tipos de cambio.

Todo esto es completamente cierto, pero a la tormenta de fuera, hay que sumar nuestras propias y no pequeñas goteras: Nuestro fortísimo apalancamiento en la financiación foránea, nuestro modelo económico en sectores extensivos en mano de obra y baja rentabilidad, nuestro juego irresponsable con las cosas de comer haciendo de la vivienda (el tradicional ahorro del pobre patrio) el producto especulativo por excelencia,  etcétera, etcétera.
Podíamos estar con la letanía durante un mes, pero sabe a sopa de pobre y francamente estraga y aburre. Al menos a mí. Nos dolemos del endeudamiento público y privado, de la factura energética, del flaco papel del Banco Central Europeo, del modelo educativo y sus miserables resultados, del desplome bursátil, de los niveles de desempleo, de la corrupción y, últimamente, hasta de la casa real, pero seguimos sin tocar el corazón de nuestro problema que viene de más lejos y es, creo, más profundo y de mucha más difícil resolución. A saber, una transición inacabada.

Cuando nos encontrábamos saliendo de una dictadura de casi cuatro décadas, teníamos sobre todo miedo, mucho miedo. Y era bueno, porque el miedo es coraza frente al peligro. Miedo a una nueva dictadura militar a la argentina, miedo a un desmembramiento nacional que nos abocaba a no sabíamos donde, miedo a una escalada de terrorismo de corte nacionalista o simplemente político, miedo a una nueva guerra civil.

Y se hicieron un par de cosas que, en mi opinión, estuvieron francamente bien. Se sacó de la chistera el estado de las autonomías para dar solución al problema de la burguesías litoralizadas que venías reclamando desde el inicio de siglo pasado, por decir una fecha razonable, un mayor nivel de independencia (básicamente económica, no nos engañemos) respecto al resto del país y, en segundo lugar, dotamos a los tiernos partidos políticos, buscando consolidarlos, de un diseño reforzado que se concretaba en instrumentos como listas electorales cerradas, selección opaca de candidatos, inexistencia de legislación que regulase los procesos internos, financiación pública y cooptación de candidatos a la totalidad de las instituciones, incluidas las financieras.

Sinceramente, creo que no estuvo mal, lo primero buscaba no desgarrar costuras y abrir nuevos melones hasta encontrarnos dentro de la unión europea (que se antojaba como un sueño) y que fuera ese nuevo y deseado marco global el que permitiese reabrir debates.

Lo segundo nos abocó a una democracia “partitocrática” que dejaba todo el poder en manos de estas nuevas  estructuras, pero que parecía (y lo era objetivamente) mejor que cualquiera de las opciones que tanto nos atemorizaban.

Lo malo de ello es que se plantearon necesariamente como transitorias.

Y camino de las cuatro décadas, las hemos hecho permanentes. El crecimiento orgánico se ha hecho metástasis pura.

Las autonomías han devenido en monstruos de gasto descontrolado y, lo que es peor, descoordinado. Los partidos se han convertido en las grandes multinacionales nacionales que  dan trabajo a centenares de miles de individuos afectos (en el modo de cargos electos, personal de confianza, asesores o de libre designación), que controlan miles de empresas públicas, que han gestionado cajas de ahorros con un absoluto amateurismo y han creado una nueva categoría laboral, el político profesional, con un fin personal perfectamente obvio y lógico: el propio mantenimiento de su puesto laboral.

Ahora demonizamos la función pública como uno de los causantes de los elevados niveles de gasto y conviene puntualizar algo. Nuestros ratios de función pública se encuentran perfectamente contenidos en los valores medios de los países de nuestro entorno y por cierto, no pagados en demasía.

En nuestra función pública el problema es bien otro. O para ser precisos, bien otros: La productividad y la ausencia de gestión. Al funcionario se le permite ser altamente improductivo y lo que es aún peor, no siéndolo en absoluto, no poder crecer profesionalmente en ningún aspecto.

Y lo de la ausencia de gestión es en sí mismo caso aparte: Se desconoce el coste de los servicios en un sentido global, no existen procesos de evaluación, ni de coste de oportunidad, ni de factibilidad, ni de beneficio, ni analíticas, cuesta dar datos de personal adscrito o simplemente del patrimonio afecto a una actividad hasta el punto de no poder hacerlo más que mediante estimaciones (se imaginan una empresa que no fuera capaz de decir si quiera con certeza de cuantos recursos humanos dispone). Y lo que es peor y da pudor decirlo, en realidad no se quiere que existan, porque en la ausencia de herramientas e información de gestión no hay ni blancos ni negros, todo es de ese gris mortecino que favorece el café para todos y las bajadas salariales lineales (una de las acciones más injustas y menos motivantes que he visto en los últimos años, tal vez solo igualada con la vergonzante actuación del sindicato público, pero esto es otra historia en sí misma)

Pero volviendo al tema, ¿Quién puede o debe terminar nuestra transición? ¿La propia estructura de partidos que ha vivido tan estupendamente durante años en la inepcia y la ausencia de responsabilidades más allá de la reeleción? ¿De verdad todavía no ha llegado el momento para retomar los grandes pactos de estado? ¿Tan alejados están los aparatos de los partidos que son incapaces de percibir que la sociedad está en una hartura e indignación inédita en décadas? ¿Aún creen que les concede algún mínimo rédito el mutuo lanzamiento de inmundicia y culpas? ¿De verdad vamos a dejar como nación que nuestra transición se finalice en Bruselas o en Berlín o, lo que es peor, sobre los parquets de los consejos de administración de corporaciones o de entidades financieras? ¿Vamos a permitir que el futuro colectivo, el que es nuestro pero no solo, esté fuera de nuestro control por décadas? ¿Vamos a dilapidar el primer cuarto de este siglo?

Nuestra estructura política tiene una última oportunidad para cambiar lo que empieza a ser un clamor. Sordo, soterrado, pero clamor al fin: Que para la clase política que tenemos, ya no solo diremos que inventen ellos, sino que lo ampliaremos con el que gobiernen ellos.  

lunes, 16 de julio de 2012

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito ( y Capítulo 32)

Viajé al sur durante semanas con la gente de Gerchunoff. Indagué en tristes pueblos y pobres recovas con discreción y finalmente, sin ella. Intimé con gauchos, putas, perros con sarna y militares en rebeldía. Peleé con alguno de los anteriores y perdí dos dedos en malas circunstancias. No encontré a Lía, pero a modo de redención recibí noticia de Tacará por extrañas vías que no vienen al caso. Mi madre había muerto de modo repentino. Don’t tell your father to suck eggs, pensé acordándome de ella y no supe bien el motivo.
Tras de aquello olvidé muchas cosas más en mi vida, casi hasta mi nombre verdadero, Cuchito, el que ella siempre usó, y aprendí otras aunque no tan importantes. Me hice pasar incluso por cura durante un tiempo y confesé a varios y bauticé quince niños a los que no creo que hiciera ni bien ni mal aquello. Recibí una cuchillada en la mejilla en una romería a santa Rita que me acompañó ya para siempre y me otorgó un cierto aire proxeneta. También tuve unas fiebres cerca de un lago cuyo nombre no recuerdo y  que a punto estuvieron de terminarme.
Comencé a pensar que mandar a los intrusos a la cárcel no es lo que otorga tranquilidad a los amos. Poco a poco, dejé de preocuparme por ser confundido, por ser delatado a cada doblar de esquina. Acertáis al suponer que no fui feliz y no lo soy aun hoy. La vida es algo difícil por acá y confieso que ya no dudo si mi arrojo o mi insensatez de hace años valió la pena. Estoy convencido de que no.
Un día creí reconocer en un despojo zarrapastroso con pollera verde a la que era mi obsesión. Educada para ir a la ópera, hablar francés con la servidumbre y tocar el piano en las reuniones dominicales, ahora lavaba ropa en un arroyo que era puro pedregal, fregaba, remendaba e incluso carneaba capones. Yo transportaba por aquel tiempo una caldera para quesos y media docena de cencerros con hebillas y paños de invierno para vestir. Llovía, creo, una garúa muy fina. La miré un rato largo y no hice nada. Tras tanto tiempo no me atreví a hablarle. No hacía falta ya. No quería comprobar la mentira que me había permitido sobrevivir.
Me fui a la taberna más próxima para visitar a mi animal. Bebí pisco piurano de uva y comí también algo de puchero con maíz. Junto a mí, lo que parecía un marinero buscavidas patagón comenzó a hablarme en un español impostado y con un fuerte acento gringo. Al parecer, había estado con los geógrafos que formaron parte de la Comisión de Límites y fue uno de los primeros en asentarse en el Lago Viedma. Hablamos durante horas de las tierras del gran sur con sus tormentas de arena sobre las pampa desiertas en verano, y con el frío y la nieve que castiga en invierno, donde al parecer pasó tres con el mínimo de alimentación... y seis meses más sin ver persona alguna, completamente solo entre los Andes. Me sentía un poco mejor, no sé si por el pisco o por la charla.
Hablaba de como un familiar murió y le dejó treinta mil dólares a él y una pequeña familia de tres miembros. De como tomó sus diez mil y partió para ver un poco más del mundo. En realidad, se trataba del asalto a un banco de Winemuca en Nevada. Ahora estaba solo y muy lejos de allá, es cierto, de manera que mentía en ese dato, innecesario ciertamente. Daba cuenta de su patrimonio ganadero. Trescientas cabezas de vacunos, un millar de ovinos, y más de dos docenas de caballos de silla, además de dos peones y la alusión al rancho como a una buena casa de cuatro habitaciones, galpones, establo y gallinero. Pero se quejaba de que a pesar de todo, arrastraba su soledad, la falta de una cocinera y su estado de amarga soltería y mal vivir. Luego, agregaba otras quejas inconexas de menor importancia. Viajaba hacía Chile por el sendero cordillerano de Cochamó. A llevar ganado y buscar hembrita, como cada año, según me dijo.
Al dejarle y salir al raso sentí tal nostalgia, tal vacío, tal nausea en mi memoria que en ese mismo instante dejé la caldera y el resto de los trebejos y comencé mi viaje de regreso a Tacará a la que espero llegar en unos pocos meses.
Pero a medida que los días avanzan y me acercó a la que fue mi casa y que ya casi no siento como mía no puedo dejar de pensar en que todo ha sido inútil, que mi propia vida lo ha sido en cierto modo.

Dilapidada. Como casi todas, imagino.

lunes, 28 de mayo de 2012

La Dilapidada Vida de Simón Cuchito (Capítulo 31)

Queridos hermanos, en esta carta os digo que si tenéis el coraje de venir hasta acá y de soportar el viaje en barco, traed vuestra batería de cocina, panera, vajilla, tinajas, mantequera para fabricar manteca, dos pecheras de caballos, y si fuera posible, un buen carro, y las cosas de la herrería de padre: fuelle, yunque, martillos y tenazas.

Os aconsejo además traer rastrillos de madera, garlopas y sierras a una y dos manos, una criba para ahechar el trigo, un colador para la ropa, un recipiente para la leche, carritos para la leche, una pintura para hacer el queso; traed además toda clase de semillas para jardín, y de flores, y toda clase de semillas de árboles frutales.

Eso es todo. Como Adela me había preguntado a mi partida si podía traer su sombrero, diré que sí, que puede traerlo porque cada uno va de acuerdo con su país y su gusto; traed también los sombreros anchos que tengáis para el verano.

Termino mi carta diciéndoos que no puedo agradecer suficientemente a nuestro señor tenerme aquí y bien de salud.

Y adiós.


Cipriano Vernat.




Querido Padre:

Lamentamos saber que usted no ha estado bien cuando recibí la ultima carta de madre en la pasada Pascua. Debe cuidarse querido papá y no tomar frío. Espero encontrarlo sano y gordo cuando vaya, aunque no se cuando llegará ese día, espero que sea el año próximo, y quizás le lleve algo para mostrarle mi vida acá.

Creo que mi hermano consiguió su primer trabajo, espero que se porte bien y lo conserve. Me dicen que el de plomero es muy buen oficio, al menos en este país.

Me sorprendo cada vez que recibo una carta suya, ya que aquí no es como en Francia: a los carteros no les importa extraviar la correspondencia, y sólo por casualidad se recibe las que vienen dirigidas a la posta.

Su hija querida que le manda besos.



Edmundina Holland